Pautas para una educación integral.
La verdadera educación abarca al hombre en su totalidad y dimensiones.
Consiste “esencialmente en la formación del hombre completo, cuerpo y
alma” (Pío XI, 1929:5). Se propone la formación de la persona humana
“en orden a su fin último y al bien de las sociedades” (GE 1). El
sujeto humano se encuentra inmerso en una triple teleología, frente a
él surge la configuración del modelo perfecto que desea alcanzar y en
cuyo logro “alcanza su propia identidad, [y esta configuración] tiene
al menos tres niveles: el cultural, el moral y el religioso (…) que
están mutuamente implicados” (Choza, 1988:390).
La familia “asegura la
estabilidad necesaria para la misión educativa” de los niños
(Pontificio Consejo para la Familia 2003). “El lugar natural para su
educación es la familia” (Pontificio Consejo para la Familia, 2003:4),
y son los padres los “primeros y principales educadores de sus hijos”
(Juan Pablo II, 1981:36, 1994:16,8) y deben formarlos “con confianza y
valentía ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida
sencillo y austero, convencidos en que `el hombre vale más por lo que
es que por lo que tiene´” (Juan Pablo II, 1981:37,1).
Una educación basada “en el sentido de la vida y en la toma de
posesión de la propia libertad permite al niño asumir internamente el
sentido de la autoestima” (Consejo Pontificio para la Familia,
2004:661) y dar respuesta cabal a “la pregunta que el hombre lleva
dentro de sí por el sentido y la plenitud de la vida” (Conferencia
Episcopal Española, 1997:8).
La libertad, característica propia de la dignidad de la persona, no
debe concebirse como absoluta, sino que se acota a unos límites en los
que entendemos “la libertad como inseparable de la verdad y del ser
del hombre” (Conferencia Episcopal Española, 1997:13). Por ello “la
libertad humana no puede ignorar que es una libertad encarnada, es
decir, que se realiza o se pierde en la unidad inseparable de cuerpo y
alma en la que se constituye la persona humana” (Conferencia Episcopal
Española, 1997:14).
Toda “libertad auténtica, en cuanto orientada constitutivamente hacia
el reconocimiento del otro en el mundo, se expresará necesariamente en
normas éticas” (Gevaert, 1976:213) y “lleva aparejado la
responsabilidad” (Rojas, 1987:274), de ahí que los valores morales,
arraigados en la misma ley moral natural, ocupen un lugar privilegiado
en la educación completa del niño . Son estos
valores morales los que superando el individualismo “despiertan el
sentido de responsabilidad y de la libertad genuina” (Consejo
Pontificio para la Familia, 2004:661) y facilita en el joven la
adquisición del autodominio necesario para una vida libre, a la par
que constituye “garantía necesaria y preciosa para un crecimiento
personal y responsable de la sexualidad humana” (Juan Pablo II,
1981:37,6).
También en esta faceta los padres son los “primeros responsables de la
educación afectivo-sexual de sus hijos” (Pontificio Consejo para la
Familia, 2001), y esa educación “para ser válida y plenamente humana
[con capacidad de contraer un compromiso maduro], debe encontrar lugar
en el camino de descubrimiento de la capacidad de amar, inscrita por
Dios en el corazón del hombre” (Pontificio Consejo para la Familia
2003). En la educación sexual es preciso incidir en la adquisición “de
la virtud de la autodisciplina y de la importancia del otro,
importantes para el ejercicio humano de la sexualidad” (…) [y son los
padres los que deben iniciar al joven en el auténtico amor humano],
“que procede en primer lugar del corazón y de la mente, antes de
expresarse en el cuerpo” (Consejo Pontificio para la Familia,
2004:321). El compromiso, la fidelidad, el sacrificio, la renuncia, la
fortaleza, la generosidad o el servicio dicen relación con el
verdadero amor, alejado de la soledad e insatisfacción a que camina el
mero materialismo sexual. Es irrenunciable por tanto una educación
para la castidad en estrecha relación con su componente espiritual
“como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la
hace respetar y promover el `significado esponsal´ del cuerpo” (Juan
Pablo II, 1981:37,5), y nunca “estimando falsamente que podrán
inmunizar a los jóvenes contra los peligros de la concupiscencia con
medios puramente naturales” (Pío XI, 1929:41).
Tienen los padres también el deber específico de educar a sus hijos en
la oración (Juan Pablo II, 1981:60), y “en la respuesta al amor
[divino] y a las llamadas que el ser necesitado dirige a los demás, es
donde el hombre se desarrolla de verdad a sí mismo y llega a la
madurez de su existencia humana” (Gevaert, 1976:55).
Entrega, espíritu de servicio y sacrificio deben ser el cuaderno de
bitácora permanente en la continua forja de la personalidad, evitando
la “invasión de un individualismo radical en numerosas esferas de la
actividad humana (…) [que] no fomenta la entrega generosa, fiel y
permanente” (Pontificio Consejo para la Familia 2003).
Si importante es el ambiente educativo en la familia, la escuela puede
ser bien otro lugar privilegiado de formación, o bien de disolución y
relativización de los auténticos valores inherentes a la persona. En
este sentido y teniendo siempre presente la libertad de elegir centro
educativo conforme “las convicciones morales y religiosas, a la
orientación fundamental de la propia vida, [y] a la libertad del
hombre para decidir su propio destino” (Conferencia Episcopal
Española, 1979:6), las escuelas católicas son “promotoras de progreso
social y de promoción de la persona” (Congregación para la Educación
Católica, 1997) al ser coherentes con una antropología determinada por
la Creación y la Redención, lo que las sitúa “en posición antitética
respecto de la idea de la educación dictada por el inmanentismo
antropocéntrico” (Gutiérrez García, 2001:193). Se podría, pues,
describir el proceso educativo cristiano como un conjunto orgánico de
factores orientados a promover una evolución gradual de todas las
facultades del alumno, de modo que pueda conseguir una educación
completa en el marco de la dimensión religiosa cristiana, con el
auxilio de la gracia (Congregación para la Educación Católica, 1988).
La autoeducación.
La fase de autoeducación se alcanza cuando el hombre ha logrado un
grado de madurez psicofísica que “empieza a `educarse él solo´”(Juan
Pablo II, 1994:16), y es capaz de construir un proyecto de vida
siempre con referente final tanto en “la ley moral (…) [que es] `la
ley propia del hombre´” (Conferencia Episcopal Española, 1976:6) como
en el hecho decisivo de la trascendencia, que tiene como correlato la
plenitud de la entrega humana. No hay felicidad sin una entrega
sincera, total, para lo que inequívocamente es preciso tanto ayer,
como hoy, como mañana “preparar hombres honesta y sólidamente formados
en la enseñanza de Cristo-Jesús” (Cervera Bañuls, 1992).
La personalidad sana, equilibrada y madura articula un proyecto vital,
realista, exigente, con coherencia interna, cuyo contenido está
habitado de amor, trabajo y cultura, y que responde a una
interpretación de la vida que se alimenta de altos y nobles ideales
arraigados en sólidas creencias capaces de dar plenitud a una vida
(Rojas, 1987). La lealtad a los ideales conlleva una sacrificada y
heroica lucha, sin tregua ni cuartel, librada día a día, hora a hora,
minuto a minuto, haciendo realidad el axioma militia est vita
hominis super terram (cfr. Job 7,1) que se traduce en una
constante y perpetua educación de una voluntad firme, templada en la
lucha y el esfuerzo, bajo la directriz de la recta razón, cara a la
excelencia personal para adquirir hábitos y potenciar el ejercicio y
la práctica de las virtudes (Corominas, 1999).
Éste y no otro es el camino de la felicidad, la meta inscrita en la
naturaleza de todo hombre por su discurrir terreno. En este libérrimo
y generoso combate cotidiano hacia el bien y la virtud, de dominio de
uno mismo, sacrificado en aras de los demás y en una dirección
trascendente, “se acrisola la personalidad, alcanzando una fisonomía
homogénea” (Rojas, 1987:6). El gozo y la paz interior es una conquista
permanente, y responde a una comunicación total que nunca se consuma
(…) [y que supone] un diálogo en que hay una donación total (…) y
recíproca que nunca se consuma, y eso es lo que cabe concebir como la
felicidad absoluta y eterna, como un crear-donar total que nunca
termina (Choza, 1988:537).
El sufrimiento moral, el dolor y la soledad, son bienes
intrínsecamente ligados al proceso de maduración personal. Es ahí, en
la oscuridad y en el recogimiento y silencio interior escrutando la
propia realidad personal, donde el hombre penetra el sentido profundo
de la vida y la apertura a la trascendencia. En el hombre “la plenitud
de su verdad implica el cosmos, la historia y Dios” (Choza, 1988:534).
Cierto es que “el hombre es constitutivamente un ser histórico [y] a
través del trabajo va realizando su existencia histórica” (Gevaert
253), de ahí que una personalidad sana sea aquella que puede amar y
trabajar en libertad” (Rojas, 1987:162), de forma que “verum est
credendum et fatendum, falsum est rejiciendum, `la verdad debe ser
creída y confesada (veracidad); el error, rechazado” (García Morente &
Zaragüeta Bengoechea, 1979:380).
La humanidad en peligro.
El sistema educativo está siendo objeto de calculados y selectivos
ataques que buscan el control de contenidos, de métodos y de
producción del conocimiento. Así “la lucha en torno al tema educativo
responde con frecuencia a una voluntad de poder a ultranza” (López
Quintás, 1980:191). El dominio de este sistema es y le será
imprescindible a los grupos ocultos que mueven los tablados de la
política mundial en la estrategia imperialista como mecanismo de
legitimación, manipulación, perversión y de reproducción de un
Novus Ordo Seculorum imperante económico, político y social de
explotación y opresión tiránica encaminada a subvertir el orden
natural y domeñar las conciencias . El objetivo
buscado no es otro que crear una nueva naturaleza humana y una nueva
moral social relativista, llevar a la persona a una existencia
gregaria, inauténtica, gobernada por las pasiones; una juventud
malcriada, caprichosa, débil, maleable y adocenada que nadando en la
confusión de la provisionalidad asuman bovinamente los nuevos
postulados humanos sepultados en el materialismo, el hedonismo, el
relativismo y el nihilismo.
El asalto es global a todos los campos de la vida social. En este
sentido la escuela no supone un compartimiento estanco, sino que es
también un reflejo de los comportamientos sociales vigentes. La
pérdida de formas, valores y de la propia misión educativa paterna
responde muchas veces a la existencia de familias desestructuradas con
niños faltos de amor y sin puntos de referencia claros, pero también
carentes de modales, de disciplina, sentido de la responsabilidad y
sujeción a una autoridad.
Son las humanidades las disciplinas académicas que sufren un acoso
continuado, por ser éstas la disciplina más formativa de la conciencia
crítica, por esta razón “el olvido de las humanidades lleva a la
incomunicación, la incomunicación al aislamiento y el aislamiento al
pretotalitarismo” (Llano, 2005, Julio). Tras despojar de los valores
humanos a la ciencia y a la tecnología, y la desacreditación
social-utilitarista permanente de la formación humanística,
precisamente por su arraigo en la tradición humanística cristiana, y
de las sucesivas reformas de los contenidos de planes de estudio
siempre a la baja, se esconde el intento de eliminación de los ámbitos
intelectuales de libertad y de verdad que permiten al hombre forjar su
sindéresis, lograr un juicio recto ayudado por la conciencia
rectamente formada.
Urge una aristocracia del talento, sin miedo al sacrificio, que
asiente graníticamente la madurez personal en el cultivo de la
interioridad, capaces de discernir lo importante de lo secundario, con
sólida formación en el plano intelectual para “hacer justicia a la
realidad y alumbrar así la verdad” (López Quintás, 1980:189).
archivo González MONTORO