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Conferencia: Mi marido me pega lo normal agresión a la mujer: realidades y mitos Miguel Lorente Acosta* Buenas tardes, para empezar, debo reconocer que el título del libro sobre el que hoy les hablaré es un poco sobrecogedor, sorprendente, pero es que así fue como me quedé yo, sobrecogido, sorprendido, la primera vez que tuve delante de mí a una mujer maltratada y me dijo eso de «mi marido me pega lo normal». Al margen del dramatismo de esta frase, lo que más me llamó la atención y lo que todavía me sigue sobrecogiendo es la actitud de la mujer que pronunció semejantes palabras. Había sufrido una agresión y encima estaba avergonzada de ser la víctima, algo que no ocurría con el resto de personas que yo veía en el juzgado, que exigían la cárcel para su agresor porque sufrían las consecuencias de la violencia. Efectivamente, en un principio, muchas de las mujeres maltratadas se comportaban de manera totalmente diferente; eran personas que se mostraban avergonzadas, que se creían culpables de lo que les había ocurrido y que no sólo no buscaban la pena para el agresor, sino que, por el contrario, pretendían que el juez, el fiscal, el forense, simplemente le llamara la atención y le dijera: «mira, no le pegues más a tu mujer, porque si no, vas a acabar mal». En definitiva, que cualquiera de ellos le diera esa especie de reprimenda que ella era incapaz de dar. Esto era lo que en un principio pedía la mujer maltratada a las instituciones. Allá por el año 1992, esta situación me hizo empezar a estudiar el tema. Por aquella época estaba convencido de que íbamos a solucionarlo relativamente pronto; ahora, soy cada vez más pesimista, aunque al mismo tiempo, ese pesimismo me estimula cada vez más a seguir avanzando y seguir tratando de aportar algo con vistas a que esto cambie de una vez por todas. No obstante, la realidad es bien distinta. De hecho -insistiré en ello a lo largo de toda la conferencia-, hay una clara diferencia entre los motivos de agresión a una mujer y los que generan cualquier otro tipo de violencia interpersonal. El maltrato que sufre la mujer tiene un significado propio, y nada mejor que tener esta singularidad en cuenta para poder evitar que se reproduzca y para poder solucionar el problema poco a poco. Hoy mismo escuchaba en la radio del coche, cuando venía desde Jaén, que un joven de Barcelona se había presentado en la comisaría diciendo que el jueves pasado había matado a su compañera después de darle golpes con diferentes objetos de la casa y apuñalarla repetidas veces. Mi primera reflexión ante tal hecho ha sido: ¿por qué la sociedad, en un determinado momento, dice: «hasta aquí hemos llegado»?, ¿por qué empieza a reaccionar de repente?, ¿por qué responde ahora ante un problema que siempre ha estado presente y por qué lo hace de una manera determinada y no de otra? Entonces, se me ha ocurrido comparar este asunto, de manera muy gráfica, con el deterioro del Coliseo romano, al que se le ha dejado ir deshaciéndose hasta llegar al estado actual. Es decir, ¿si se reconoce que se estaba consumiendo poco a poco, por qué no se ha tratado de mantener desde un principio para poder conservar y admirar la belleza de esa obra arquitectónica?, ¿o por qué no se le ha dejado consumirse por completo hasta encontrar un suelo raso? ¿Qué es lo que hace que en un momento determinado algo, alguien, responda para evitar que vaya a más un problema en el fondo reconocido? Y ya con respecto a este tema, ¿qué es lo que mueve a la sociedad a responder ante este tipo de problemas de agresión a la mujer? La respuesta, al principio, era complicada, porque este asunto estaba íntimamente ligado con principios que regían las relaciones humanas y sociales, con reglas que eran vistas como normales y habituales, pero por otra parte, el ocultarlo no tenía sentido porque todos éramos conscientes de los casos de malos tratos; todos veíamos las noticias, todos veíamos en diferentes medios de comunicación cómo aparecían casos de mujeres maltratadas, asesinadas, de múltiples formas, a cada cual más cruel. Yo veía que los hechos no eran negados, sino interpretados con conceptos apriorísticos; que había un prejuicio, una oposición previa a la hora de valorar la objetividad. Todos partían de los mismos elementos: la violencia contra la mujer estaba presente en la sociedad y se manifestaba en forma de agresiones físicas o psíquicas, llegando al asesinato. Sin embargo, la oposición desde la que se observaba este fenómeno objetivo era totalmente distinta, como lo era, por lo tanto, su significado. Así que a la hora de ponernos de acuerdo sobre lo que estamos viendo y sobre las medidas que hay que tomar, partimos de un lenguaje diferente y escogemos soluciones dispares. La soluciónsería, entonces, intentar romper toda una mitología, esa serie de creencias que van recubriendo, una a una, la realidad: la agresión a la mujer. Ninguna de ellas es lo suficientemente opaca para ocultarla, pero sirven para alejarla de un análisis adecuado. Por eso, su desaparición supondría ponernos todos en el mismo lado, demostrar que estamos ante una realidad distinta a lo que es la violencia interpersonal y establecer medidas eficaces para la solución del problema Y para que puedan comprobar que, efectivamente, estamos ante un tipo de violencia muy singular les hablaré de los dos componentes principales de la conducta humana y de cómo varían en relación con el tema que nos ocupa. Estos dos son: el componente instrumental, que nos da las motivaciones y los objetivos, es decir, el por qué y el para qué, y el componente emocional, el que empleamos para desarrollar nuestra conducta. Cuando analizamos el primero de ellos, las causas que conducen al hombre a llevar a cabo la agresión y los objetivos que pretende alcanzar con ésta, comprobamos que se aparta por completo de esa violencia generalizada e interpersonal que se empeñan en igualar con la violencia que sufre la mujer. En este caso, la violencia es injustificada; es decir, no hay una relación directa entre el factor que precipita la agresión y el resultado de la misma. Con ello no quiero decir que el resto de las veces la violencia sea necesaria, ¡ni mucho menos!, pero sí que hay conflictos cuya consecuencia será, indefectiblemente, una reacción violenta con una intensidad determinada; conflictos tras los que la violencia parece una respuesta "natural". Éste no es, desde luego, el caso de cualquier tipo de agresión a la mujer, porque ¿qué es lo que mueve al hombre a dar una paliza, un golpe, una puñalada o un tiro a su compañera? Como digo, esa motivación es injustificada, y tenemos múltiples casos que lo verifican: el tejano que mata a su compañera porque no le espera para cenar, el marido que apuñaló a su mujer porque no había pagado el alquiler del piso, etc. El factor que precipita el conflicto siempre suele terminar en una agresión irracional, sin motivo y muy violenta. Además, otra característica muy típica de este tipo de violencia es que suele darse en lugares públicos. Nada que ver con el resto de la violencia interpersonal, en la que la conducta del agresor suele ser el buscar la nocturnidad, parajes solitarios, lugares donde no pueda ser visto por nadie, etc. Aquí, el hombre no se oculta cuando lleva a cabo la agresión, e incluso lo hace con premeditación y alevosía: a plena luz del día o presentándose a la autoridad voluntariamente tras cometer el crimen. En ningún caso se va al Brasil, o a la montaña, o trata de negar los hechos, cosa que pone en evidencia un detalle que más tarde comentaré: la creencia por parte del agresor de que posee el derecho a corregir la conducta de su víctima. Asume las consecuencias del acto delictivo, y en muchos casos se acaba produciendo una reacción encadenada de homicidio-suicidio: el hombre mata a la mujer y después se mata a sí mismo. Es decir, está dispuesto a quitarse la vida con tal de que la mujer no imponga su criterio en la relación; una situación ni mucho menos infrecuente, ya que se produce en el 94% de los casos. Por otra parte, la violencia que sufre la mujer se caracteriza por ser excesiva. Aunque no justifico la violencia de ningún tipo, como ya he dicho, lo cierto es que el hombre tiene mayor fuerza física que la mujer. Cuando hay una discusión, un problema, en lugar de acabarlo con un puñetazo, con un golpe, con un empujón, con una patada, como parece ser que tiene derecho a hacer, va más allá y propina una paliza que traumatiza a la mujer más allá de lo teóricamente esperado. En esos casos, el hombre suele recurrir a objetos contundentes o punzantes que tiene al alcance de la mano para lesionar aún más a su compañera. Si no para causarle daños irreparables como consecuencia directa de la agresión, sí para que sufra lo máximo posible y dicho daño sin remedio llegue a producirse, como el caso de una mujer que perdió el ojo porque su marido le clavó un destornillador y no la llevó a urgencias. No es que perdiera el ojo por culpa de la magnitud de la agresión, sino porque permaneció 24 horas en su casa sin recibir asistencia y los derrames en el interior de su ojo fueron impresionantes. Esto, por supuesto, no tiene justificación alguna. Y menos explicación tiene, bajo la perspectiva de lo que entendemos por violencia interpersonal, que el hombre pretenda, y en ocasiones consiga, la muerte de la mujer por medio de elementos que están al alcance de cualquiera, que no son instrumentos diseñados para lesionar o matar, sino objetos que están en todas nuestras casas.
No
obstante, aunque parezca paradójico -entramos, así, en el asunto que he
mencionado líneas más arriba-, el hombre no pretende producir un daño; lo
que pretende es aleccionar a la mujer, que ésta aprenda qué es lo que le
puede pasar si no sigue los patrones de conducta que él establece para esa
relación. Por lo tanto, cuando el hombre percibe que la mujer no está
llevando el papel de madre, esposa y ama de casa que él considera que debe
llevar es cuando recurre a la violencia -y mucho ojo con esto, porque dicha
percepción depende únicamente del hombre; no es una conducta errónea de la
mujer-. Por eso la utiliza bajo cualquier excusa y en exceso, porque
pretende que la mujer aprenda que tras un incumplimiento de las normas
siempre habrá un grito, aunque lo que luego se produzca sea una nueva
agresión en toda regla. De hecho, en ocasiones, no sólo hay fuertes palizas,
sino que incluso las cosas se extralimitan y se llegan a usar elementos como
las motosierras para infundir pavor. Todo con tal de intimidarla; porque el
hombre no mata a la mujer, sino que trata de aterrorizarla. El terror se
convierte en un instrumento de presión muy útil para él, para el agresor. Con todo lo hasta aquí comentado, ya tenemos un ramillete de diferencias entre cualquier tipo de violencia y la que sufre la mujer, pero déjenme que les hable de una última característica definitoria de esta última: la agresión a los hijos. Efectivamente, este tipo de ataques acaban repercutiendo no sólo en el "foco" del conflicto, la mujer, sino también en los hijos de la pareja. Ellos siempre sufren las lesiones psicológicas propias de cualquier niño que vive en el seno de una relación violenta, si bien, en ciertas ocasiones, también son objeto de agresiones que acaban en homicidio. De lo que se trata, en definitiva, es de lesionar a la mujer a través del daño infligido a los hijos; por eso sabemos de múltiples casos como el de aquel hombre que mató a la hija de su compañera, a una niña que ni siquiera era su hija biológica. Por supuesto que esta agresión indirecta a la mujer se puede hacer extensible a otras personas cercanas a ella que estén tratando de ayudarla, e incluso el propio papel del agresor puede extenderse a familiares o amigos del hombre que se toman la molestia de colaborar tanto en el ejercicio de una presión psicológica sobre la víctima como en la resolución violenta del conflicto. Pero nada tan malo como que los propios hijos reproduzcan la violencia que han vivido en su entorno, algo que desgraciadamente ocurre y de lo que les hablaré más adelante. ¿A qué responde la existencia de este tipo de violencia? Sin duda, a cuestiones socioculturales muy arraigadas durante mucho tiempo. Erróneamente, siempre ha parecido que el hombre tiene cierto derecho a llevar a cabo este tipo de conductas mientras se produzcan en el ámbito privado, en el seno familiar. Por mucho que la conducta agresiva se desate en lugares públicos, todo se reduce a un coto privado en el que se cree con autoridad suficiente para intervenir. El origen de cada maltrato siempre será esa potestad otorgada sin razón alguna que le permite establecer lo que está bien y lo que está mal, y qué mecanismos debe utilizar para corregir la conducta de su mujer y aleccionarla. Ciertamente, es una situación preocupante, y no sólo por el significado de la situación en sí, sino también porque todo lo que conocemos nosotros solamente supone el 10% de los casos reales que se están produciendo. Estamos ante lo que se denomina un fenómeno iceberg; vemos la punta, pero todavía no conocemos cuál es la masa, qué hay debajo de ese mar de prejuicios sociales que ocultan la clave para entender la realidad. Por eso no podemos hablar ni de perfiles de agresores ni de perfiles de víctimas. Los únicos perfiles establecidos se basan en ese 10% denunciado de los casos, luego tratar de extrapolar ese porcentaje al total de la población nos lleva a error. Hablar de que los agresores siempre son alcohólicos, hombres con un nivel cultural bajo o en paro, por ejemplo, es realizar una generalización nada beneficiosa. Esos casos simplemente son los que cuentan con más denuncias, lo que no significa que sean los únicos bajo los que se produce la agresión. Para entender esta situación, hay que ubicar el problema, como ya he dicho, en el contexto sociocultural. Porque el contexto individual, cada pareja, cada agresión, no está flotando en el aire, sino que depende de unas normas socioculturales, patriarcales y, en el fondo, machistas, que hacen que el hombre y la mujer tengan papeles diferentes en la sociedad. Se nace hombre o mujer, pero no masculino o femenino. El género es una construcción social; nosotros decidimos lo que es ser femenino y lo que es ser masculino, y lo que está claro es que esa distribución de papeles es del todo desigual. Al hombre siempre se le da la posibilidad de ocupar el peldaño superior y a la mujer se le relega a planos inferiores, y dicha desigualdad es la que conduce a esa potestad del hombre para llevar a cabo el control sobre la mujer de diferentes formas; entre ellas, la violencia. Y cuando el hombre recurra a ésta, la sociedad reaccionará justificando o minimizando los hechos, e incluso culpabilizando o responsabilizando a la mujer de la actuación desmedida del hombre. De ahí la vergüenza que sufren las mujeres cuando son víctimas de la agresión y de ahí que se sientan culpables, que piensen que hay algo que no han hecho bien. Hay actuaciones sutiles que forman parte del contexto sociocultural al que me estoy refiriendo y que en cierta manera no son de gran ayuda a la hora de superar estas situaciones. Como las frases que reproducimos cuando queremos dar un buen consejo o proteger de algo a las mujeres que nos rodean, sin caer en la cuenta de que forman parte de ese entramado del que deriva la violencia contra ellas. Son esas expresiones de «oye, no vayas a esos sitios, que no son para mujeres» o «vuelve pronto, que no son horas de que una chica ande sola por ahí» que un padre, otro familiar o un amigo dice a una mujer. Con ellas, contribuimos a fijar distingos e insinuamos que si la mujer traspasa ese límite de hora o de lugar, en parte será responsable de las consecuencias que conlleve sobrepasar el límite. Y lo mismo ocurre con otra serie de sutilezas tan ilustrativas como esa señal de tráfico estadounidense que vi yo en una foto, en la que aparece una niña cogida de la mano por un hombre que parece decirle: «tú tienes que cruzar cuando yo lo estime oportuno». Todo este protagonismo que se le da al hombre crea una serie de mitos tales como el de que la mujer es masoquista y, por tanto, le gusta que de vez en cuando la calienten para estar a tono, o como el de que ella es siempre la provocadora del conflicto, con el objeto de ser la única sufridora y poder obtener una separación beneficiosa que le permita quedarse con la casa o con los hijos. Estos mitos esconden la realidad de la agresión incluso a la propia víctima. No hay que olvidar que, al fin y al cabo, la mujer también participa de la sociedad que la infravalora. Entonces es cuando cree toda una serie de principios construidos por el sexo opuesto y dice aquello de «mi marido me pega lo normal». Un concepto, éste de normal, que por supuesto no parte de la mujer, sino del contexto sociocultural del que participa, formado por bases establecidas y transmitidas por el hombre. La mujer tan sólo las interioriza y las hace suyas, hasta el punto de caer en la paradoja de rechazar la violencia y al mismo tiempo justificarla siempre que entre dentro de lo "normal", aunque lleve años sufriendo continuas vejaciones. Eso es lo que le han enseñado a pensar, incluida su propia madre cuando le cuenta que su marido le pega y ella responde: «aguanta. Ya verás cómo se le pasa. Son cosas de hombres. Tu padre también me pegaba y he sido muy feliz». Así, no es de extrañar que vea con normalidad una conducta violenta, y ni se le ocurre concluir que del bofetón "normal" se pasa al empujón y, a lo largo del tiempo, a la paliza. Hasta hace bien poco, la sociedad no lo rechazaba -y todavía no lo rechaza en su totalidad-; entonces, ¿por qué lo iba a hacer la mujer? Además, para el hombre la agresión no es gratuita. Está claro que en realidad sobra, pero éste le busca la justificación. Siempre hay un mensaje tras la agresión física o psicológica, y no es otro que el de «esto no ocurriría si me hicieras caso, si siguieras mis reglas». Entonces, la mujer empieza a pensar que el marido tiene parte de razón, y de ahí a reproducir sus argumentos sólo hay un paso. Ante eso, su única "solución" reside en seleccionar los mensajes que le llegan. Como mecanismo de defensa, acaba olvidando lo negativo y se queda con lo positivo, fenómeno que recibe el nombre de disonancia cognitiva de la realidad. Gracias a esta autoprotección, la mujer vive anclada a un pasado lleno de momentos felices y agradables, en los que su marido era buen esposo y buen padre. Esa "ceguera" provoca que vaya cayendo en un pozo del que cada vez le es más difícil salir; así que si no rompemos ese ciclo, si no le hacemos ver que nunca hay normalidad en la violencia, jamás contará con la capacidad crítica suficiente para enfrentarse a ella. En definitiva, se va produciendo lo que los puristas llaman cosificación de la mujer ¿Por qué? Porque se convierte en un objeto propiedad del hombre, más que en una compañera. Él dispone de ella cuando quiere y como quiere, y de semejante uso surge, acompañando a la agresión mortal, la terrorífica expresión que dice: «tú eres mía o de nadie». Esa deformación de la realidad acaba contagiando a la propia víctima, que cree ser posesión de su compañero. Así, está claro, difícilmente se detendrá la violencia, que en el mejor de los casos se convertirá en una presión psicológica tan insoportable como una paliza. Buscar una solución es, entonces, una necesidad urgente, ya que debemos tener claro que la violencia no desaparecerá por sí sola. La mujer tiene todas las dificultades del mundo para superar la situación, puesto que vive asustada. El terror, como decía al principio, es fundamental para que exista un sometimiento, y ella sabe que cuando el hombre amenaza, como la mujer cuando besa, amenaza de verdad. El momento en el que él diga «si me dejas, te mato» será el de mayor gravedad, y la mujer percibe y teme su llegada porque si acude a su familia o a las instituciones en busca de ayuda, no encuentra protección posible. En el primer caso, si decide aguantar, le recriminarán que se casara con ese hombre y le recordarán que ya le advirtieron de lo violento que era, y si decide separarse, entonces será la responsable de dejar a sus hijos sin padre, de romper su familia. Por lo tanto, haga lo que haga siempre será la culpable. Efectivamente, no lo tiene nada fácil para huir y restablecer su vida después de haber estado sometida a continuos malos tratos, y si decide hacerlo a pesar de las dificultades pero no toma las medidas adecuadas, es cuando se produce, en la mayoría de los casos, el homicidio. Un poco antes, durante o justo después de la separación es cuando mayor riesgo hay de que esto suceda, lo que no significa que la mujer no deba denunciar su situación o decidir separarse, sino que, al mismo tiempo, debe procurar obtener los medios necesarios para estar protegida de su agresor. Y para ello, para evitar que las consecuencias negativas se vuelvan en su contra sólo por el hecho de haber denunciado su caso, debe contar con una buena información, basada en un análisis fiable, y no maniqueo, del agresor en particular, que en absoluto suele ser el demonio que a veces presentan los medios. Esa mitología que nos hace ver al violento como a un psicópata, a un legionario o cosas por el estilo no corresponde con la cruda realidad. La mayoría de los agresores, por el contrario, son hombres normales e incluso simpáticos en público y tremendamente peligrosos en privado. Buenos vecinos, compañeros de trabajo, amigos de sus amigos, pero maltratadores en el interior de su casa. Así, el verdadero perfil del agresor sería el siguiente: hombre, varón o de sexo masculino, que viene a ser lo mismo. Eso significa que realmente no existe un perfil psicológico para él. Cualquier hombre puede serlo si decide llevar a cabo la violencia para controlar a la mujer en el seno de su relación de pareja, luego no hay que buscar en sectores marginales a ese agresor alcohólico, drogadicto, parado y/o de bajo nivel sociocultural, porque ésa sólo es la imagen que la propia sociedad ha querido crear para ocultarse a sí misma una realidad que quebraría toda una estructura social: la utilización de la violencia para someter a las mujeres a la voluntad del hombre. Es mucho más cómodo pensar que la sociedad en general está formada por esposos, padres, etc., de reputación impecable y que los agresores tan sólo son una parte marginal. Además, esta imagen es, como digo, fundamental para perpetuar la aceptación y la justificación de la agresión a la mujer bajo unos criterios creados exclusivamente por el hombre. Sin embargo, es una conducta evidentemente errónea cuyas consecuencias sociales son gravísimas; por ejemplo, y sin entrar en asuntos como la salud pública o la democracia, las que actúan sobre los niños testigos o víctimas de malos tratos, algo que ya he mencionado y que prometía desarrollar. Así, se sabe que, dependiendo del grado de violencia que hayan sufrido, pueden tener un retraso escolar significativo (en circunstancias normales, el retraso en edades comprendidas entre los 7 y 13 años es del 6%, y del 24% entre los 14 y los 18. Cuando los niños son testigos o víctimas de malos tratos, dicho retraso es del 24 y del 72% respectivamente) e incluso reproducir espontáneamente, en sus juegos y en sus relaciones, las conductas violentas vividas. Además, dicha violencia se va desarrollando cada vez más intensamente conforme van siendo adultos. ¿Qué significa todo esto? Que estamos haciendo niños que recurren con mayor frecuencia y de manera espontánea, casi instintiva, a la violencia y que, como consecuencia de su retraso educativo, tienen limitada su capacidad crítica, analítica, para elegir una conducta alternativa. Que estamos creando generaciones de personas violentas, generaciones que van a buscar y aferrarse al poder a cualquier precio, lo que les creará una sensación gratificante, positiva, y, por tanto, les introducirá en un círculo vicioso difícilmente remediable. Porque el poder es mucho más placentero cuando se consigue de manera injusta que cuando se consigue por derecho. En el segundo caso, tiene cierto matiz de justa recompensa, pero en el primero, cuando se trata del poder porque sí, del sometimiento de la otra persona a nuestra voluntad, es, como digo, mucho más gratificante. Y por desgracia, es el que se reproduce con más frecuencia y más claramente. Afortunadamente, siempre queda un halo de esperanza, ya que en estos últimos tiempos, este temido efecto generacional parece ir remitiendo. Bien es cierto que hay violencia en parejas jóvenes, pero las chicas, tan víctimas de sus relaciones como lo han podido ser sus antecesoras, reaccionan mucho antes que éstas ante los malos tratos. Si el poder de aguante medio de una mujer madura es de aproximadamente siete años, las más jóvenes suelen poner remedio a la primera, segunda o tercera agresión sufrida. Ahora bien, si queda patente que esto es algo muy positivo, en honor de la verdad, no lo será del todo hasta que este problema no desaparezca por completo. De hecho, lejos de solucionarse, sigue dándose una terrible consecuencia de esa situación violenta: el suicidio de la mujer maltratada, una conducta que parece pasar totalmente desapercibida. Por lo pronto, las cifras de homicidios en el seno de la pareja al cabo de un año son escalofriantes; alrededor de 60 ó 70 mujeres mueren a lo largo de los doce meses -las cifras que aporta el Ministerio del Interior siempre suelen ser más bajas que las de ofrecen las asociaciones que combaten este tipo de violencia-. Pero también hay que tener en cuenta el deterioro psicológico derivado de las agresiones y, al tiempo, causante de males mayores, porque ese hundirse en el pozo, esa sensación de que no hay salida, responde, en realidad, a una tercera y casi última fase en la vida de la mujer. En la primera, ella se opone a las vejaciones e intenta remediarlo marchándose a casa de algún familiar, denunciándolo, etc. Entonces es cuando el hombre le suele pedir perdón, le promete que no va suceder más y le pone un montón de excusas. En la segunda fase, la mujer ha creído ya todos sus argumentos y le va dando diversas oportunidades mientras va cayendo en ese pozo sin fondo al que me refiero. Entonces, ante el fracaso, opta por intentar sobrellevar la relación para evitar que el marido la pegue. Y así, si a él no le gusta que trabaje fuera, ella deja de trabajar; si no quiere que vea a su familia, ella deja de visitarla, y si no le gusta que salga con amigas, deja de hacerlo. Acaba, por lo tanto, atrapada en la red que el hombre ha tejido; cada vez hay menos motivos de agresión -cuando, en realidad, nunca los ha habido-, pero cada vez sufre más maltrato ¿Por qué? Porque la violencia del cónyuge no depende de la supuesta conducta errónea de la mujer, sino de los criterios del agresor. De esta manera llega a la citada tercera etapa, una fase de huida interpretada peculiarmente y que bien se desata con la agresión de la mujer al hombre, bien con el suicidio de aquélla. Esta última alternativa es la que abunda, por desgracia, ya que entre el 20 y el 40% de las mujeres que se suicidan cada año tienen antecedentes de malos tratos. Por consiguiente, no podemos descartar la relación entre los malos tratos a la mujer y su posterior suicidio. Es un hecho demostrable que las víctimas acaban manejando esta posibilidad, y si no, ahí tenemos esas dramáticas cifras: entre 200 y 400 mujeres que sufren agresiones optan por suicidarse. Y precisamente con dichas cifras hay que contar, porque forman parte del problema, porque está claro que si es grave hacer recuento de mujeres asesinadas a manos de sus compañeros, también lo es hacerlo de las mujeres que se quitan la vida por no seguir aguantando. Conviene no olvidarlo. Como tampoco debemos olvidar aquellos casos descubiertos -unos pocos, porque la mayoría pasan desapercibidos- en los que el hombre simula un suicidio cuando realmente hay un homicidio detrás. Se conocen porque algunos se denuncian y otros son la conclusión de una investigación forense o policial que revela que hay algo más bajo esa presunta conducta suicida. Así que nada mejor que desenmascararlos para arrojar un poquito de luz a este grave problema que hoy nos ocupa e intentar buscar una solución factible. Dicho esto, me gustaría acabar la charla volviendo a hacer hincapié en la necesidad de modificar el contexto sociocultural. Nosotros podemos crear una legislación maravillosa e incluso conseguir que se aplique correctamente, pero si no cambiamos la sociedad, si no rompemos con ese contexto sociocultural patriarcal, machista, si no trabajamos para que haya una igualdad real entre hombres y mujeres, basada en las lógicas diferencias entre uno y otro sexo, no desaparecerán las agresiones a la mujer. De hecho, la situación actual es pésima para lograr dicho cambio, ya que aproximadamente un 46% de los ciudadanos de la Unión Europea siguen manifestando que la mujer provoca al hombre. Esto indica una visión totalmente sesgada e incorrecta de la realidad que no ayuda a la resolución del conflicto, qué duda cabe. Tal afirmación no hace sino justificar y aumentar la impunidad del agresor, por lo que si tiene una discusión con el vecino, nunca se le ocurrirá pegarle un bofetón, un puñetazo o una patada, porque sabe que el vecino lo denunciará el 100% de los casos; pero si la tiene con su mujer, enseguida actuará violentamente para hacerle ver su proceder erróneo ¿Qué más da? Ella no le va a denunciar. Él sabe que cuenta con un respaldo social, que la sociedad lo va a amparar y que incluso va a ver como culpable a la mujer -recordemos esa expresión de «algo habrá hecho»-; por lo tanto, no tiene de qué preocuparse. A la perpetuación del problema contribuye, también, pensar que las agresiones responden a factores totalmente circunstanciales, anecdóticos. Así lo demuestra la última encuesta del CIS publicada el pasado mes de abril, es decir, hace bien poco, y parece increíble que hoy por hoy, con toda la atención que han dedicado los medios de comunicación al tema, todavía se siga pensando esto. Para que vean cómo responde la sociedad de manera casi innata, casi instintiva, ante una agresión, les contaré que en un parte médico del hospital de Jaén hecho a una mujer maltratada, tan sólo se recogió que presentaba un hematoma de un centímetro cerca del codo derecho. «El resto -se señalaba-, sin interés». No es una descripción muy exhaustiva, ¿no creen? Pero es que además, lo paradójico del asunto es que dicho informe decía a continuación: «agresión realizada por su marido, que muestra claros síntomas de intoxicación etílica y de síndrome ansioso». El médico no había examinado al hombre, que tan sólo iba de acompañante al hospital; sin embargo, con tan sólo ver las heridas de su compañera podía imaginar cómo estaba éste en el momento de la agresión. Es decir, inconscientemente, el médico ya había justificado la actuación del agresor, porque, como el resto de la sociedad, entendía que un individuo normal, esposo y padre, no puede propinar una paliza a su mujer. De esta actitud deriva una pregunta sin respuesta: ¿por qué le pega un hombre a una mujer? Digo «sin respuesta» porque, desde luego, no la tiene si no acabamos de ser conscientes de que la violencia es un mero instrumento de control y aleccionamiento de la mujer. Y una sociedad en la que siguen imperando propuestas como la de crear una competición deportiva femenina basada no ya en su rendimiento físico, sino en la elegancia y belleza de sus participantes, es decir, en los valores clásicamente otorgados a la mujer, o en la que se sigue pensando que, en el fondo, las mujeres buscan en el hombre al macho que les proteja, no parece haber mucha voluntad de cambio. Es más, lo único que logra es, como ya he mencionado, que el agresor se reafirme en sus actitudes y que la víctima asuma que debe acatar las palizas de éste. El primer paso es eso de «mi marido es muy celoso porque me quiere mucho», cuando a estas alturas todos sabemos que los celos no tienen nada que ver con el amor y ni siquiera son una enfermedad si no cuentan con un diagnóstico serio. Sin embargo, sigue valiendo como justificación del hecho violento; ese tipo de mensajes que igualan el amor a los celos, al control, al sometimiento y, finalmente, a la necesidad de matar siguen ahí, aunque no sean reales. Yo mismo llegué a dudar de mi cariño hacia la persona a la que amaba porque no era celoso. Lo que quiero transmitirles es que, en definitiva, no hay situación propicia para un giro radical, y lo poco que hemos conseguido no se está consolidando, algo que me preocupa enormemente. Por mucho que hablemos de todo lo que se ha avanzado, de todo lo que se está poniendo en marcha, no nos engañemos: no sólo seguimos prácticamente igual, sino que incluso remamos contra corriente. Un ejemplo ilustrativo lo tenemos en Italia, país cuyo parlamento ha visto disminuido el número de mujeres que lo integran en un tanto por ciento considerable. O en la cada vez más mayoritaria reivindicación del papel tradicional de la mujer que se realiza en los programas de determinados partidos políticos europeos. Y lo peor de todo es que hay muchas mujeres que lo aceptan, que afirman que su único papel es quedarse en casa y cuidar de sus hijos, y que lo justifican señalando que, así, se evita la delincuencia juvenil, «porque los niños se vuelven violentos si no tienen una madre que los eduque». Todos estos mensajes son, efectivamente, muy peligrosos. No hay una predisposición biológica especial en la mujer que directamente la capacite, y sólo a ella, para cuidar niños. De todos es sabido que esto mismo lo puede hacer igual de bien un hombre si lo hace de corazón. Así que hay que tener mucho cuidado con lo que se dice, porque luego, este tipo de afirmaciones rotundas se llevan a la práctica. Me refiero a un estudio realizado en la Unión Europea y publicado por la revista Science, según el cual, en una población con un número semejante de hombres y mujeres, las segundas son muchas menos conforme nos vamos acercando a puestos de responsabilidad. Si prácticamente un 50% de las mujeres comienza una carrera universitaria, sólo un 5% llega a ser catedrática ¿Significa esto que la mujer no tiene capacidad para serlo? Por supuesto que no; simplemente, cuenta con muchas más trabas. Por ejemplo, la clásica de «tú no tienes que sacrificar tu vida familiar por conseguir un mejor puesto de trabajo. Olvídate de esas tonterías, porque vas a romper la familia», todo lo contrario de lo que se le inculca al hombre. Lo que quiero decir con todo esto es que nosotros mismos contribuimos inconscientemente a perpetuar esta situación cuando no respondemos de una manera tajante ante esta patente desigualdad, por eso dudo de que podamos mejorar si no hay un verdadero y profundo cambio de actitud. Cuando analizo el problema, lo veo como una foto a contraluz. Tratamos de aportar claridad al entramado de relaciones sociales en el que estamos inmersos, pero toda la luz que éste desprende en forma de principios, de valores, hace que sólo percibamos siluetas. Así, sabemos que existe la agresión a la mujer; sin embargo, desconocemos su verdadera magnitud, no podemos palparla. Sólo vemos un contexto sociocultural totalmente superficial que brilla con intensidad y las sombras que se mueven en él. Claro que este "anochecer" se puede convertir en un "amanecer" esplendoroso si seguimos trabajando para llegar a la superación del problema. Ya han visto que soy un poco pesimista al respecto, pero también creo que pensar en todo lo que nos queda por hacer puede servir de estímulo para ponernos manos a la obra. Eso sí, dicho estímulo debe ser percibido por hombres y mujeres a la vez para poder rechazar la violencia desde ya y, al mismo tiempo, tratar de educar a nuevas generaciones que incorporen verdaderos valores de igualdad y acaben definitivamente con esa conducta violenta por parte del hombre hacia la mujer. Ése es mi deseo y con este broche doy por terminada mi intervención
*Médico Forense ACULA DE CULTURA.- EL CORREO (BILBAO) |