¿Un compromiso para siempre?

Paulino Castells*

 

Lo que tiene mérito es mantenerse

siempre con la misma.

MIGUEL DE UNAMUNO

Dos extraños conviviendo

«Yo de usted no lo haría, forastero», era la seria advertencia que se hacían en las películas del Far- West antes de desenfundar. Había que pensárselo dos veces antes de pasar a la acción y medir al milímetro las posibilidades de éxito o de defunción. En el matrimonio, me consta, muchos se lanzan a tumba abierta, con el corazón tocado. Y hay que tener la cabeza muy fría porque este forastero/a que se ha cruzado en nuestro camino es el único pariente que elegimos libremente en esta vida: la pareja.

Tengamos en cuenta que la vida matrimonial, al fin y al cabo, no es más que una peculiar situación en que se encuentran dos personas extrañas —aunque el enamoramiento les haya hecho creer la falacia de que «se conocen perfectamente»— que deciden iniciar un proyecto común de convivencia y que, además, desean que sea de larga du­ración. Que yo sepa dos no se casan premeditadamente con fecha de caducidad incorporada ni para media hora, ni para un mes, ni para dos años y medio

Cada uno de estos extraños que se encuentran ya hemos dicho que aporta al sistema matrimonial unos determinados valores, unas costumbres, un estilo de vida, una manera de entender la afectividad y un modelo particular de lo que debe ser la convivencia matrimonial. Y todo esto puede coincidir o no con lo que aporta el otro miembro.

El proyecto matrimonial incluye, pues, las «expectativas» implícitas y explícitas, conscientes e inconscientes, que tiene cada miembro de la pareja con respecto a sus obligaciones y los beneficios que espera obtener del matrimonio. Así, cada esposo conoce parte de sus necesidades, pero ignora otras que irán apareciendo en el transcurso de la relación. Uno puede ser consciente de las expresadas por su cónyuge, pero desconoce las que no ha expuesto. A menudo, presupone que coinciden en determinados «conceptos» de lo que es la vida matrimonial, cuando en realidad no es así. Entonces, actuando como si existiera un acuerdo real, al observar este cónyuge el incumplimiento por parte de! otro, se sentirá disgustado y traicionado, produciéndose inevitablemente un conflicto en la relación de pareja.

El asunto peliagudo que se cuece es que los miembros de la pareja no han negociado su convivencia matrimonial, pero, mire por dónde, cada uno actúa como si sus propias expectativas y necesidades fueran sobradamente conocidas y aceptadas por el otro. En el noviazgo, aparte de mandarse mutuamente lindezas románticas, los enamorados deberían negociar cosas más pedestres, como la manera de repartirse las tareas domésticas: cocinar, limpiar, ir a comprar y otras múltiples servidumbres domésticas que hay que compartir y negociar antes de meterse en el berenjenal de la convivencia. Lo de «contigo pan y cebolla», aparte de ser poco aconsejable desde el punto de vista gastronómico, en la práctica es poco viable.

Me he llevado el mayor chasco de mi vida. Creí conocer­la bien durante el noviazgo, siempre tan coqueta, pulcra y bien vestida; pero, a la que nos casamos, cambió radicalmente o, quizá, se manifestó como realmente era en su intimidad. Sucia, desordenada con su ropa, que se amontona en el dormitorio, la cocina está hecha una pocilga, sale a todas horas de tiendas y a merendar con las amigas y la casa está hecha un desastre. Cuando llego del despacho me convierto en la señora de las faenas para poner un mínimo de orden. ¡Es una auténtica guarra! (Confesión de un marido chasqueado.)

Sentido actual del compromiso

Actualmente se concibe la relación de pareja como la alianza libre y voluntaria entre dos personas que mantienen un vínculo afectivo, que a menudo se formaliza mediante un contrato legal, y otras veces sin papeles por en medio.

Pero la vida matrimonial, la relación humana más compleja que existe, sólo puede ser aglutinada por un vínculo poderoso que esté por encima de los diversos ingredientes que constituyen el entramado de la relación conyugal: afectividad, sexo, reparto de tareas, economía, tiempo de ocio, etc. Y ese vínculo a que me refiero es el compromiso.

        En líneas generales, el acto de casarse, de unirse para siempre con otra persona, conlleva siempre un importante grado de «compromiso», no sólo con el compañero, sino también con una nueva entidad: el matrimonio. Es el encuentro entre dos existencias que desean compartir amor, convivencia, experiencias, ayuda y felicidad. Es, pues, la relación humana más intensa y compleja que existe, por cuanto aúna, como ya he comentado, elementos explícitos e implícitos, conscientes e inconscientes, racionales y emocionales, condicionados por la diversidad de personalidades, culturas, expectativas, valores y necesidades.

Estará de acuerdo conmigo en que la relación de pareja no es un proceso estático, sino que tiene un dinamismo permanente, generado por la evolución de cada persona, los constantes cambios en el entorno social y las distintas etapas que se van sucediendo en el transcurso del propio ciclo vital de la pareja: enamoramiento, noviazgo, boda, llegada de los hijos, su adolescencia y posterior independencia, jubilación, vejez... Todas estas situaciones cronológicas introducen factores de desestabilización que pue­den erosionar el compromiso amoroso si no se afrontan adecuadamente los acontecimientos y disminuye entonces la cohesión de la pareja.

Hasta hace relativamente poco tiempo —pongamos tres o cuatro décadas—, el hombre y la mujer centraban sus mutuos intereses en el matrimonio. Para la mujer, la maternidad y el cuidado del hogar eran su objetivo primordial y su manera de realizarse; mientras que el hombre buscaba compañía y apoyo afectivo, aportando por su parte la protección del hogar y el ingreso económico resultante de su actividad laboral. Este era el cliché más generalizado. ¿Y qué queda de esta concepción de la vida en pareja? Bastante poco. Los profundos cambios que ha experimentado la sociedad han vuelto prácticamente obsoleto este planteamiento tradicional.

Repasemos por encima. Los sistemas de valores, la moral social, el reparto de papeles, el concepto del amor, la relación interpersonal, la realización de sí mismo, el encuentro sexual, la familia, la definición de lo masculino y lo femenino... Todo ha experimentado una revolución conceptual en profundidad. Asimismo, la significación del sistema matrimonial ha cambiado drásticamente: ya no lo integran dos personas estrechamente ligadas, con papeles bien definidos de cómo han de actuar en función de su sexo, sino dos individuos libres e independientes que mantienen en alto grado su propia personalidad.

Ella y yo queremos mantener nuestra propia personalidad y nuestra independencia. El compromiso de estar juntos durará mientras nos hagamos felices el uno al otro. El día que mi compañera o yo no nos sintamos a gusto estando juntos, romperemos, y en paz. ¡Cada uno por su lado y tan buenos amigos! (Declaración conjunta de una pareja.)

No hay que olvidar que bastantes jóvenes de hoy afrontan el compromiso matrimonial como un riesgo de perder la propia individualidad. Así resulta que mantener una relación que «respete la independencia» de cada cónyuge es el ideal común de muchas parejas actuales. Que al fin y al cabo es un exponente de la filosofía contemporánea según la cual cada persona es un individuo independiente, que debe tener libertad y autonomía para funcionar como tal. O sea: que los esposos ya no se pertenecen mutuamente.

Pero, hoy, curiosamente, muchas parejas jóvenes parece que buscan un compromiso sentimental «a la antigua». El amor les es más importante que el sexo y se vuelven a plantear el matrimonio para toda la vida, aunque después, a veces, no resulte así. Se dan cuenta de que, ahora, el sexo es más fácil y el compromiso más difícil. La mujer, por ejemplo, no valora ya la promiscuidad, porque no le da muchas satisfacciones, prefiere estar enamorada y pensar en una idea de futuro.

Volviendo al asunto del compromiso. Para entenderlo en su plenitud, tenemos que considerar lo que ya le he avanzado anteriormente: la pareja es algo más que la suma de las partes, es una realidad distinta a cada uno de los miembros de la misma, que se rige por un conjunto de reglas, objetivos y funciones propias, y que se halla inmersa en un marco más amplio de interacción familiar y social.

Así, cuando dos personas establecen una relación seria, de forma gradual y continuada van convirtiéndose en un sistema dotado de entidad propia; creando unas nuevas normas, reglas, objetivos, e introduciendo funciones distintas, que generan responsabilidades y exigen una revisión de las expectativas y deseos que cada miembro tenía previamente. Hay que dar, pues, un importante salto cualitativo de la individualidad de cada cónyuge a la pertenencia del uno al otro. Y que nadie vea esto como una sumisión o una claudicación de sus respectivas personalidades.

A todo lo dicho hay que añadir la perspectiva con que se encara el compromiso matrimonial en la sociedad actual, que a menudo conduce a la creación de un tipo determinado de estructura familiar, lo que llamamos «familia precaria». Que ya nace tambaleante y que no es más que el resultado del pesimismo colectivo, fruto del temor ante las crecientes cifras de ruptura y de divorcio que presentan los matrimonios en las sociedades desarrolladas. Unas estadísticas tan descorazonadoras influyen en el ánimo de tal manera que esta probabilidad de ruptura mina las expectativas de las parejas matrimoniales y fomenta, como una profecía que se cumple a sí misma, la renuncia a intentar un proyecto para toda la vida.

Para que voy a casarme? ¿Para que mi matrimonio se vaya al traste al cabo de unos años? ¡Ni hablar! Yo no quiero que mis hijos sufran lo que yo he sufrido con la separación de mis padres. Prefiero liarme con alguien, sin ningún tipo de compromiso, y, si es posible, no tener hijos. (Confiesa una jovencita.)

Médico-pediatra,  psiquiatra y neurólogo

Profesor de la Universidad Internacional de Cataluña

EN PAREJA. ED. PLANETA. BARCELONA  2003 (Con permiso del autor)