Sexo y género
Jutta Burggraf*
Normalmente, cuando se habla de «género» (gender), se hace referencia bien
al género masculino, bien al género femenino. Algunas organizaciones
internacionales hablan además de una noción de «género», de la que evitan
dar una definición clara. Según esta acepción, el término «sexo» se refiere
a determinaciones naturales. Por eso existen dos sexos diferenciados por
caracteres anatómicos distintos. Pero, junto al sexo, existiría también el
«género». Este término evoca los papeles desempeñados por los individuos en
la sociedad. Estos papeles nacen en el curso de la historia; son resultado
de la interacción entre la cultura y la naturaleza. Sin embargo,
recientemente ha aparecido un concepto equívoco del «género», como producto
exclusivo de la cultura, por lo que podría aparecer y desaparecer según las
corrientes de la sociedad e incluso de los individuos. El nexo
individuo-familia-sociedad se pierde y la persona se reduce a individuo. Hay
quienes afirman, por ejemplo, que el amor materno no es algo inscrito en la
naturaleza de la mujer, sino que se trata de un sentimiento surgido en un
determinado contexto cultural y que puede desaparecer o ser destruido si
cambia la cultura. Nos encontramos ante una nueva revolución cultural. Sea
cual sea su sexo, el hombre podría elegir su género: podría decidirse por la
heterosexualidad, la homosexualidad, el lesbianismo. Podría decidir ser
transexual o cambiar de sexo. Existen proyectos de declaración de los
derechos del «género». Esta extraña disociación entre sexo y género, entre
naturaleza y cultura, destruye la dimensión personal del ser humano y lo
reduce a una simple individualidad. La ideología de «género» lleva consigo
el debate radical sobre la familia y todo lo que esta significa en y para la
sociedad. Jutta Burggraf, profesora de Teología, lo ha analizado en un
artículo aparecido recientemente en el Lexicón de la familia, publicado por
la editorial Palabra (Madrid, 2004) en colaboración con el Consejo
Pontificio para la Familia, y que reproducimos a continuación sin el
documentadísimo aparato crítico que acompaña a esa edición original.
La ideología de gender
La ideología feminista de gender se extiende a partir de la década de los
sesenta. Según ella, la masculinidad y la feminidad no estarían determinadas
fundamentalmente por el sexo, sino por la cultura. Mientras que el término
«sexo» hace referencia a la naturaleza e implica dos posibilidades (varón y
mujer), el término «género» proviene del campo de la lingüística donde se
aprecian tres variaciones: masculino, femenino y neutro. Las diferencias
entre el varón y la mujer no corresponderían, pues, fuera de las obvias
diferencias morfológicas, a una naturaleza «dada», sino que serían meras
construcciones culturales «hechas» según los roles y estereotipos que en
cada sociedad se asignan a los sexos («roles socialmente construidos»). En
este contexto se destaca (no sin razón) que, en el pasado, las diferencias
fueron acentuadas desmesuradamente, lo que condujo a situaciones de
discriminación e injusticia para muchas mujeres: durante largos siglos,
correspondió al «destino femenino» ser modelada como un ser inferior,
excluida de las decisiones públicas y de los estudios superiores. Pero hoy
en día —se sigue afirmando— las mujeres se dan cuenta del fraude del que han
sido víctimas, y rompen los esquemas que les fueron impuestos. Pretenden
liberarse, sobre todo, del matrimonio y de la maternidad.
Algunos apoyan la existencia de cuatro, cinco o seis géneros, según diversas
consideraciones: heterosexual masculino, heterosexual femenino, homosexual,
lesbiana, bisexual e indiferenciado. De este modo, la masculinidad y la
feminidad no aparecen en modo alguno como los únicos derivados naturales de
la dicotomía sexual biológica. Cualquier actividad sexual resultaría
justificable. La «heterosexualidad», lejos de ser «obligatoria», no
significaría más que uno de los casos posibles de práctica sexual. Ni
siquiera sería preferible para la procreación. En sociedades «más
imaginativas», la reproducción biológica puede asegurarse con otras
técnicas, se ha afirmado. Y como la identidad genérica (el gender) podría
adaptarse indefinidamente a nuevos y diferentes propósitos, correspondería a
cada individuo elegir libremente el tipo de género al que le gustaría
pertenecer, en las diversas situaciones y etapas de su vida.
Para llegar a una aceptación universal de estas ideas, los promotores del
feminismo radical de género intentan conseguir un gradual cambio cultural,
la llamada «deconstrucción» de la sociedad, empezando por la familia y la
educación de los hijos. Utilizan un lenguaje ambiguo que hace parecer
razonables los nuevos presupuestos éticos. La meta consiste en «reconstruir»
un mundo nuevo y arbitrario, que incluye, junto al masculino y al femenino,
también otros géneros en el modo de configurar la vida humana y las
relaciones interpersonales.
Estas pretensiones han encontrado un ambiente favorable en la antropología
individualista del neoliberalismo radical. Se apoyan, por un lado, en
diversas teorías marxistas y estructuralistas, y por el otro, en los
postulados de algunos representantes de la «revolución sexual», como Wilhelm
Reich (1897-1957) y Herbert Marcuse (1898-1979), que invitaban a
experimentar todo tipo de situaciones sexuales. Más directamente aún se
puede ver el influjo del existencialismo ateo de Simone de Beauvoir
(1908-1986), lo mismo que los estudios socioculturales de Margaret Mead
(1901-1978).
Al proclamar que los géneros masculino y femenino serían el producto de
factores exclusivamente sociales, sin relación alguna con la dimensión
sexual de la persona, los defensores de la teoría de género se oponen a un
modelo, igualmente unilateral que el suyo, que sostiene justamente lo
contrario: niega cualquier interacción entre el individuo y la comunidad a
la hora de configurar la identidad personal como varón o mujer; y afirma que
a cada sexo le corresponden por necesidades biológicas unas funciones
sociales fijas, invariables en la historia. Este modelo, sin embargo, se
considera hoy en día falso a nivel teórico y jurídico, al menos en el mundo
occidental. Está en parte superado por la legislación, pero no totalmente;
no se puede negar que persiste su influjo en la práctica social.
El proceso de identificación con el propio sexo
En la persona humana, el sexo y el género —el fundamento biológico y la
expresión cultural— no son idénticos, pero tampoco son completamente
independientes. Para llegar a establecer una relación correcta entre ambos,
conviene considerar previamente el proceso en el que se forma la identidad
como varón o mujer. Los especialistas señalan tres aspectos de este proceso
que, en el caso normal, se entrelazan armónicamente: el sexo biológico, el
sexo psicológico y el sexo social.
El sexo biológico describe la corporeidad de una persona. Se suelen
distinguir diversos factores. El «sexo genético» (o «cromosómico»)
—determinado por los cromosomas XX en la mujer, o XY en el varón— se
establece en el momento de la fecundación y se traduce en el «sexo gonadal»
que es responsable de la actividad hormonal. El «sexo gonadal», a su vez,
influye sobre el «sexo somático» (o «fenotípico») que determina la
estructura de los órganos reproductores internos y externos. Conviene
considerar el hecho de que estas bases biológicas intervienen profundamente
en todo el organismo, de modo que, por ejemplo, cada célula de un cuerpo
femenino es distinta a cada célula de un cuerpo masculino. La ciencia médica
indica incluso diferencias estructurales y funcionales entre un cerebro
masculino y otro femenino. El sexo psicológico se refiere a las vivencias
psíquicas de una persona como varón o mujer. Consiste, en concreto, en la
conciencia de pertenecer a un determinado sexo. Esta conciencia se forma, en
un primer momento, alrededor de los dos o tres años y suele coincidir con el
sexo biológico. Puede estar afectada hondamente por la educación y el
ambiente en el que se mueve el niño.
El sexo sociológico (o civil) es el sexo asignado a una persona en el
momento del nacimiento. Expresa cómo es percibida por las personas a su
alrededor. Señala la manera específica de obrar de un varón o de una mujer.
En general, se le entiende como el resultado de procesos
histórico-culturales. Se refiere a las funciones y roles (y los
estereotipos) que en cada sociedad se asignan a los diversos grupos de
personas. Estos tres aspectos no deben entenderse como aislados unos de
otros. Por el contrario, se integran en un proceso más amplio consistente en
la formación de la propia identidad. Una persona adquiere progresivamente
durante la infancia y la adolescencia la conciencia de ser «ella misma».
Descubre su identidad y, dentro de ella, cada vez más hondamente, la
dimensión sexual del propio ser. Adquiere gradualmente una identidad sexual
(dándose cuenta de los factores biopsíquicos del propio sexo, y de la
diferencia respecto al otro sexo) y una identidad genérica (descubriendo los
factores psicosociales y culturales del papel que las mujeres o varones
desempeñan en la sociedad).
En un correcto y armónico proceso de integración, ambas dimensiones se
corresponden y complementan. Una consideración especial merecen los estados
intersexuales (los llamados intersexos), ya que algunos argumentan que la
existencia de personas transexuales y hermafroditas demostraría que no hay
solamente dos sexos. Pero los estados intersexuales significan anomalías con
características clínicas variadas; suelen ocurrir en una etapa muy precoz
del desarrollo embrionario. Se definen por la contradicción de uno o más de
los criterios de definición sexual. Es decir, las personas transexuales
disponen de una patología en alguno de los puntos de la cadena biológica que
conduce a la diferenciación sexual. Sufren alteraciones en el desarrollo
normal del sexo biológico y, en consecuencia, también del sexo psicosocial.
En vez de utilizarlas como propaganda para conseguir la «deconstrucción» de
las bases de la familia y de la sociedad, conviene mostrarles respeto y
darles un tratamiento médico adecuado.
Hay que distinguir la identidad sexual (varón o mujer) de la orientación
sexual (heterosexualidad, homosexualidad, bisexualidad). Se entiende como
orientación sexual comúnmente la preferencia sexual que se establece en la
adolescencia coincidiendo con la época en que se completa el desarrollo
cerebral. Tiene una base biológica y es configurada, además, por otros
factores como la educación, la cultura y las experiencias propias. Aunque
los números varían según las diversas investigaciones, se puede decir que la
inmensa mayoría de las personas humanas son heterosexuales.
Otra cosa también distinta es la conducta sexual. En el caso normal, designa
el propio comportamiento elegido, puesto que hay un margen muy amplio de
libertad en el modo en que tanto la mujer como el varón pueden vivir su
sexualidad.
Hacia una comprensión de la diferencia sexual
Como la persona entera es varón o mujer, en la unidad de cuerpo y alma, la
masculinidad o feminidad se extiende a todos los ámbitos de su ser: desde el
profundo significado de las diferencias físicas entre el varón y la mujer y
su influencia en el amor corporal, hasta las diferencias psíquicas entre
ambos y la forma diferente de manifestar su relación con Dios. Aunque no
existe ningún rasgo psicológico o espiritual atribuible sólo a uno de los
sexos, existen, sin embargo, características que se presentan con una
frecuencia especial y de manera más pronunciada en los varones, y otras en
las mujeres. Es una tarea sumamente difícil de distinguir en este campo.
Probablemente, nunca será posible determinar con exactitud científica lo que
es «típicamente masculino» o «típicamente femenino», pues la naturaleza y la
cultura están entrelazadas, desde el principio, muy estrechamente. Pero el
hecho de que el varón y la mujer experimenten el mundo de forma diferente,
desempeñen tareas de manera distinta, sientan, planeen y reaccionen de
manera desigual, tiene un fundamento sólido en la constitución biológica
propia de cada uno de ellos. La sexualidad habla unas veces de identidad y
otras veces de alteridad. Varón y mujer tienen la misma naturaleza humana,
pero la tienen de modos distintos. En cierto sentido se complementan. Por
esto, el varón tiende «constitutivamente» a la mujer, y la mujer al varón.
No buscan una unidad andrógena, como sugiere la mítica visión de Aristófanes
en el Banquete, pero sí se necesitan mutuamente para desarrollar plenamente
su humanidad. La mujer es dada como «ayuda» al varón por el Creador, y
viceversa, lo que no equivale a «siervo» ni expresa ningún desprecio, según
ha sostenido Juan Pablo II en su carta apostólica Mulieres dignitatem.
También en la relación marido-mujer, la «sumisión» no es unilateral, sino
recíproca. Es deseable una subordinación mutua en el amor.
Es un hecho biológico que sólo la mujer puede ser madre, y sólo el varón
puede ser padre. La procreación se encuentra ennoblecida en ellos por el
amor en que se desarrolla y, precisamente por la vinculación al amor, ha
sido puesta por Dios en el centro de la persona humana como labor conjunta
de los dos sexos. La paternidad común muestra un especial protagonismo y la
confianza inmensa de Dios.
Tanto el varón como la mujer son capaces de satisfacer una necesidad
fundamental del otro. En su mutua relación, uno permite al otro descubrirse
y realizarse en su propia condición sexuada. Uno hace al otro consciente de
ser llamado a la comunión y capaz para entregarse al otro, en mutua
subordinación amorosa. Ambos, desde perspectivas distintas, llegan a la
propia felicidad sirviendo a la felicidad del otro. Mientras que el cambio
arbitrario del gender atestigua un cierto afán de autosuficiencia, la
sexualidad humana significa una clara disposición hacia el otro. Manifiesta
que la plenitud humana reside precisamente en la relación, en el
ser-para-el-otro. Impulsa a salir de sí mismo, buscar al otro y alegrarse en
su presencia. Es como el sello del Dios del amor en la estructura misma de
la naturaleza humana. Aunque cada persona es querida por Dios «por sí misma»
y llamada a una plenitud individual, no puede alcanzarla sino en comunión
con otros. Está hecha para dar y recibir amor.
De esto nos habla la condición sexual, que tiene un inmenso valor en sí
misma. Ambos sexos están llamados por el mismo Dios a actuar y vivir
conjuntamente. Esa es su vocación. Se puede incluso afirmar que Dios no ha
creado al hombre varón y mujer para que engendren nuevos seres humanos, sino
que, justo al revés, tienen ellos la capacidad de engendrar para perpetuar
la imagen divina que reflejan en su condición sexuada. Ser mujer y ser varón
no se agotan en ser, respectivamente, madre o padre. Considerando las
cualidades específicas de la mujer, se ha reflexionado, a veces, sobre la
«maternidad espiritual»; el papa Juan Pablo II precisa este concepto y habla
más oportunamente del «genio de la mujer». Constituye una determinada
actitud básica que corresponde a la estructura física de la mujer y se ve
fomentada por ella. En efecto, no parece descabellado suponer que la intensa
relación que la mujer guarda con la vida pueda generar en ella unas
disposiciones particulares. Así como durante el embarazo la mujer
experimenta una cercanía única hacia un nuevo ser humano, así también su
naturaleza favorece el encuentro interpersonal con quienes le rodean. El
«genio de la mujer» se puede traducir en una delicada sensibilidad frente a
las necesidades y requerimientos de los demás, en la capacidad de darse
cuenta de sus posibles conflictos interiores y de comprenderlos. Se la puede
identificar, cuidadosamente, con una especial capacidad de mostrar el amor
de un modo concreto, y desarrollar la «ética» del cuidado.
Donde hay un «genio femenino» debe haber también un «genio masculino», un
talento específico del varón. Éste tiene por naturaleza una mayor distancia
respecto de la vida concreta. Se encuentra siempre «fuera» del proceso de la
gestación y del nacimiento, y sólo puede tener parte en ellos a través de su
mujer. Precisamente esa mayor distancia le puede facilitar una acción más
serena para proteger la vida y asegurar su futuro. Puede llevarle a ser un
verdadero padre, no sólo en la dimensión física, sino también en sentido
espiritual. Puede llevarle a ser un amigo imperturbable, seguro y de
confianza. Pero puede llevarle también, por otro lado, a un cierto
desinterés por las cosas concretas y cotidianas, lo que, desgraciadamente,
se ha favorecido en las épocas pasadas por una educación unilateral.
En todos los ámbitos y sectores de la sociedad, en la cultura y el arte, la
política y la economía, la vida pública y la privada, varones y mujeres
están llamados a aceptarse mutuamente y a construir juntos un mundo
habitable. Este mundo llegará a su plenitud en el momento en que ambos sexos
le entreguen armónicamente su contribución específica.
Relación adecuada entre sex y gender
Hay una profunda unidad entre las dimensiones corporales, psíquicas y
espirituales en la persona humana, una interdependencia entre lo biológico y
lo cultural. El obrar tiene su base en la naturaleza y no puede
desvincularse completamente de ella.
La unidad y la igualdad entre varón y mujer no anulan las diferencias.
Aunque tanto las cualidades femeninas como las masculinas sean variables en
gran medida, no pueden ser ignoradas completamente. Sigue habiendo un
trasfondo de configuración natural, que no puede ser anulado sin esfuerzos
desesperados, que conducen, en definitiva, a la autonegación.
La cultura, a su vez, tiene que dar una respuesta adecuada a la naturaleza.
No debe ser un obstáculo al progreso de los grupos humanos. Es evidente que
han existido en la historia, y aún existen en el mundo, muchas injusticias
hacia las mujeres. Este largo elenco de discriminaciones no tiene ningún
fundamento biológico, sino unas raíces culturales, y es preciso
erradicarlas. Las funciones sociales no deben considerarse como
irremediablemente unidas a la genética o a la biología. Es deseable que la
mujer asuma nuevos roles que estén en armonía con su dignidad. En este
sentido, el papa Juan Pablo II rechaza explícitamente la noción biológica
determinista de que todos los roles y relaciones de los dos sexos están
fijados en un único modelo estático, y exhorta a los varones a participar
«en el gran proceso de liberación de la mujer». Es indudable que la
incorporación de la mujer al mercado laboral es un avance que, ciertamente,
crea nuevos retos para ambos sexos.
El término gender puede aceptarse como expresión humana y, por tanto, libre,
que se basa en una identidad sexual biológica, masculina o femenina. Es
adecuado para describir los aspectos culturales que rodean a la construcción
de las funciones del varón y de la mujer en el contexto social. Sin embargo,
no todas las funciones significan algo construido a voluntad; algunas tienen
una mayor raigambre biológica. Por tanto, «puede también apreciarse que la
presencia de una cierta diversidad de roles en modo alguno es mala para las
mujeres, con tal de que esta diversidad no sea resultado de una imposición
arbitraria, sino más bien expresión de lo que es específicamente masculino o
femenino».
Hoy en día, muchas personas vuelven a ver de nuevo con claridad que no
pueden llegar a ser libres más allá de los límites de la propia naturaleza;
que el sexo, más que un privilegio o una discriminación, también es siempre
una oportunidad para el propio desarrollo. En consecuencia, se empeñan por
conseguir que la promoción de la mujer no sólo se lleve a cabo fuera del
hogar. Si es cierto que las mujeres no se muestran únicamente como esposas y
madres, muchas sí son esposas y madres, o quieren serlo, y hay que crear las
posibilidades para que puedan serlo con dignidad.
La familia, ciertamente, no es una tarea exclusiva de la mujer. Pero, aun
cuando el varón muestre su responsabilidad y compagine adecuadamente sus
tareas profesionales y familiares, no se puede negar que la mujer juega un
papel sumamente importante en el hogar. La específica contribución que
aporta allí debe tenerse plenamente en cuenta en la legislación y debe ser
también justamente remunerada, bajo el punto de vista económico y
sociopolítico. La colaboración para elaborar esta legislación deberá
considerarse mundialmente no sólo como derecho, sino también como deber de
la mujer.
Nota final
El desarrollo de una sociedad depende del empleo de todos los recursos
humanos. Por tanto, mujeres y varones deben participar en todas las esferas
de la vida pública y privada. Los intentos que procuran conseguir esta meta
justa a niveles de gobierno político, empresarial, cultural, social y
familiar pueden abordarse bajo el concepto de «perspectiva de igualdad de
género (gender)», si esta igualdad incluye el derecho a ser diferentes.
De hecho, algunos países y organismos internacionales tienen en cuenta la
diferente situación de varones y mujeres, y desarrollan planes para la
igualdad de oportunidades, que ayudan a conseguir la promoción de la mujer.
Y a la hora de adoptar políticas, la «perspectiva de género» plantea el
problema de cuáles serán los posibles efectos de esas decisiones en las
realidades respectivas de varones y mujeres. Esta «perspectiva de género»,
que defiende el derecho a la diferencia entre varones y mujeres y promueve
la corresponsabilidad en el trabajo y la familia, no debe confundirse con el
planteamiento radical señalado al principio, que ignora y aplasta la
diversidad natural de ambos sexos.
*Doctora en Psicopedagogía.
Doctora en Sagrada Teología.
Profesora Agregada de Teología dogmática
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