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Ofrecemos a
continuación algunos fragmentos de este libro.
"Ahí tenéis a
nuestro Dios"
El cristianismo es cercanía de Dios al hombre; entraña amistad, trato,
intimidad del hombre con Dios; expresa la familiaridad de un hijo
amadísimo, acogido con indecible alegría, con músicas, fiestas, y un
gran banquete (cfr. Lc 15, 22-24). Esta realidad de contenido, sobre
todo espiritual, tiene también una dimensión sensible, que encuentra su
fulcro en la carne de Cristo.
«El Verbo se ha hecho carne», escribe san Juan (Jn 1, 14) resumiendo
todo el designio de salvación que el Padre ha fijado por medio de su
Palabra. La cercanía de Dios no significa sólo que mueva y gobierne
todo; la Alianza no se limita sólo a un pacto jurídico, del que se
conservan algunos papeles como testimonios. Lleva consigo cercanía
personal que se ha hecho sensible, tangible. El Hijo de Dios ha asumido
nuestra naturaleza y desde entonces «la carne es quicio de la
salvación», con palabras de Tertuliano .
Aprender a amar
Es preciso que miremos con sinceridad nuestro propio interior, ir al
fondo de las situaciones o reacciones, y reconocer que el problema se
reduce en definitiva a un problema de correspondencia.
El amor constituye la sustancia de la felicidad: amar y saberse amados
componen la única respuesta verdadera a las ansias últimas del corazón
humano. Y, en definitiva, buscamos esta finalidad en todo cuanto nos
ocupa: un "querer" que no muera, que no pase, que no traicione, que
sacie el alma.
Agustín de Hipona lo dejó escrito con frase brevísima: «Pondus meus,
amor meus» . Mi amor es mi peso, lo que me confiere solidez, lo que me
atrae y me exalta, me transmite altura y profundidad, el origen de mi
paz. También lo propuso con la consideración de que nuestro corazón está
inquieto hasta que descansa en Dios: porque sólo en Él se encuentra la
verdadera caridad que proporciona densidad y sentido a todo, que libra
de la superficialidad y de lo provisorio .
Nazaret y Belén: con Cristo en el propio hogar
La comunión de vida que instaura el matrimonio encuentra su centro
fundamental en el Misterio eucarístico. Jesús continúa entregándose a su
Esposa en el Sacrificio de la Misa; y, a través de la Eucaristía,
continúa dando a los esposos la luz y la fuerza para que se amen como Él
ha amado a su Iglesia, para que den a su Padre nuevos hijos por medio de
su amor fiel y fecundo. Para los esposos cristianos, el Sagrario se
yergue siempre como la referencia emblemática de su amor.
Cristo une, no separa. Al mismo tiempo, la caridad y el cariño añaden
categoría al respeto por el otro y valoran sabiamente sus necesidades,
de modo que el propio comportamiento espiritual no suponga un peso;
evita, por ejemplo, apartarse para rezar cuando lo que urge es reparar
una puerta que no cierra, atender una visita, o preparar la cena, puesto
que estas mismas actividades se transforman en ocasión de encuentro con
Dios, es decir, pueden convertirse en oración.
Lo que separa a los hombres entre sí, lo que lleva un matrimonio al
naufragio, suele proceder de la soberbia que pretende enrocarse en “su”
razón, y de este modo resiste al don de Dios y aísla al interesado de
los demás. He aquí un consejo de san Josemaría a los esposos: «Evitad la
soberbia, que es el mayor enemigo de vuestro trato conyugal: en vuestras
pequeñas reyertas, ninguno de los dos tiene razón. El que está más
sereno ha de decir una palabra, que contenga el mal humor hasta más
tarde. Y más tarde —a solas— reñid, que ya haréis en seguida las paces»
.
Descanso y filiación divina: la enseñanza de Jesús
Al hablar del descanso auténtico, Jesús nos está enseñando a conducirnos
como hijos de Dios. Los mismo que un padre de la tierra se preocupa de
la alimentación, del vestido, del desarrollo armónico de sus hijos, así
Dios obra con nosotros; o, para expresarlo de modo más exacto, la
paternidad en la tierra es un reflejo de la paternidad divina.
Nos encontramos ante un aspecto de capital importancia para entender
quién es nuestro Padre Dios y cómo nos trata. En grave error se caería
al imaginarlo como un ser tremendo y lejano, que habita en el cielo
infinito, desentendido de las criaturas que Él mismo ha puesto en la
existencia.
A pesar de que deseamos sinceramente comportarnos como cristianos, ese
peligro nos ronda. «Es preciso convencerse de que Dios está junto a
nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos,
donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre
a nuestro lado.
"El que a vosotros oye, a mí me oye": la razón de la eficacia
apostólica
El secreto del afán apostólico de un discípulo de Cristo radica en su
amor al Maestro: eso es lo que le impulsa a dar la vida por los demás, a
gastarla en ayudarles a conocer la Palabra divina y a vivir según los
imperativos del Amor de Dios. Su celo por las almas nace de un amor a
Cristo que persigue, como todo amor verdadero, la identificación con el
amado.
En esto se centra la razón de su eficacia, porque entonces se cumplen
las palabras de Jesús: «El que a vosotros oye, a mí me oye» (Lc 10, 16).
¿Cómo se alcanza esa identificación? Es el Espíritu Santo quien obra la
incorporación del discípulo al Maestro; por eso, también al Paráclito
preside y mueve toda la actividad de los Apóstoles, y la llena de
eficacia.
Sin la asistencia del Espíritu Santo, la criatura no puede acoger la
Palabra de Dios, no puede creer; así lo ha enseñado siempre la Iglesia,
contra las diversas formas de autosuficiencia humana ante las metas
divinas.
Tampoco puede vivir según esa Palabra si el Paráclito no lo sostiene
constantemente con su gracia: no puede esperar en Dios, no puede amar
como Cristo. Sin el auxilio de este Consolador, las lecciones del
Maestro y el ejemplo del Modelo no nos aprovecharían: querríamos
conducirnos según sus enseñanzas y no podríamos, intentaríamos imitar
sus ejemplos y no lo conseguiríamos.
San Ireneo lo explicaba así: «El Señor prometió que enviaría al
Paráclito para que nos conformara con Dios. De la misma manera que sin
agua no se puede lograr con trigo seco una masa compacta ni un único
pan, nosotros, que somos muchos, no podríamos hacernos uno en Cristo
Jesús sin esta Agua que viene del Cielo. Y así como la tierra árida no
fructifica si no recibe agua, nosotros, que anteriormente éramos leña
seca (cfr. Lc 23, 31), no hubiéramos producido fruto a no ser por esta
lluvia que libremente nos baja de lo alto». |
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