PREFACIO  DE “EL HOMBRE EN  BUSCA DE SENTIDO”

 

José Benigno Freire*

 

Recordar la tragedia en su totalidad y en su conjunto, en lo genérico, siempre amortigua el impacto de la turbación y provoca cierta opacidad a la auténtica crueldad del holocausto. Al contemplar el cementerio de Auschwitz, con su inmensidad de hileras de cruces en perfecta simetría, sólo parece albergar montañas de cadáveres apilados con cierta dignidad póstuma, tras una muerte (aparentemente) sin sentido. Sin embargo, si el espectador detiene la mirada y el corazón en cada una de aquellas cruces, cambia completamente el paisaje de la abyección, porque le permite imaginar en cada hueco una vida malograda y frustrada: aquí quizás yazca una persona que, en plenitud del vigor y. la creatividad, presentía una carrera profesional prestigiosa y útil...; aquí una madre muerta con el corazón dolorido por la suerte de unos hijuelos arrancados de un regazo aún fértil y acogedor...; allá —cercanos— un matrimonio que, tras sortear los múltiples ava­tares de una larga existencia, esperaba con sosiego el envejecer juntos...; más allá, a una joven le abortaron los sueños de un próximo matrimonio y de fundar una familia feliz...; más allá todavía, el cuerpo inerme de un niño o una niña que aún parece conservar, helada, una sonrisa ingenua nacida de una vitalidad en expansión... Si se suma el conjunto de ese dolor oculto y escondido, más la ignominia, se obtiene el genuino sufrimiento y la barbarie de los campos de concentración...

Una de aquella multitud de vidas rotas fue la de Viktor Emil Frankl (1905-1997).[1]

Situémonos a principios de la década de los cuarenta del siglo pasado en la ciudad de Viena. En esos tiempos, Viena aún ejercía un señero influjo y romántico embrujo en los ambientes intelectuales de la época por su abrigo y mecenazgo en las artes y las letras, en la cultura. Aquella «Viena —nadie lo puede negar o menospre­ciar— era un foco excepcional de la cultura, las artes y el civismo europeos. Se ha dicho bien que Viena es el último esplendor del pasado» (L. Brajnovic). Y para un psiquiatra, además, Viena era el lugar de Sigmund Freud y de Alfred Adler.

Viktor Frankl se encontraba en la rampa de lanzamiento hacia una previsible brillante carrera profesional. Bien posicionado en los círculos médicos y con una incipiente pero prometedora consulta privada, acababa de ser nombrado director de la sección de Neurología del Hospital de Rothschild (1940), que atendía únicamente a pacientes judíos; aceptar ese nombramiento significaba, a todas luces, un desafío y una temeraria audacia, pues ya arreciaba la persecución nazi. Todavía resonaban en los cenácu­los psiquiátricos, en medio de censuras y alabanzas, los ecos de las apasionadas disputas y controversias de aquel joven médico con las autoridades del momento: Freud y Adler. Esos desacuer­dos, que conducían a una crítica superación del psicoanálisis, y sus aportaciones personales para ofrecer una psicoterapia rehumanizada, los recogió en un manuscrito recién finalizado y ya en fase de encontrar editor. Esa obra reunía y compendiaba el estudio y la experiencia clínica de casi dos décadas. El ámbito de lo personal lo cubría un gratísimo, afectuoso y sereno ambiente familiar, de una familia de origen judío. A ese ambiente acogedoramente hogareño de siempre se unió la feliz boda con la joven Tilly Grossner (diciembre de 1941).

La paz y el sosiego personal y familiar chocaba frontalmente con la situación de encrucijada social que se vivía en la calle. La invasión nazi provocó una aguda agitación social y política, y en lo cotidia­no creó un clima de miedo y zozobra; los judíos se desenvolvían bajo el terror de la angustia y el futuro cercano se presagiaba aterrador. Ya había comenzado abiertamente la destrucción de sinagogas y el encarcelamiento, el confinamiento y la deportación de la población judía. Los Frankl, al comprender lo dramático de la situación, inten­taron encontrar alguna solución. La única alternativa sensata parecía la huida. Stella, la hermana de Viktor, escapó a Australia. Su her­mano intentó a la desesperada una salida hacia Italia como refugiado político; pero sus movimientos fueron descubiertos por los servicios de seguridad y lo confinaron, con su familia, en el campo de Auschwitz, y allí murieron.

Viktor Frankl consiguió un visado para emigrar a los Estados Unidos. Ese visado, además de eludir la persecución nazi, le brin­daba la oportunidad de desarrollar y defender sus teorías psiquiátricas en un marco de mayor resonancia científica y cultural. Pero sus padres no lograron proveerse de una documentación que presentara alguna garantía para no correr el riesgo inminente de ser encarcelados o deportados. Además, ancianos ya, y sin la ayuda de ningún hijo, se quedarían ciertamente desvalidos...

La situación de sus padres planteaba a Viktor una difícil disyuntiva, una grave duda de conciencia: ¿debía atender a sus padres o proseguir una esperanzadora carrera?, ¿asegurar su reciente matrimonio o ayudar a su familia en su incierta suerte? El visado ofrecía un caminar exitoso en lo profesional y en lo personal, pero en Viena quedaba el inminente y seguro riesgo de la deportación de sus padres a un campo de concentración...

Desconcertado e indeciso salió a caminar un rato con la inten­ción de solucionar el dilema. El vagar errante le condujo hasta la catedral de. San Esteban, mientras en el interior se escuchaba música de órgano. Le pareció un lugar propicio para reflexionar. Per­maneció aproximadamente una hora, sosegado por la paz del ambiente pero con un íntimo desasosiego. No veía manera de encontrar una salida cabal: «¿Cuál era mi responsabilidad? ¿Ocuparme de mi obra o cuidar de mis padres? ¡En un momento así, uno siempre espera una señal del cielo!».

Regresó a casa con una pesadumbre. Al entrar observó un pequeño pedazo de mármol sobre el aparador. Se dirigió a su padre:

 

«¿Qué es esto?»

«¿Esto? Oh, lo he levantado hoy de un montón de escombros, allí donde antes se encontraba la sinagoga que han quemado. El peda­zo de mármol es una parte de las tablas de los mandamientos. Si te interesa puedo decirte también de cuál de los mandamientos es el sig­no en hebreo que se encuentra allí grabado. Porque sólo existe un mandamiento que lo lleva como inicial.»

«¿Cuál es?», le insistí a mi padre.

Entonces me dio la respuesta: «Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas por mucho tiempo en la tierra...».

Así es que me quedé en la tierra..., junto a mis padres, y dejé vencer la visa.

 

Dejó caducar el visado para los Estados Unidos y sucedió lo previsible: unas semanas después la familia Frankl fue deportada al completo. En Auschwitz se separó de su mujer, Tilly, de la que nada supo a lo largo del cautiverio. De su madre se despidió en el campo de Theresienstadt al presagiar una indefinida separación. Como un adiós reverente la pidió la bendición:

Nunca olvidaré cómo ella, con un grito que le brotaba de lo más profundo de su ser, y que sólo puedo calificar de fervoroso, dijo: «Sí, sí, yo te bendigo», y luego me dio la bendición.

 

Unos días antes presenció la agonía y muerte de su padre en el mismo campo de Theresienstadt. Con ochenta y un años de edad, total­mente desnutrido, los síntomas del edema pulmonar se acentuaron. Viktor Frankl, como médico, le notó la dificultad respiratoria extrema anterior a la muerte; en ese momento, para aliviarle el angustioso dolor, a modo de cuidado paliativo, le inyectó una ampolla de morfina que consiguió esconder de contrabando dentro del campo. Fue casi al amanecer, antes de partir para los trabajos forzados, cuando se entabló el último y escueto diálogo:

 

 «¿Todavía tienes dolores?»

«No.»

«¿Tienes algún deseo?»

«No.»

«¿Me quieres decir alguna cosa?»

«No.»

Entonces lo besé y me fui. Sabía que no lo iba a volver a ver con vida. Pero tenía la sensación más maravillosa que uno puede imaginarse: había hecho lo mío, permaneciendo en Viena por mis padres, acompañando hasta la muerte y evitando un sufrimiento mortal innecesario a mi padre.

 

En breve tiempo se separó de los suyos, y nada más ingresar perdió el libro que abarcaba su largo quehacer profesional. Sucedió de una manera brusca y brutal, como era habitual en Auschwitz: rompieron el manuscrito en sus mismas narices acompañado de soeces improperios. Unos minutos después de este hiriente incidente le obligaron a deshacerse de sus ropas y, a cambio, recibió los harapos de un prisionero que habían enviado a la cámara de gas nada más poner los pies en la estación de Auschwitz.

 

En vez de las muchas páginas de mi manuscrito encontré en un bolsillo de la chaqueta que acababan de entregarme una sola página arrancada de un libro de oraciones en hebreo, que contenía la más importante oración judía, el Shemá Israel. ¿Cómo interpretar esa «coincidencia» sino como el desafío para vivir mis pensamientos en vez de limitarme a ponerlos en el papel?

 

En otras palabras, experimentó en su interior que todavía más importante que la publicación de la obra era realmente vivir, sufrir o morir según el espíritu que alentaba aquel libro. De ese modo, con ánimo de prueba, como muestra de la autenticidad de su psicología, encaró la dura experiencia de soportar el tormento de un campo de concentración, que él mismo denomina experimentum crucis.

Alcanzado este punto bien conviene interrumpir la narración de los hechos para formular un comentario pertinente. Uno de sus biógrafos, Alfried Längle, hace un especial hincapié en el posible peligro de desvirtuar la figura de Frankl si enfatizamos en demasía los hechos heroicos que jalonan su vida: «Más allá de toda la veneración que merezca como hombre, y de todo el respeto que pueda sentirse por su contribución humana y científica, Frankl no debe ser eximido de la discusión crítica. Debe ser inteligible para nosotros, comprensible, tangible, y también debe poder llegar a ser piedra de escándalo y de contradicción. De este modo, su vida y su obra seguirán vivas entre nosotros y no estarán en las alturas de un pedestal, ajenos a la vida cotidiana, inalcanzables, expuestas sólo al polvo de la historia». Es cierto, algunos entusiastas de Frankl presentan a un hombre admirable, deslumbrante, pero difícilmente imitable; su vida heroica y excepcional se aleja tantísimo de las existencias comunes y normales que ni trasmite ni contagia ganas de vivir. Por supues­to que para hacerse imitable no es imprescindible que un hombre presente un lado oscuro y degradado en su existencia, pero sí resul­ta necesario percibir el ángulo frágil de su entereza... Rastreemos en ese ángulo frágil para hacer de Frankl un hombre admirable e imitable...

No es preciso desvelar algunos acontecimientos y decisiones de su vida que a cualquiera de nosotros nos gustaría que nuestros ami­gos cubrieran con el velo del silencio, nos basta y nos sobra con su sincera confesión a Haddon Klingberg, otro de sus biógrafos, reconociendo que en la juventud sufrió una larga crisis de nihilismo existencial y que no en todas las temporadas de su vida vivió de acuerdo a sus principios.

Nada más ingresar en Auschwitz, tras el incidente de la ruptu­ra del manuscrito, le invadió la amarga sensación de que nada suyo le sobreviviría, ni un hijo físico ni un hijo espiritual. Esa turbadora sensación, más el presentimiento de las atrocidades por venir, le arrastraron hacia la idea del suicidio como liberación. Sin embargo, a pesar de ese desplome del ánimo, «durante la primera noche en el campo me conjuré conmigo mismo para no “lanzarme contra las alambradas” . No resultaba tan difícil, en Auschwitz, tomar la decisión de no “lanzarme contra las alambradas”. En el fondo, tampoco tenía mucho sentido suicidarse, pues considerando con objetividad las circunstancias, y aplicando un simple cálculo de probabilidades, al prisionero medio le quedaban muy pocas expectativas de vida». El prisionero, como fruto del schock del internamiento­, miraba a la muerte con un cierto desdén, con un horror atenuado y soportable, pues infundía un mayor pavor enfrentarse con aquella atrocidad de vida...

 

Una vida lastimera que los convirtió en unos «pellejos de hombre» cuyo único y exclusivo horizonte se limitaba a «salvar el pellejo». Extenuados, consumidos, harapientos, atestados de piojos, con edemas, enfermos, continuamente helados, con hambruna.....Esas condiciones disculpan algunos comportamientos...: con un hambre atroz, yo mismo una vez, saqué, escarbando en la tierra congelada, un pequeñísimo pedazo de zanahoria con las uñas. En Kaufering, no me desnudé. En invierno, también dormíamos sobre el frío suelo con los zapatos puestos, sobre el piso de los barracones. Recuerdo cuánto disfrutaba de cada pequeña ración de calor. No tenía tiempo para ir a las letrinas, así que solía orinarme encima de la ropa y aprovechaba el calor que aquello me proporcionaba después de haber trabajado en el exterior, donde hacía un frío terrible. Incluso en la cola del rancho me orinaba encima como si escupiera en el té caliente...

 

Esa desgarradora situación también explica los profundos decai­mientos del ánimo. Frankl! cuenta que en el campo de Kaufering III le canjeó un cigarrillo por una sopa aguada —pero con aroma a cal­do— a su amigo Benscher, futuro actor de televisión.

 

Mientras la tomaba a sorbos, me hablaba insistentemente, tratando de convencerme de que superara el estado de pesimismo que padecía en esa época. Éste era un sentimiento básico que pude observar en otros prisioneros, y que llevaba irremisiblemente al autoabandono y, en mayor o menor tiempo, a la muerte.

 

Otra vez la desesperanza, con la muerte como escape, inundó el psi­quismo de Viktor Frankl... y, tiempo después, reconoció que Benscher, en aquella ocasión, le salvó la vida.

Y otra vez se sobrepuso. Es más, todavía —aletargados en su interior— le quedaron arrestos suficientes para reconstruir el manus­crito perdido el día de! ingreso en Auschwitz. Sucedió cuando se encontraba en el pabellón de enfermos de tifus del campo de Türk­heim. La alta fiebre podía provocar delirios, y sucumbir al delirio era señal inequívoca de una muerte cercana. Para intentar sustraerse a los delirios, aprovechando la excitación febril y el agudo estado emocional, Frankl luchaba para permanecer despierto y durante die­ciséis noches punteaba en unos diminutos trozos de papel, a oscuras y taquigráficamente, las palabras claves de aquel libro confiscado por los guardias de Auschwitz. Esperaba que aquellas notas le sirvieran de guión para rehacer el libro si alguna vez era liberado...

Y la liberación llegó el veintisiete de abril de 1945. Pero con la ansiada liberación no acabaron los sufrimientos. Se encontraba físi­camente exhausto, psicológicamente quebradizo; necesitaba un cier­to tiempo para cursar el tránsito hacia una vida normal tras los varios años de tensión almacenada y reprimida. El último día que permaneció en Múnich, antes de iniciar el regreso a Viena, se enteró con detalle de la muerte de su madre: no pasó la primera selección al ingresar en el campo de Birkenau y entró directamente en las cámaras de gas cuatro días después de la despedida y la entrañable bendición en el campo de Theresienstadt.

Pocos días después confirmó su atormentada sospecha: su mujer, de apenas veinticinco años, dejó la vida en Bergen-Belsen unos meses atrás. La afligida añoranza de su mujer despertó en Viktor Frankl otro inhumano recuerdo: al ingresar en el campo, su esposa estaba embarazada. Los nazis no permitían dar a luz a las mujeres judías. Por eso fue forzada a abortar. Antes de consumarse el aborto, su mujer y él decidieron dar nombre a la criatura: Harry o Marion, según hubiese nacido hombre o mujer. De ahí la aparentemente enigmática dedicatoria de su libro Psicoterapia y humanismo: «Para Harry o Marion, que no han nacido todavía».

La delicada salud y el decaído estado de ánimo malamente soportaron las crudas noticias y los sombríos recuerdos, Frankl se sintió tocar fondo afectivo y contempló de nuevo la posibilidad del suicidio...

Hasta el mes de agosto no llegó a Viena. En un rápido análi­sis de la situación, el balance era aterrador y desolador: sin fami­lia, sin hogar ni cobijo, sin dinero, sin trabajo, casi sin conocidos... La mayoría de sus amigos no volvieron de los campos y los pocos que regresaron se hallaban en idénticas condiciones de precariedad; alguno de los que habían permanecido en Viena, y podían tenderle una mano, empezaban a caer en desgracia por su pasado pronazi. Nada tenía, tan sólo la sombría pesadumbre de la soledad más absoluta.

Fue a desahogar su desesperado corazón con su amigo y vecino Paul Polak. Con él, al contar la muerte de sus padres y de su espo­sa, la pena contenida se desbordó y lloró y lloró, durante intermi­nables horas. Al atardecer se les ocurrió visitar al doctor Tuchmann por si aún le quedaba algún margen de maniobra para recomendarle en algún trabajo. Tuchmann, con realismo, les advirtió que las posi­bilidades eran remotas y lejanas; no obstante, prometió tomarse el asunto con todo el interés. Frankl se derrumbó de tal forma que otra vez le rondó, como mosca pegajosa, la idea del suicidio o, al menos, se aferró al sueño nostálgico de una pronta muerte espontánea. A pesar de todo, decidió posponer el suicidio hasta terminar el libro que intentó reescribir en Auschwitz.

La tarea resultó más sencilla de lo previsible porque Paul Polak guardaba la copia del manuscrito que Frankl le había entregado en custodia, junto a otros útiles y recuerdos familiares, la noche ante­rior a su deportación. Entre aquellos apuntes taquigráficos del campo y la copia del manuscrito, pronto acabó la redacción definitiva de Psicoanálisis y existencialismo. También encontró un puesto de neurólogo, inicialmente provisional, que le procuró los recursos mínimos para alquilar una habitación y sobrevivir; además conoció a Eleonore Katharina Schwindt, una enfermera de ojos vivarachos y de una dulzura engatusante. En resumen, Frankl cobraba pausadamente vigor físico y psíquico; pero aún le faltaba un último esfuerzo para guardar las penas, en duermevela, entre las entretelas profundas de su intimidad.

El éxito de Psicoanálisis y existencialismo —tres ediciones en el mismo año— y una casi irrefrenable necesidad de catarsis emotiva y vivencial, animaron y empujaron a Frankl a liberar las recientes experiencias vividas en los campos de concentración, recogiéndolas en un escrito. Conviene retratar la escena. Debemos retroceder a una Viena sumida en la pobreza y afanada en la tarea de la reconstrucción (diciembre de 1945). Frankl vive en una habitación con unos pocos muebles cochambrosillos, luz escasa, y con las ventanas cerradas con tablones, a falta de cristales. Con la salud aún por recomponer por el deterioro del cautiverio y con la afectividad a flor de piel, en un estado de intensa emoción por lo cercano de la traumática experiencia y la fuerte conmoción por la pérdida de sus seres más queridos. Recorre con pasos rápidos la habitación de extremo a extremo, y trabaja a un ritmo frenético, formulando y reformulando las frases con minuciosidad monacal hasta dar con la palabra correcta y adecuada. Por turnos, tres mujeres transcriben taquigráficamente aquel torrente de pensamientos dictados por Vik­tor Frankl. Tan sólo se paran cuando cae rendido e impotente en una silla, sollozando y sollozando; las taquígrafas respetan discretamente aquella erupción de emociones y sufrimientos. En nueve días la obra está concluida.

La historia de ese libro es sorprendente y apasionante. Apare­ció por primera vez en 1946 con el título Ein Psychologe erlebt das Konzentrationslager (Un psicólogo en un campo de concentración). La primera edición, de pocos ejemplares, se vendió con soltura. A tenor de las ventas, enseguida se publicó una segunda edición; pero esta vez no obtuvo el eco esperado y la mayoría de los ejemplares aca­baron en saldos o en la guillotina. Frankl habló con su editor, Deuticke, sobre ese sonoro fracaso. Deuticke, para animarle y también para mostrarle los itinerarios caprichosos de ciertos libros, le con­tó el azaroso camino del hito del psicoanálisis, La interpretación de los sueños, que también pertenecía a su fondo editorial. En 1900 se había publicado una primera edición de mil ejemplares; cien se habían destinado a reseñas y, por tanto, sólo novecientos ejemplares habían salido a la venta. Estos habían tardado en venderse... ¡diez años! En un primer momento, el libro no había tenido éxito comercial, pero se ve que a los lectores les había gustado el libro y ellos mismos lo habían promocionado boca a boca.

A pesar de la decepción de la publicación en alemán, la obra de Frankl se tradujo al inglés con escasísimo éxito (1955 y 1959) bajo el título From Death-Camp to Existencialism («Desde el campo de la muerte al existencialismo»). Sólo se vendieron unos cien­tos de copias, hasta el punto que la Beacon Press lo catalogó como un «libro enfermo», lo cual significa en el argot editorial que se tra­taba de un libro sin posibles lectores. Con esos antecedentes, el pro­fesor Gordon Allport, en 1961, pidió a Gobin Stair, director de la Beacon Press, que se hiciera cargo nuevamente de la publicación del libro. A regañadientes, la Beacon Press consideró prudente no enfadar a su autor estrella por aquellos tiempos, y se comprometió a editarlo con la condición de que Frankl añadiera a su relato autobiográfico una breve exposición de las nociones básicas de la logoterapia y del análisis existencial. De esta forma, el libro salió al mercado edi­torial con el nuevo título Man’s Search for Meaning (El hombre en busca de sentido). El éxito de esta edición resultó arrollador, hasta el punto de convertirse en modelo de las futuras ediciones, incluso de las traducciones a otros idiomas, y de hacer olvidar el título ori­ginal del libro. En el año 1963 se encargó la Washington Square Press de la edición tipo libro de bolsillo con el nuevo título Man’s Search for Meaning y a pesar de seguir ignorado por los grandes periódicos y revistas, los lectores comenzaron a recomendar el libro, uno al otro.

A partir de ese momento se consumó como un rutilante éxito editorial. Giselher Guttmann, Catedrático de Psicología General y Experimental de la Universidad de Viena, registró (en 1986) ciento cuarenta y nueve ediciones de El hombre en busca de sentido, en más de veinte idiomas y con unas ventas brutas superiores a los tres millones de ejemplares. En 1992 Frankl afirmó que en Estados Uni­dos esa obra superaba los nueve millones de ejemplares vendidos, en setenta y nueve ediciones.

La historia de este libro es ejemplarizante y paradójica de la rela­tividad del éxito: de «libro enfermo»... a ser declarado por la Library of Congress en Washington como uno de los diez libros de mayor influencia en América. De ser tratado con cierto desaliño y silencio en las asociaciones y revistas científicas, hasta ser catalogado por Karl Jaspers como «uno de los pocos grandes libros de la humani­dad». Una opinión similar ya había sido aventurada por el profe­sor Allport en el prólogo de aquella primera exitosa edición: «Recomiendo calurosamente esta pequeña obrita, por ser una joya de la narrativa dramática centrada en torno al más profundo de los problemas humanos. Su mérito es tanto literario como filosófico y ofre­ce una preciosa introducción al movimiento psicológico más importante de nuestro tiempo». Aunque quizá las últimas palabras supongan más una lisonja merecida que un juicio científico, no obstante, justo es reconocerlo, El hombre en busca de sentido merece ser incluido en el catálogo de las obras clásicas que componen el patrimonio intelectual de la humanidad, tanto por la belleza de su literatura como por la profundidad de sus análisis psicológicos, pero especialmente por la sutileza de su acendrado humanismo al describir con precisión y ternura la capacidad de bondad o maldad que cabe en el corazón del hombre, en la libertad humana; la narración de una vivencia salvajemente dramática adquiere, por la mesura del juicio y la liviandad de la pluma, un insólito e inusual tono de com­prensión y ternura. Narra los acontecimientos con la imparcialidad de un simple testigo, jamás en tono de juez. «Vale la pena leerlo todavía, porque no destila ni una gota del resentimiento o del espí­ritu de venganza, y ni siquiera del sadomasoquismo habituales en este tipo de literatura» (J. B. Torelló). En realidad, para un intelectual, El hombre en busca de sentido es un libro capaz de colmar la obra de toda una vida y labrarle una hornacina en la galería de la historia.

La apasionante trayectoria del libro nos oscureció la no menos apasionante vida de su autor. Retomamos los hechos en aquella lúgubre habitación en que dictó El hombre en busca de sentido en diciembre de 1945. Por mediación del doctor Tuchmann recomienza su actividad profesional en la sección de neurología del Poli­clínico. Este trabajo, precario, le permite la raquítica holgura económica como para pasar, poco a poco, del alquiler de la habitación al piso entero, también para ir soñando con la boda con Eleonore Katharina, que se celebra a mediados de 1947. Al año siguiente obtiene la Cátedra de Neurología y Psiquiatría en el Ateneo Vienés y, a continuación, se doctora en Filosofía.

A partir de la década de 1950, la actividad y el prestigio profesional de Viktor Frankl en Austria, y en bastantes países centroeuropeos, crece de manera gradual y paulatina. Contribuye a la expansión de ese prestigio, tanto profesional como personal, el rápido éxito de su libro Psicoanálisis y existencialismo, su fama de conferenciante ameno y ocurrente, y su gallarda y justa postura en no admitir la teoría de la «culpa colectiva», aunque el mantenerla le cuesta soportar fuertes presiones de grupos influyentes. Ese clima de figura controvertida apoya la notoriedad que le aporta su docen­cia en Psiquiatría y Neurología en la Universidad de Viena.

 

En la década de 1960, el nombre de Viktor Frankl adquiere resonancia mundial, tanto a nivel científico como de aceptación por parte del gran público. Esa explosión de su figura se debe, entre otros factores, al seminario que imparte en la Universidad de Harvard (1961) sobre los fundamentos antropológicos y la práctica y técnica clínica de la logoterapia, aceptando la invitación del profesor Gor­don W. Allport. El proceso de la invitación a ese seminario esconde una historia de amistad sincera. Frankl tenía por costumbre enviar, en deferencia a su antigua amistad y magisterio, un ejemplar de todas sus publicaciones a Rudolf Allers, exiliado en los Estados Unidos. Allers jamás contestaba a estos envíos. Sin embargo, remitía esas publicaciones al profesor Allport, que en aquellos momentos goza­ba de un inestimable prestigio nacional e internacional. Por la lec­tura de esas publicaciones, Allport conoció el talante científico de Frankl y lo invitó a su famosa cátedra.

Aquel seminario representa un punto de inflexión en la difusión del pensamiento y las obras de Viktor Frankl. Por sus aportaciones psicológicas y su bien ganada fama de orador profundo y ameno, se convierte en un conferenciante reclamado en todos los continentes y en diversidad de foros. A partir de esa época, los datos documentados de su currículum resultan abrumadores: treinta libros publicados, casi todos traducidos, al menos, a cuatro o cinco idiomas; ciento setenta y cinco visitas a distintas universidades de treinta y cuatro países; alienta, atiende y preside los nacientes ins­titutos y fundaciones sobre logoterapia que se erigen en países de los cinco continentes; es nombrado director del Instituto de Logoterapia de la Universidad de San Diego (California) y profesor visi­tante de Harvard, Stanford, Pittsburgh, Filadelfia, Dallas; recibe la distinción del Doctor Honoris Causa por veintinueve universidades...

Y como la vida da muchas vueltas, con el tiempo Frankl alcanzó unas elevadas cotas profesionales, a pesar de perder, por piedad filial, aquella ventajosa ocasión para emigrar a Estados Unidos. El mismo Frankl! es consciente de su carácter de encrucijada asentida:

 

Evidentemente el campo de concentración fue mi real prueba de madurez. No estuve obligado a presentarme —hubiese podido escapar de ello y emigrar a tiempo a Norteamérica. Hubiese podido desarrollar la logoterapia en América, pudiendo cumplir con la misión de mi vida, pero no lo hice. Y así llegué a Auschwitz.

 

También su vida pudo quedar desbaratada en cualquier rincón de cualquier campo, pero aun así supondría un buen salario existencial como recompensa del cumplimiento de los deberes de hijo. Frankl suele contar la historia de Janusz Korczak, el doctor polaco que dirigía un orfanato en Varsovia.

 

Korczak no es un tipo muy conocido, aunque está representado en una conmovedora estatua en Yad Vashem, en Jerusalén. En 1942 deportaron a sus huérfanos al campo de Treblinka, y a Korczak le ofrecieron la opción de quedarse. Desestimó la oferta y subió al tren que los deportaba, con dos pequeños huérfanos en sus brazos mientras les contaba historias alegres. Lo mataron por solidaridad con los huérfanos. En este caso, ese gran hombre no sobrevivió a causa de su sentido de la vida, murió por él. Otros héroes reales fueron asesi­nados por defender a un compañero, o por ocupar el lugar de otro recurso en la fila, o por negarse a cumplir una orden de las SS para agredir a otra persona, o por dar un trozo de pan a un niño hambriento. En cualquier caso, los prisioneros lo sabían muy bien: los mejores de entre nosotros no regresaron de los campos.

Auschwitz todavía reforzó en Frankl otra convicción, en forma de lección existencial: el valor madurativo del sufrimiento aceptado. El meollo de esa enseñanza se refleja bellamente en la película La lista de Schindler. Schindler y el oficial alemán del gueto parten desde la misma ambición desmedida y sin escrúpulos, con los mismos deseos de enriquecerse sin reparar en ningún medio, lícito o ilícito, humano o cruel. Los dos entran en contacto con la misma cruda realidad del sufrimiento de los judíos, comercian con las mismas personas y cometen idénticas barbaries. La cercanía de ese sufrimiento a uno, al oficial, le endurece el corazón hasta niveles inhumanos, mientras al otro, a Schindler, se le ablanda y enternece. No es el sufrimiento en sí mismo el que hace madurar al hombre, es el hombre el que da sentido al sufrimiento. Al final de la película, entre dramático y teatral, Schindler grita arrepentido por no haber salvado otra vida, una vida más; daría cualquier cosa por salvar una sola vida... Las entrañas cuajadas en el sufrimiento se conmueven y compadecen ante el dolor de una persona, de cualquier persona. No es el horror del holocausto en su conjunto, es la suma incontable de millones de ilusiones truncadas, de amores vacíos, de dignidades abatidas, de tormentos sin sentido... los que conmueven a los hombres curtidos en el sufrimiento.

Y no fue un hombre, fueron... ¡millones! Aunque las cifras bailan según las distintas fuentes, los autores coinciden en señalar que el número de no-judíos muertos es superior al de los judíos, no obstante, se puede afirmar con rotundidad, y justicia, que el holocausto fue una persecución contra los judíos. Pero también perecieron católicos, cristianos, musulmanes... Frankl lo explicaba de una manera clara y concisa: «Como suelo decir: no todas las víctimas fueron judíos, pero todos los judíos fueron víctimas». No es lo mismo, por supuesto, ser católico que judío, sin embargo, en homenaje a todas las víctimas nos resultará fácil descubrir un punto de encuentro: ambos le rezamos al Dios de Abraham. Pues al Dios de Abraham, rico en misericordia, que devuelve bien por mal, humildemente le suplico que fecunde el bien que alimenta la lectura de este libro y se digne conceder una nueva primavera de paz a esta atribulada humanidad.

 

 

*Profesor de Psicología de la Personalidad

Depart. de Educación Universidad de Navarra


 

[1] Para agilizar el texto de esta corta introducción omitiré las citas a pie depágina; las palabras textuales de Frankl irán en cursiva. La casi totalidad de las referencias a la biografía de Frankl corresponden a uno de estos tres libros, o a los tres: Viktor E. Franld, Lo que no está escrito en mis libros, San Pablo, Bue­nos Aires, 1997; Alfried Langle, Viktor Frankl. Una biografía, Heder, Bar­celona, 2000; Haddon Klingberg Jr., La llamada de la vida (la vida y la obra de Viktor Frankl), RBA, Barcelona, 2002.