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La película del matrimonio
Paulino Castells*
Pincelada histórica ¿Se ha parado alguna vez a pensar que para que la sociedad exista no basta con que la unión de los sexos y la procreación establezcan vínculos biológicos entre sus miembros? Tiene que haber algo más. Es necesario, por ejemplo, que dichos vínculos no corran peligro de aflojarse y romperse amenazando la coherencia del tejido social. Por este motivo la sociedad sólo permite la perpetuación de las familias en el seno de una red artificial de prohibiciones y obligaciones (y por encima de ellas, están los deberes conyugales y familiares de las personas creyentes). En el origen antropológico de tales condicionamientos sociales, como, por ejemplo, la prohibición del matrimonio entre parientes próximos, se encuentra la elección, impuesta muy tempranamente a nuestra especie, entre la drástica disyuntiva: «O te casas fuera o te matan los de fuera.» Dicho de otro modo: nuestros antepasados, con el fin de evitar una existencia precaria, atormentada por el miedo, expuesta al odio y a la enemistad de sus vecinos, decidieron que cada pequeña unidad biológica debía renunciar a vivir replegada sobre sí misma, y pasar a participar del gran juego de las alianzas matrimoniales. Y éste es el medio más sencillo y a la vez más seguro de protegerse frente a los desconocidos, o incluso los enemigos, transformándolos en «aliados» mediante el matrimonio. ¡Así de fácil! Los pueblos de Melanesia muestran una admirable conciencia de ello cuando proclaman: «El objetivo del matrimonio es conseguir cuñados», y explican: «Las esposas se toman entre aquellas a quienes se hace la guerra.» Curiosamente, esta ingeniosa fórmula de supervivencia practicada por pueblos calificados de primitivos se ha mantenido viva durante siglos entre las familias de la nobleza y la realeza, y asimismo cuando emergió la burguesía, que buen ojo tenía para consolidar o ampliar los negocios familiares. O sea, la conveniencia de la política matrimonial: «Tú te casarás con fulanito o menganita, y no se hable más.»El matrimonio, pues, siempre tuvo una significación diferente según los pueblos y sus culturas. En las sociedades de estructura sencilla y simple el cambio de estado de los jóvenes, de soltería a estar casados, se manifiesta mediante una festiva ceremonia pública; pero en las sociedades más complejas, el Estado y la Iglesia exigen ciertas formalidades, cada uno por sus propias razones, ya que han de poner un poco de orden en las uniones del personal, como es lógico; mientras que, por su parte, la comunidad, el pueblo llano, para entendernos, se conforma con reconocer las uniones establecidas de una manera menos formal. Y así están las cosas. Con todo, en la actualidad, debemos estar atentos a la advertencia que nos lanza el sociólogo Amando de Miguel: <<La convivencia en pareja es mucho más inestable de lo que sería aconsejable>> Tomemos nota. Dinámica de la vida en pareja La pareja, pues, no es otra cosa que el resultado de un proceso de reducción sociológica de la organización en tribu. El paso de una formación de vida tribal a una relación dual (de dos personas) fue un gran acontecimiento social del que seguimos beneficiándonos Obviamente, la constitución de la pareja ha variado mucho con el paso del tiempo, aunque las más reconocidas y auténticas hayan sido siempre las basadas en una elección amorosa, que todavía sigue en pie a pesar del materialismo de nuestra época. El proyecto —consciente o inconsciente— de una pareja consiste en mantener cierta permanencia a través de la historia, es decir, su continuidad de sus orígenes a través de su descendencia. Hay una especie de deseo de inmortalidad que debe alimentarse cada día con una maduración individual de cada uno de sus componentes, con un reconocimiento de sus diferencias y una acomodación recíproca de sus personalidades. Está claro que la vida en pareja facilita la maduración de cada uno de los miembros, pero también ofrece un marco protector para el hombre y la mujer. El enriquecimiento espiritual de cada miembro de la pareja contribuye a reforzar la cohesión de ésta. Hay unas fuerzas centrípetas (que actúan hacia dentro), y el amor es la más importante de ellas, que inciden en la pareja y que deben conjugarse y aprovecharse para contrarrestar las fuerzas centrífugas (que se dirigen hacia fuera) de cada uno de los componentes que, al contrario, tienden a deshacer la unión de la pareja. Todos sabemos que los puntos de ruptura son numerosos en la vida de una pareja y constituyen abundantes situaciones de crisis. Al igual que el individuo, la pareja evoluciona a través de conflictos y crisis que deben servir para fortalecer su estructura, superando las eventualidades que se presenten y de esta manera la pareja va madurando. Incluso la separación y el divorcio pueden suponer una forma de maduración psicológica para algunos. Pero no olvidemos que hay parejas —y numerosas— que son capaces de evolucionar sin separarse, asumiendo un compromiso de unión, aunque éste haya sido construido inicialmente sobre bases inciertas. Se dice que todo conflicto es madurador, y es cierto, pero con la condición de que sea reconocido como tal por la pareja. Las crisis, pues, que se sucederán inevitablemente en la vida de la pareja, tienen ciertamente un poder madurador y son un factor de evolución, siempre y cuando se tenga conciencia de ellas y se busque el mantenimiento de la cohesión entre los cónyuges.
Tuvimos hace un año una crisis muy fuerte y estuvimos en un tris de mandarlo todo a paseo. En un momento de lucidez para ambos, nos propusimos reflexionar cada uno por nuestra cuenta, sin prisas y desapasionadamente, pidiendo consejo y las ayudas externas que hicieran falta. Luego, nos sentamos a hablar; eso sí: con voluntad de rehacer lo que estuvo apunto de romperse. Aclaramos malentendidos y nos pedimos mutuamente disculpas. Desde entonces, nuestro matrimonio ha salido fortalecido. (Relato de unos esposos.)
Amor, matrimonio y sexo Algunas parejas no han aprendido a diferenciar el enamoramiento, el amor, la convivencia y el compromiso matrimonial. Creen que su enamoramiento inicial, es decir, su pasión, la atracción intensa que sienten el uno por el otro, la idealización, las emociones máximas, son una fuente inagotable que mantendrá viva para siempre su relación. Piensan que la aceptación profunda de la realidad del otro, su conocimiento y comprensión, su aceptación plena, la compenetración, la lealtad y fidelidad, la reciprocidad generosa y otros integrantes del amor se adquieren de forma gratuita con el paso del tiempo. Piensan que el amor es un sentimiento espontáneo que nada tiene que ver con la voluntad. Y esta concepción ingenua e idealista del amor y de la convivencia fomentará la pasividad, siendo la pareja presa fácil del aburrimiento y del abandono cuando surjan los inevitables roces y problemas de la relación matrimonial. Abundantes maridos consideran el hogar, nido de amor, como algo ya conquistado, consolidado para siempre, al que ya no hace falta aportar nada; el lugar idóneo para relajarse del ajetreado día de trabajo: «El descanso del guerrero.» Es un buen hombre, trabajador y honrado, que nunca me ha faltado; pero cuando llega a casa es como si no estuviese: se pone las zapatillas, se apalanca en su sillón con el periódico o la tele, cena sin decir ni mu (dice antes que está muy cansado), me da las buenas noches, se acuesta y hasta el día siguiente. (Queja frecuente de esposas.) Habitualmente se comete el error de estimar el amor como origen del matrimonio, con desdén incluso para el que se contrae por cualquier otra causa. eso es falso, puntualiza nuestro escritor y dramaturgo Antonio Gala, porque «el amor no es la mejor agencia de matrimonios; casi diría que es el matrimonio el que puede ser la mejor agencia de amor», trabajándolo cada día dentro del adecuado marco de la relación de pareja Con la opinión de que el amor no es la mejor agencia matrimonial coincide la escritora francesa experta en temas de familia Georgette Blaquière, que desde su óptica de persona creyente expresa: «Creemos que es el amor el que hace durar el matrimonio y muchas veces es el matrimonio el que hace durar el amor, porque es Dios quien se compromete también con los esposos.» Esta autora no duda de que haya matrimonios con dificultades reales graves, e insiste en que cada pareja tiene su propia historia y una manera personal de resolver sus problemas; pero apunta la idea de que el matrimonio es como el «laboratorio del amor», el camino privilegiado que lo introduce en el corazón de lo real, de lo cotidiano. En esta sociedad tan erotizada en que nos toca vivir, con el omnipresente sexo impregnando a todas horas nuestros sentidos, ¿cómo no va a cobrar la vida sexual de la pareja una trascendental importancia? Tanta, que se la entroniza en muchas de ellas como faro que alumbra toda la convivencia en pleno y, así pues, si languidece su resplandor por el motivo que sea, se interpreta que algo muy grave está aconteciendo en la relación de pareja. Y amenaza seriamente su continuidad. Entonces puede pasar con el sexo lo del símil del árbol que no deja ver el bosque. Otorguemos al sexo su justa parcela en la relación interpersonal, sin magnificarlo ni infravalorarlo. Permítame el lector que eche mano otra vez de Antonio Gala, porque tiene un precioso símil: El matrimonio es un edificio. Y en él, por lo común, tiene una planta el sexo. Una planta sólo: el matrimonio no es una casa de citas. Hay también oficinas, clínicas, pompas fúnebres, lavanderías, guarderías infantiles, aulas, etc. Un edificio completo, por tanto. Y la planta del sexo está además canonizada; aquí el «connubio» implica el «convivio»: la decisión de compartir los cuerpos implica la de compartir todo lo demás. El abrazo conyugal es la expresión de que se está dispuesto a abrazar cuanto el cuerpo participe introduce en la cámara nupcial, el pasado y el futuro también. Así entendido, el sexo realiza; de otro modo, puede desequilibrar la institución y convertir en un solar el edificio. A estas alturas nadie duda de que las relaciones sexuales constituyen la máxima y más íntima expresión en el campo de la comunicación afectiva. Este es un gran descubrimiento de nuestro tiempo, que se ha producido como consecuencia de la separación entre la relación sexual y la procreación. La sexualidad tiene sentido en sí misma como expresión del amor interpersonal de la pareja, aunque ésta considere razonable no tener hijos, al menos por el momento. Los cónyuges que quieran rehacer su vida sexual, como ayuda importante para sacar adelante su matrimonio, deben tener presente la dimensión afectiva del sexo. La ternura debe volver a impregnar las relaciones sexuales si no queremos vivir la sexualidad como un fenómeno puramente biológico y que se produzca inevitablemente la caída del deseo. La ternura desborda con mucho el campo de la sexualidad genital. No reduzcamos, pues, la relación sexual a un simple intercambio de sensaciones agradables, aunque es muy deseable que efectivamente sean agradables, y mucho.
¿Y cómo andamos de sexo? Hace unos años, en un extenso estudio británico se comprobó que, incluso en matrimonios felices, casi la mitad de los encuestados informaba de una disminución del interés y el deseo sexual con el correr del tiempo. La reducción o pérdida del deseo sexual en la vida de pareja es mucho más común de lo que la mayoría cree. Por supuesto, como en todo, hay excepciones. No obstante, existen muchas razones para que se produzca la disminución del apetito sexual. En general, la atracción física y el propio enamoramiento del noviazgo alimentan las llamas del deseo y, a medida que se sosiega este apasionamiento inicial, también disminuye la intensidad de la pasión. Pero, ¡ojo!, eso no significa que se esté perdiendo el interés por la persona amada, sino que lo que está cambiando—madurando, me parece mejor término— es la capacidad de amar. Aparecen otros intereses en la vida de los cónyuges que no estaban presentes —al menos, de una manera real— en la etapa del noviazgo o de conocimiento previo de la pareja. Hay que organizar el hogar, procurarse el sustento de cada día, solucionar un sinfín de cosas que ahora se vuelven apremiantes, aunque sean más prosaicas y obliguen a tocar de pies en el suelo, y todo ello absorbe gran cantidad de energía que antes se canalizaba en el romance amoroso. La fatiga del trabajo diario, las tensiones laborales y sociales, la dedicación a los hijos, las obligadas tareas domésticas, los problemas de salud y, en algunos casos, los abusos de sustancias, como el alcohol y otras drogas, son factores que intervienen en la atenuación del apetito sexual. También aquí habría que añadir los factores psicológicos que provienen de las actitudes que se toman frente a uno mismo, frente al sexo y frente al cónyuge. Por ejemplo, las dudas de sí mismo que implican una sensación de incapacidad o miedo al fracaso en la relación sexual pueden generar una impotencia que debe ser tratada médicamente. O bien una persona puede tener una preocupación específica sobre determinados aspectos de su vida sexual que precise de asesoramiento psicológico o requiera una ayuda espiritual. Y no olvidemos a los profesionales de la sexología, que están para esto. De manera muy prosaica, pero también realista, se manifestaba el actor Dustin Hoffman en una entrevista abordando el tema de la relación sexual de la pareja: En la experiencia sexual estamos programados de un modo distinto. No sé si se han fijado en que la primera reacción de la mujer, una vez concluido el acto sexual, es abrazar al hombre; mientras la del hombre es apartarse de ella. Creo que esto es muy significativo. En la consulta me encuentro con personas que están sumamente preocupadas por si su capacidad sexual es adecuada para satisfacer a sus cónyuges y a sí mismas. Así las cosas, esa «ansiedad por cumplir» se convierte en una profecía que se realiza en sí misma: al estar tan pendiente de su actuación en el acto sexual, no se comportan relajadamente y no disfrutan con plenitud de lo que debería ser una placentera relación. El sexo incluso puede llegar a parecer un desafío o una prueba agotadora, y acabar perdiendo interés en él. Asimismo, la discrepancia entre las preferencias sexuales de cada uno de los cónyuges y la conflictividad acerca de la oportunidad, la frecuencia o la variedad de la relación sexual, pueden generar resentimientos, ansiedad o sentimientos de culpa. La pareja debe ser capaz de dialogar y sincerar sus preocupaciones, dudas y tabúes, para que ambos puedan llegar a un armónico acoplamiento de sus apetencias sexuales. A nadie escapa que los problemas y las fricciones de la relación cotidiana entre los cónyuges pueden ser una causa frecuente de trastornos en su vida sexual. Veo cónyuges que optan por «castigar» a su pareja, privándoles de ejercer su sexualidad con repetidas excusas de no estar en condiciones. Y esta práctica punitiva es más frecuente de lo que se cree. Mi mujer tiene un puntual dolor de cabeza o de espalda cuando le sugiero irnos a la cama para practicar el sexo. Y otras veces, cuando estamos en la cama, me dice que está cansada y que sólo le apetece dormir. A eso le llamo yo irónicamente «castidad matrimonial». (Queja de un marido; con ruptura de la relación al poco tiempo.) Por el contrario, también hay cónyuges que solucionan su conflictividad cotidiana en el lecho marital, lugar de encuentro para sublimar agresividades contenidas durante el día transformándolas en amorosas acometidas sexuales. Es un dicho popular el que «muchos problemas conyugales se solucionan en la cama».Sugiero poner a punto la vida sexual de cada uno, cuidando de reciclamos en los más mínimos detalles que hacen atractivos los sexos, sin descuidar la coquetería, tanto femenina como masculina, saber conservar la línea de la estética corporal, estimular la fantasía y las sutiles artes de la conquista amorosa. Todos somos capaces de mantener día a día encendida la llama del deseo hacia nuestro cónyuge conquistándolo/a con ingenio y originalidad. Aquí sí que vale el profundo grito: «¡La imaginación al poder!»
Distintos lenguajes de los cónyuges «La mujer descansa cuando habla, y el hombre se cansa hablando», expresa un dicho popular. Aunque hay excepciones, es cierto que la mujer habla más y mejor que el varón, y disfruta más que él con la comunicación. También la mujer suele expresar mejor las emociones que el hombre. Las esposas disponen de un recurso que, por lo general, casi ningún marido tiene: una gran habilidad para la expresión de las emociones, según advierte mi amigo el psiquiatra Aquilino Polaino-Lorente en su obra Cómo mejorar la comunicación conyugal. Deduzco por sentido común que una de las causas probables de esta ventaja expresiva de las féminas es porque durante siglos se ha considerado impropio del varón expresar abiertamente las emociones, y se las ha encorsetado con severas normas de educación (situación especialmente evidente en las clases sociales altas o aristocráticas), mientras tanto las mujeres nos han tomado delantera en este canal de comunicación no verbal (tono, gestos, mímica) que es el idóneo para exteriorizar sentimientos y emociones. «¡L1oras como una niña!», se recrimina desde pequeño al niño llorón. La mujer usa con más frecuencia y con mayor profusión el lenguaje gestual que el varón, además de usar más la comunicación verbal (el lenguaje hablado) que el hombre en la convivencia doméstica. Siguiendo con las diferencias lingüísticas entre ambos sexos, es posible que la mujer se esfuerce más que el hombre cuando se comunica con su esposo. De hecho, el varón silencioso, que sólo contesta con monosílabos o gruñidos a su esposa, habitualmente es un animado conversador cuando se encuentra con amigos del mismo sexo. Quizá la explicación está en el hecho de que la mujer está más abierta y acoge mejor lo que le dicen porque se entrega mucho más a lo que le comunican; mientras que el hombre habla menos porque escucha menos y, en consecuencia, se involucra menos en lo que le aporta su esposa. Tenga usted presente que la relación de pareja es básicamente de índole emocional. Se calcula que las dos terceras partes de las conversaciones cotidianas de los esposos son, de manera implícita o camuflada, comunicaciones de características emocionales, con un alto nivel afectivo en las mismas. Repase si no mentalmente la de cosas bonitas y halagadoras que se dicen los esposos a lo largo del día, cuando hay un buen feeling entre ellos. Es conocido también que la mujer, en general, se siente más atraída por el discurso masculino que por el femenino, acaso porque lo que expresa el hombre es más incisivo, lineal, simple y directo, características todas ellas que suelen ser menos frecuentes en el discurso femenino. Por la razón que sea, el hecho es que la mujer tiene una necesidad mayor de comunicación afectiva, impregnada de ternura y de detalles, que el hombre, ya que éste va siempre «más directo al grano». — Oye, Miguel, ¿tú qué harías con esa puerta de la cocina, que desde que se mojó con aquel escape de agua de la semana pasada se ha hinchado de tal manera que ahora no cierra bien...?
Posiblemente, la mayoría de las dificultades conyugales en materia de comunicación residen en este hecho diferencial: el varón opta preferentemente por la comunicación racional, con toda su lógica intelectual, y la mujer prefiere manejarse con la comunicación emocional, que da mayor importancia a los sentimientos que a la validez de los razonamientos. Y de aquí salen dos cuestiones que tienen mucha miga: ¿De qué le sirve a una persona sentirse querida si la otra no se lo dice, es decir, no se lo manifiesta verbalmente? ¿De qué le sirve a una persona que verbalmente le manifiesten lo mucho que la quieren, si no se siente querida, porque no llega a esta convicción por el tipo de emocines que le transmite la otra persona? Es decir, todos tenemos que esforzarnos en tratar de aunar palabras y sentimientos, en saber expresar y recibir las emociones. Por separado, no cuelan.
Diferentes expectativas: dos matrimonios en uno Le voy a poner un ejemplo muy gráfico. Imagínese a dos personas que entran por distintas puertas en una misma habitación vacía. Cada una de ellas viene bien cargada con su equipaje: maletas, bolsas y otras pertenencias. Una de las personas deja alguna de las maletas en el suelo de la habitación, pero luego se lleva y deja fuera otros bártulos. La otra, por el contrario, deposita todos sus bultos dentro de la habitación y no deja nada fuera. Esta es la imagen metafórica del matrimonio. La habitación representa el marco matrimonial, el espacio físico y espiritual en que se desarrollará la convivencia de la pareja. Los bártulos que llevamos a cuestas y que metemos en la habitación son los presentes, nuestro bagaje vivencial, que aportamos o regalamos a la estructura matrimonial, lo que realmente queremos que figure en este marco de convivencia. Los enseres que dejamos en el habitáculo de la casa común son para compartirlos y disfrutarlos con el otro miembro de la pareja. El resto, lo que sacamos fuera, nos lo reservamos para cada uno de nosotros. Es nuestra privacidad. Obviamente, los hay generosos y los hay tacaños: hay quien aporta más y hay quien aporta menos a este espacio común del matrimonio, la futura cancha de la vida en pareja. Cada uno de nosotros tenemos aficiones, hobbies o características de nuestra personalidad que nos reservamos para nosotros mismos y no compartimos con el otro miembro de la sociedad matrimonial. Fútbol, caza, partida de mus o de póquer, reuniones de trabajo, horas extra, copas con los amiguetes, etc. Además, están nuestros papeles secretos, recuerdos de familia, nuestros fantasmas y fantasías. «¡Lo mío!», en suma. Dentro de cada matrimonio existen, pues, dos matrimonios: el del marido y el de la esposa. Incluso en circunstancias normales los miembros de la pareja pueden vivir sus relaciones de forma muy distinta, a causa de las diferentes expectativas que un hombre y una mujer tienen, por lo general, respecto a lo que esperan del matrimonio. En el pasado, las diferentes expectativas de! marido y de la esposa eran más fijas y estereotipadas, ya que e! papel de cada uno en el ámbito matrimonial venía minuciosamente reglamentado por las tradiciones familiares y las costumbres sociales. En la actualidad, las cosas están cambiando radicalmente: acceso de la mujer a! terreno laboral, equiparación profesional con el hombre, reparto equitativo entre los dos sexos del trabajo doméstico, etc. Muchas parejas se mueven con otros parámetros diametralmente opuestos a los de antaño. Como apunta la socióloga Inés Alberdi: Antes era una certidumbre el matrimonio para toda la vida, y la felicidad era incierta; ahora la felicidad tiene que ser una certidumbre y lo de toda la vida es incierto. No obstante, en no pocos estratos socioculturales aún perduran, radicalmente diferenciadas, las expectativas matrimoniales del marido y de la esposa. Así pues, mientras que para un hombre el hogar y la vida de familia complementan y proporcionan un refugio de! mundo del trabajo y de su carrera profesional (a lo que antes me he referido como «e! descanso del guerrero»), para muchas mujeres el matrimonio y la maternidad son una finalidad en sí mismos. Por tanto, la calidad de sus relaciones conyugales puede ser más importante para estas mujeres —que han invertido mucho en la empresa matrimonial: han dejado todos sus bártulos en la habitación— que para sus maridos, que tienen otros proyectos y otras alternativas en los que centrar su atención cuando su vida doméstica pierda interés o se vuelva insoportable —se han reservado varias maletas fuera de la habitación—. También para algunos hombres —y otras tantas mujeres, que también las hay muy «trepas»— el matrimonio es un simple medio para alcanzar otros fines de mayor importancia para sus objetivos futuros: ascenso laboral, prestigio social, etc. Huelga decir que los que han apostado muy fuerte por la empresa matrimonial, han invertido todo lo que tenían y han puesto toda su energía en mantenerla boyante, no podrán dejarla hundir sin oponer la máxima resistencia. ¡Lucharán hasta el límite! (Aquí le adelanto al lector una clave para entender la virulencia que puede presentar uno de los miembros de la pareja cuando la relación amenaza con romperse.)
Compromiso, confianza y fidelidad A medida que se calman las pasiones, después del fogoso enamoramiento inicial, emerge —o debería emerger— como principal fuerza de la unión matrimonial la dedicación al bienestar y a la felicidad mutuos. Los cónyuges asumen libremente confiarse el uno al otro, bien a nivel de caamiento por lo civil o siguiendo el ritual de la Iglesia «para bien o para mal, en la riqueza o en la pobreza, en la enfermedad y en la salud...». Supongo que lo de la pobreza y la enfermedad es optativo, ¿verdad?... (Pregunta el futuro marido al sacerdote celebrante, en un chiste de boda.) Es evidente a todas luces que estar seguros de que nuestra pareja nunca nos abandonará da una sensación de seguridad y confianza en la relación. No se puede salir de casa desconfiando de la esposa, temiendo que en cualquier momento pueda entenderse con el repartidor del butano, o no fiándose de! marido, sospechando que a la mínima se escapará para verse con la vecina del quinto. Como tampoco se puede desconfiar continuamente de los compañeros de! trabajo de que a la que salgamos de la oficina nos quitarán el puesto. Y aquí añada usted todos los ejemplos que quiera. ¡Desconfiar es un no vivir! Para algo hemos salido de la selva, para escapar de los depredadores que nos acechaban noche y día, y hemos establecido, a lo largo de los años, un hábitat más confiable que llamamos civilización. En una columna periodística, Josep Miró i Ardèvol opinaba así: Un hombre o una mujer infiel a su cónyuge lo acaba siendo en cualquier ámbito ,porque la fidelidad, como otros valores, no puede trocearse como una mortadela. Las raíces de la confianza básica se desarrollan mucho antes de! matrimonio. Esta actitud (confiar) empieza a generarse a partir de las primeras experiencias del niño, con los precoces vínculos materno fíliales, que luego se extienden a todo el entorno familiar, alimentándole de la autoestima suficiente para más adelante, ya de adulto, confiar en el mundo de las relaciones sociales. En situaciones de conflictividad matrimonial, detecto con frecuencia a personas que no desarrollaron en su infancia esta actitud a confiar (carencia afectiva, abandono, maltrato, etc.) y que trasladan sus desconfianzas y recelos a la vida matrimonial, con el consiguiente trastorno en la relación. La confianza básica entre una pareja implica estar plenamente seguro/a de que puede confiar plenamente en su consorte, de que siempre lo encontrará en disposición de ayuda, defenderá sus intereses y procurará en todo momento su bienestar. En suma: poder confiar en él/ella su propia vida. «¡Qué fuerte!», seguro que exclamará sorprendido si lee esto un joven actual. Pero, a veces, sucede que una persona rechaza un compromiso de relación total por las renuncias que implica. Algunas personas, por ejemplo, disfrutan del matrimonio, pero no quieren realizar ningún sacrificio por él. Desean tener lo mejor de ambos mundos, como puede ser la seguridad y el amor constante que ofrece el matrimonio, pero también la libertad y la falta de responsabilidad que propicia la soltería. No se atreven, pues, a establecer un compromiso con la fidelidad Se que me engaña, y además con mi mejor amiga, pero le quiero tanto que le perdono una y otra vez, espero que un día se dé cuenta de que nadie mas que yo le quiere tanto y ya no me engañe más (Lamento de una esposa reiteradamente engañada) En algunas parejas, los cónyuges están dispuestos incluso a aceptar la infidelidad de su consorte, bien porque estén locamente enamorados y lo perdonen todo, albergando siempre la esperanza de que «ya cambiara», bien porque no tengan otros medios de subsistencia fuera del matrimonio y tengan que resignarse, o porque esta situación también les permite ser infieles sin sentirse culpables es más, incluso hay parejas que llegan a un pacto mantener las formas de convivencia familiar de cara a los demás, y no inmiscuir las aventuras de cada uno en la relación conyugal Por último, en otros casos, la infidelidad es discretamente tolerada («Por los hijos y para mantener la familia unida», me dicen a modo de justificación), aun siendo una fuente continua de dolor
Cuando la maternidad y la paternidad se convierten en obsesión Hay parejas que no tienen hijos —por las razones que sean— y viven magníficamente su relación conyugal. Saben complementarse a la perfección y realizarse cada uno de ellos dentro de su matrimonio. Sin embargo, hay otras parejas que tampoco tienen hijos... y lo pasan fatal. Son las que quieren acceder a la maternidad y la paternidad a toda costa y al precio que sea. No se resignan a no ser padres. Obviamente, como pediatra que también soy me sale del alma animar a las parejas a que tengan descendencia —y cuanta más, mejor—, ya que encontrarán ventajas de todo tipo, tanto para padres, como para hijos. Pero cuando el hecho de ejercer de padres se convierte en obsesión, empiezo a alarmarme. La misma reproducción artificial, con todo lo que tiene de gran avance científico, aunque conlleve las limitaciones éticas y religiosas que todos conocemos, puede vivirla la pareja con relajado y esperanzado optimismo, o con la tensión y la angustia de la espera, y la posible decepción ante el potencial fracaso de las técnicas de reproducción asistida. Y este fracaso en la inseminación artificial o en la fecundación del óvulo «in vitro», cuando se vive con tanta ansiedad y preocupación, puede afectar a la relación. Parece ser que estadísticamente son numerosos los casos de separaciones y divorcios de quienes no obtienen los resultados deseados con el uso de estas técnicas de reproducción artificial. Son parejas que se han polarizado excesivamente en el futuro hijo y han proyectado sobre él, como único programa de realización personal, todas sus inquietudes y proyectos. No han sabido encauzar su energía en la complementariedad que implica la relación de pareja, ni en actividades de índole social, cultural u otras capaces de producir intensas satisfacciones personales. El auge de la infertilidad en el mundo moderno es un hecho bien demostrado: alcanza al 15 % de las parejas en los países occidentales. Las causas son múltiples: estrés, drogas, contaminación ambiental, malformaciones anatómicas, anomalías genéticas, etc. ¿Vamos por ello a repudiar al cónyuge estéril y buscar otro más fértil? ¿Va a irse al traste la relación de pareja porque no llegan los hijos...? Es sabido que en la Antigüedad el fin primordial de! matrimonio, tanto monogámico como poligámico, era la continuidad de la estirpe. Los hijos eran tan imprescindibles para la supervivencia de la comunidad como la abundancia de cereales. La esterilidad no sólo se entendía como el mayor de los infortunios, sino que también era un motivo más de justificado repudio o separación. Ahora que no pensamos únicamente en términos productivos, queremos seguir teniendo hijos, pero con un sentido de parentalidad responsable. Asimismo, los avances sociales y tecnológicos en materia de reproducción hacen tambalear principios incuestionables de antaño, como, por ejemplo, la afirmación rotunda de que «madre no hay más que una». Hoy se habla de madres de alquiler, de acogida, de sustitución, de madre portadora, suplente, genética, uterina, social, adoptiva, vendedora, compradora y puede que alguna más que se me escapa «Ese par de amigos», como llamaba un poco despectivamente don Miguel de Unamuno a la pareja sin hijos, tienen mucho que hacer en la vida actividades de solidaridad, cuidado de menores, adopción, etc, y si continúan sin tener descendencia, son, además, un magnífico ejemplo de amor en estado puro sin hijos por en medio.
Construyendo el edificio amoroso Se abusa mucho del símil de! edificio cuando se habla de matrimonio. Sin embargo, es una metáfora bastante acertada, porque construir una vida en pareja tiene grandes semejanzas con la construcción de un edificio. Por ejemplo, hay que escoger buenos materiales para los cimientos y levantar las paredes maestras: amor, compromiso, lealtad, confianza, compenetración, respeto, ternura... Ya he dicho anteriormente que el amor por sí solo no es suficiente para proporcionar los lazos duraderos que unen una relación. Hay que añadir otros ingredientes, al igual que nos esmeramos por variar los platos de la cocina diaria con nuevos aliños y no hacerla aburrida. Si fuera la mitad de amable y simpático en casa de lo que es en la oficina, ya estaría contenta; según dicen sus amigos y compañeros del trabajo, es el mejor relaciones públicas, el que cuenta mejor los chistes y el que alegra cualquier fiesta con los amigotes; en casa, por el contrario, es totalmente cenizo, créame. (Queja de una esposa con marido aburrido.) «Llegar siempre a casa con talante amable es una de las leyes conyugales que no admite excepción», nos aconseja Honoré de Balzac en su clásica obra Fisiología del matrimonio. La rutina, la pasividad o la falta de creatividad son algunos de los enemigos habituales que pueden echar al traste lo que un día se inició con la mayor ilusión. Sin duda el tedio de la rutina es la más peligrosa carcoma que puede corroer la estructura matrimonial. También puede hacer su aparición la temida aluminosis: los celos, las aventuras extraconyugales, el alcoholismo, los malos tratos, etc., desmoronándose así las vigas maestras que sostienen la estructura matrimonial. La palabra respeto es, quizá, la más importante del diccionario de la pareja, según expresa el escritor José María Gironella: «El amor y el respeto son las dos muletas indispensables para conseguir que la pareja humana soporte la convivencia.» Con todo, mantener el amoroso respeto a lo largo de toda una vida no es tarea fácil. La fluida comunicación juega aquí un papel muy importante, porque «el matrimonio es, por ejemplo, cincueta años de conversación», según oportuna cita del filósofo Julián Marías. También el académico Martín de Riquer pregunta a las parejas que quieren casarse «si tienen tema de conversación para cincuenta años». Por algo será que todos coinciden en que la comunicación verbal entre cónyuges es fundamental. De hecho, es la queja que oigo más veces en la consulta: la incomunicación de la pareja. En la relación se producen situaciones inesperadas con las que hay que contar, como pueden ser los problemas de salud de uno de los miembros o un quebranto económico que desestabilice los ingresos de la pareja. Hay, pues, que saber sortear los obstáculos inoportunos que pretenden tambalear el edificio. También hay que contar con los enemigos de la auténtica intimidad. Algo así como: juntos, pero no revueltos. La excesiva intimidad, auténticamente intrusiva en la vida del otro, puede ser peligrosa. Y no me estoy refiriendo aquí únicamente a la intrusión en el ámbito mental del consorte, violando su íntima personalidad, sus ideas y pensamientos más suyos, sino a la descarada intromisión en el espacio físico privativo del otro. ¿Se ha parado a pensar cuál es la habitación potencialmente más peligrosa de la casa? ¡El lavabo, señores¡ Ese aparentemente inocente habitáculo, reservado para las funciones higiénico-fisiológicas más elementales, en donde todos tenemos nuestros pudores, con más o menos escrúpulos, puede transformarse en una cámara de siniestras torturas. Mi ilustre colega Gregorio Marañón escribió: «El lugar más peligroso para la pareja es el cuarto de baño.» Suele ser un lugar reducido, propenso a los roces corporales, donde la intimidad está desnuda, desmaquillada ella y con rulos, despeinado él y con legañas, por no citar otras imágenes evacuatorias de obligado y cotidiano cumplimiento, que no son precisamente muy románticas. Recuerdo que en mis años mozos decíamos la siguiente ordinariez: «Si quieres a tu amor olvidar, imagínatelo c...» Cierto. Más de un amor que parecía eterno se ha truncado en el cuarto de baño y ha desaparecido por el agujero del desagüe del lavabo o de la bañera.
Pequeños gustos y petites phrases Con las prisas y las rutinas que nos apremian en el día a día nos vamos abandonando. Olvidamos darnos pequeños gustos, mínimos detalles que hacen agradable la convivencia. Ya no se trata sólo de añadir al cotidiano saludo de los «Buenos días» al despertar la coletilla de «Buenos días, cariño», que no representa ningún esfuerzo adicional y siempre se agradece, sino de estar pendiente de los gustos del cónyuge y adelantarse en cumplimentarlos. Conocer, en suma, sus puntos sensibles para gratificarlos, cada uno en su justa medida. Marcel Proust, en su conocida obra En busca del tiempo perdido, nos da una preciosa pista de cómo debemos actuar al respecto con nuestra pareja. Utiliza la expresión «petite phrase»; con ella quiere concretar y condensar en una pequeña frase, que bien puede ser musical —de una melodía clásica o una canción actual de moda—, o de una frase literaria, o en una imagen —equivalente de la «pequeña frase» en pintura, arquitectura y en otras artes—, aquellos sentimientos que cada uno de nosotros guardamos en lo más íntimo de nuestro ser y que forman parte del equipaje emocional con que embarcamos en el proyecto de vida en pareja. Todos tenemos nuestra «pequeña frase», un recuerdo musical especial, una estrofa de un poema de amor, aquel patio con geranios de una luminosa pintura, aquella escalera modernista, la escena de una película... «Por su petite phrase los conoceréis», apostilla el escritor y dramaturgo Francisco Nieva, refiriéndose a que, una vez confesadas, nuestras «pequeñas frases» nos definen con exactitud, nos descubren, como si recurriésemos al examen grafológico de nuestras firmas. Pienso que no estaría mal que al principio de una amistad, dos personas se tarareasen mutuamente sus «pequeñas frases», para empezar así desde lo más hondo y con buen pie. Habría divorcios de inmediato o ligámenes de por vida. La petite phrase, como el algodón del anuncio, nunca engaña. ¿Conoce usted las petites phrases de su pareja? ¿Le ha preguntado por ellas? ¿Alguna vez se las han confesado mutuamente? ¿Se las ha susurrado al oído...? Si estamos en la inopia en el conocimiento de las «pequeñas frases» de nuestro cónyuge y hemos decidido poner todos los argumentos posibles para garantizar la felicidad de la vida en pareja, bueno será que nos mostremos receptivos y tiremos de! hilo de los sentimientos del otro, de sus íntimas petites phrases (aquí no violamos ninguna intimidad de las que en el anterior apartado hacía referencia). Y así nos hacemos partícipes y nos sentimos cómplices en su conocimiento, y quizás hasta nos apropiemos de algunas de ellas, si vemos que se ajustan a nuestra fibra sensible. ¡Qué magnífica complementariedad se puede conseguir con el intercambio de estas sutiles prendas, pequeñas vivencias personales! Practicando en esta línea, día a día iremos enterándonos de la auténtica manera de ser, de qué pie cojea (en el sentido emocional), la persona que comparte nuestra vida. Conociendo sus sensibilidades —aunque a veces puedan parecernos sensiblerías— nos será más fácil adivinar sus gustos, caprichos y apetencias. Y, además, aprenderemos a adelantarnos en satisfacerlos, dándole mayúsculas sorpresas. Ya sabemos que la vida, la de cada día, la hacen agradable las cosas pequeñas, los pequeños detalles, pequeñas frases y pequeños gustos, que sin embargo se transforman en magníficas ofrendas cuando surgen sincera y espontáneamente en la convivencia amorosa. Es, a fin de cuentas: lo extraordinario que tiene la vida ordinaria. ¿Qué día es su aniversario? ¿Cuánto hace que no salimos a cenar los dos solos...? No hace falta ser muy imaginativo para crear situaciones placenteras en el matrimonio. «¡Cariño, arréglate, que hoy nos vamos a bailar!»
*Médico-pediatra, psiquiatra y neurólogo Profesor de la Universidad Internacional de Cataluña EN PAREJA. ED. PLANETA. BARCELONA 2003 (Con permiso del autor)
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