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DIAGNÓSTICO SOBRE LA FAMILIA, Juan Manuel Burgos PRÓLOGO* Una sociedad no puede evolucionar positivamente sin su célula principal: la familia. Y la familia sigue siendo en la actualidad la institución más valorada en España. De hecho el 99% de los españoles, en una encuesta del CIS, conceden mucha o bastante importancia a su familia, por encima del trabajo, el dinero y los amigos. Pero si este dato es muy significativo, hay otros dos datos que indican la fortaleza de la familia: la importancia del amor como elemento fundamental de la familia y la solidaridad intergeneracional. Así, el 98% de los encuestados subrayan la importancia del amor en el seno familiar manifestando un alto grado de compromiso de unión, respeto y amor con los restantes miembros de su familia. Por otra parte el 95% de los encuestados manifiestan un fuerte compromiso de ayuda a los ancianos de su familia. La familia española sigue siendo el lugar de encuentro entre las distintas generaciones y se da un intercambio continuo de ayudas entre unos y otros —jóvenes solteros que rondan la treintena y que siguen viviendo con sus padres, progenitores que se mudan al domicilio de los hijos—, además de servir de colchón de amortiguamiento antes las crisis o adversidades, y no solo económicas. Pero junto a estos datos positivos que demuestran la vigencia de la familia para la inmensa mayoría de los españoles en pleno siglo XXI, es necesario también señalar que los problemas de la familia se han agravado considerablemente en los últimos veinte años. España está empezando a ser hoy una España vieja, sin jóvenes, con los hogares vacíos y, en muchos casos, rotos. En efecto, España tiene hoy una pirámide poblacional invertida en la que hay más de 1.000.000 de personas mayores de 65 años que menores de 14. La población mayor de 65 años representa ya el 17% de la población total Por otra parte, se está quedando sin juventud. Se han «perdido» casi 4 millones de jóvenes en 21 años merced a la drástica reducción del número de nacimientos: un 30% menos al año que en 1980, alcanzando uno de los índices de fecundidad más bajo del mundo (1,26 hijos/mujer en el 2002). Si nos centramos en el tema de los hogares, podemos concluir que se está produciendo un vaciamiento de los hogares españoles. Éstos son cada vez más pequeños y la media está ya por debajo de los tres miembros. Más del 20% de los hogares españoles son, en la actualidad, solitarios, representando a más de tres millones de españoles (de los que casi el 50% lo componen personas mayores de 65 años). Por el contrario, los hogares numerosos (5 miembros) han descendido vertiginosamente, pasando de casi el 30% en 1980 hasta apenas el 11% en la actualidad. En cuanto a los matrimonios, la cifra de rupturas matrimoniales creció en el 2002 un 11 por ciento respecto al año anterior afectando a más de 115.000 matrimonios. El incremento se dispara al 72 por ciento si lo comparamos con las cifras de 1992, lo que supone que se está produciendo en España una ruptura matrimonial cada 4,6 minutos. La situación es tal que las rupturas matrimoniales están creciendo a ritmos más acelerados que la creación de nuevos matrimonios. Y todo esto no es casualidad. Es fruto en buena medida del abandono y la desprotección durante muchos años por parte de las administraciones públicas y de un ambiente cultural y mediático que ha minusvalorado- cuando no ha atacado- al matrimonio y la familia. Es, al cabo, consecuencia de la dejación de la sociedad en general, que ha asistido pasivamente al agravamiento de los problemas de la familia. Constatado este sombrío panorama en la evolución de la familia en España, asistimos desde tiempos muy recientes y, desde luego, con varios años de retraso con respecto a Europa, a un cambio de actitud en los políticos y administraciones. Un cambio todavía tímido, insuficiente, que hace posible que España siga siendo el país de la UE que menos ayuda a la familia, tanto a nivel económico (de cada 5 euros que se dedica de media en Europa a la familia, en España sólo se dedica 1 euro) como a nivel de atención por los organismos de la administración. Mientras países como Alemania, Francia, Noruega, Luxemburgo o Bélgica cuentan con Ministerios de la familia, en España el organismo encargado de la familia es de muy escasa entidad y relevancia. Además, las iniciativas, ya sean de nivel nacional o autonómico, en que hasta ahora se ha traducido el tímido cambio de actitud de nuestros políticos comparten, por regla general, algunas carencias y errores que conviene destacar:
Pero este análisis, independientemente de la gravedad de sus conclusiones, estaría incompleto si nos quedásemos solamente en el nivel de los síntomas. Para poder curar una enfermedad, es muy conveniente que la persona tome conciencia de ella a través de los primeros síntomas que se produzcan. Pero si además de constatar los síntomas no se averigua el tipo de enfermedad de que se trata, no podrá tratársele adecuadamente, por lo que su salud se agravará de manera posiblemente irremediable. Esta evidencia hace particularmente oportuno y necesario este nuevo libro del profesor Juan Manuel Burgos, cuya autoridad intelectual, ampliamente acreditada a través de sus publicaciones y su labor docente e investigadora, auguraba de antemano su acierto. Y el autor, en efecto, ha conseguido ex poner, de una forma particularmente clara y precisa, el origen de las causas que están motivando el agravamiento de los problemas de la familia. Parte para ello el autor en su análisis de una pregunta que, desde el principio, sitúa adecuadamente la cuestión: ¿los problemas de la familia son fruto, sin más, de su propia evolución o son, más bien, el producto de una crisis de la familia de profundas consecuencias? A partir de ahí, analiza la evolución histórica de la familia y cómo se ha ido adaptando a los distintos cambios sociales. Analiza también cuál ha sido la evolución cultural durante este tiempo, desde la revolución sexual al feminismo pasando por la influencia cultural del marxismo en la concepción de la familia. Estos dos aspectos son, en mi opinión, especialmente valiosos para comprender lo que está sucediendo. Es, asimismo, muy clarificadora la diferencia conceptual que el profesor Burgos realiza entre familia, modelos o tipos de familia y formas familiares. La manipulación conceptual a la que asistimos, a la que me he referido anteriormente, ha hecho equivalentes conceptos distintos, de manera que hoy día se entiende lo mismo para estos tres términos, provocando la aparición de un término que pretende englobar a todos: «familias». Aunque estamos ante un libro destinado, por su exposición amena a pesar de la complejidad del tema, a un público amplio, resulta especialmente indicado para aquellas personas que están relacionados más específicamente con el campo de la familia, tales como miembros de asociaciones familiares, estudiosos del tema e, incluso, responsables de las administraciones y de los partidos políticos que tengan a su cargo políticas sociales. Hace ya varios años que la economía de España avanza de manera muy positiva. Es patente el progreso en los servicios y en las infraestructuras del país. El desempleo ha descendido notablemente, los salarios han mejorado y es notorio el bienestar que ahora disfrutamos dentro del concierto de los países más desarrollados. Sin embargo, tendríamos que preguntarnos si no hemos descuidado aspectos muy fundamentales del verdadero desarrollo de nuestra sociedad. Mientras aumenten el alcoholismo, la drogadicción o los suicidios; mientras los matrimonios sean cada vez más endebles; mientras el índice de abortos siga subiendo, tendremos que preguntarnos si las cosas van bien. Tendremos que preguntarnos si estamos construyendo la España y la Europa que queremos. Tendremos que reflexionar si estamos pensando verdaderamente en términos de desarrollo humano, de solidaridad y comunidad. Se requiere, por tanto, apostar por la familia. Apostar por la familia es creer que la familia es el ámbito natural donde se trasmite, cuida y valora la vida de cada ser humano. Por ello en este ámbito se ve con total claridad el carácter insustituible del ser humano. Aquí a la persona no se la identifica con un número sino que se la llama por su nombre. Apostar por la familia es entender que la familia es un espacio donde se practica la donación. En ella se aprende a conjugar el verbo «compartir», incluso en medio de una sociedad que nos trata de enseñar a conjugar únicamente el verbo «competir». Apostar por la familia es experimentar que la familia, además, es el hogar donde se suscitan los verdaderos valores que liberan al ser humano y que le dan sentido a su existencia, porque es el ámbito donde mejor se puede desarrollar la interioridad de la persona. En la familia se aprenden los criterios, los valores y las normas de convivencia esenciales para el desarrollo y bienestar de sus propios miembros y para la construcción de la sociedad: libertad, respeto, sacrificio, generosidad, solidaridad. Apostar por la familia es vivir que la familia es el lugar donde se encuentran diferentes generaciones y donde se ayudan mutuamente a crecer en la solidaridad y el compromiso, y donde se aprende a armonizar los derechos individuales con las demás exigencias de la vida social. Apostar por la familia es sembrar contra el individualismo y la soledad crónica que vive el ser humano en nuestros días. Apostar por la familia es creer que la familia es el espacio más propio de encuentro y comunión para la persona. Apostar por la familia es creer, en definitiva, que vivir en familia es enseñar la vida como una vocación al amor. Y como consecuencia de esta apuesta decidida por la familia es necesario reorientar las políticas familiares que vienen desarrollando las distintas administraciones, de manera que las políticas de familia se enfoquen también a la familia en cuanto grupo social, a fin de facilitar el cumplimiento correcto de sus funciones. Una política de familia que apunte expresamente a lo concerniente al grupo familiar en cuanto medio afectivo, educativo, económico y social, supone que no se legisle sólo en términos de individuos, sino en términos y en función de personas que viven en una familia, supone que se legisle con «perspectiva de familia». Una política de familia limitada exclusivamente a las políticas sectoriales o a planes integrales para los miembros de la familia en cuanto individuos resulta siempre una política familiar incompleta. No se puede pedir que la familia sea una instancia responsable y confiarle deberes concretos frente a los hijos, los enfermos, los jóvenes, los ancianos o minusválidos, y al mismo tiempo negarle la dignidad, los derechos y el reconocimiento público en cuanto tal. Es preciso incluir en las políticas de familia el que ésta sea defendida como una institución privilegiada. Por todo ello se requiere diseñar y coordinar iniciativas para la protección y el desarrollo del grupo familiar y sus miembros, pero desde intervenciones sociales centradas en la familia como objeto y sujeto de su actuación, por cuanto la defensa de la familia, en cuanto institución, debe ser asumida como el objetivo básico de la política familiar. Reducir el debate a los medios y medidas para ayudar y proteger a la familia desde una perspectiva utilitarista, o limitar el derecho constitucional de protección a la familia a unas medidas cuantitativas, financieras o materiales que posibiliten a los miembros de la familia vivir mejor, pero dejando de lado el sentido de institución, es perder el rumbo de la política familiar. Es necesario aplicar, pues, una verdadera política integral de familia. Por ello la política integral de familia debe ser, de carácter Universal (dirigida a todas las familias) y no asistencial, que promocione a la familia como institución, fomentando la idea misma de la familia y promoviendo una cultura y ambiente favorable que permita a la familia afrontar el día a día, ayudando a los padres a tener los hijos que deseen, integrando de manera verdaderamente humana y constructiva sus distintos ámbitos de desarrollo laboral, familiar y personal, Ayudando a superar las crisis familiares, reconociendo el derecho de los padres a educar a sus hijos, promoviendo la participación activa de padres y asociaciones y teniendo en cuenta, con medidas específicas, a las familias con determinadas necesidades. Para todos estos propósitos, que entre todos tenemos que convertir en una prioridad pública por su relevancia para el bien común, el presente libro del profesor Burgos es una inestimable ayuda para construir sobre suelo firme. No cabe, pues, sino felicitar a su autor y felicitarnos todos por su publicación.
*EDUARDO HERTFELDER Presidente del Instituto de Política Familiar
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