Un Belén de verdad

Ana Delgado González*

Este va a ser un cuento de Navidad de los de verdad. Es decir, con Niño Jesús, con aventura, con ilusión y con familia. Empieza así:

Lucía era una niña de cuatro años que nació en Andalucía y que vino con su madre a Las Palmas porque allí estaba una amiga de su madre que hacía tiempo que no iba a visitarla. Estaba de mal humor, de “malaje”, porque querría haber pasado las fiestas con sus amigos.

A Lucía no le gustaba Las Palmas aunque nunca había estado allí. Su madre la riñó, y le dijo que no fuera protestona, porque necesitaba ir a la Isla, y no podían ir los hermanos pequeños de Lucía: Joaquín y Pablo.

Estaban paseando por Triana y todo estaba lleno de luces: estrellas, bombillas haciendo dibujos en las farolas, lazos enormes… Los escaparates estaban también repletos de papá noeles y juguetes. Las pastelerías despedían un fuerte olor a chocolate.

Lucía se preguntó, ¿por qué pasa todo esto? Se lo preguntó a su madre pero su madre le dijo “mejor dímelo tú”. Lucía dijo: “una fiesta donde hay muchas luces, chocolate, y papánoeles en los escaparates”.

La mamá de Lucía la tomó de la mano y le dijo “espera”. Ella le iba dar una sorpresa, llevarla a la casa de la amiga, en Telde, donde sí sabían muy bien qué era la Navidad. El viaje en coche duró mucho, hubo muchas curvas, pero Lucía no se mareó porque tenía un truco: comer chicle y cantar bajito.

Una vez allí, Lucía conoció a Belén, que era la amiga de su madre. También conoció a Pablo (igual que el hermano pequeño de Lucía) y Miguel. La madre de Lucía dijo: “chicos, alerta roja, Lucía tiene ya cuatro años y todavía no sabe lo que es la Navidad”.

“Toma”, dijo Pablo, “pero si está chupado. La Navidad es la época donde nació el niño Jesús en Belén”. Lucía todavía no entendía de qué hablaba Pablo porque su madre nunca le había contado esas cosas.

Entonces Miguel, le dijo, “ven a ver el Belén que hemos hecho nosotros, así lo entenderás mejor”. Así que la llevó de la mano hasta el Belén, y pudo ver un cielo estrellado de cartón, una estrella enorme de purpurina sobre una casita de madera. En esa casita estaba una figurita de una chica muy guapa y joven. Al lado de ella, había otra figura de un señor muy mayor que Miguel le dijo que era San José. También había una mula, un buey y una cuna vacía. Miguel le explicó que estaba vacía porque todavía no había nacido el niño. Era aún el día 24 por la mañana. Había muchas cosas en ese Belén, un río de papel de plata, ovejas, muchos pastores, casas… Y mucho más lejos, los tres reyes magos de Oriente. Lucía empezó a oír una historia muy larga sobre una estrella, una chica, su marido buscando una casa para dormir esa noche… La verdad es que estaba hecha un lío. No entendía qué pintaba todo eso con lo que había visto en Triana.

Por el día no pensó más en eso. Se puso a jugar con los niños al parchís, a la cogida y a las adivinanzas. Se cansó y se fue a la cama.

Por la noche, mientras dormía, de pronto escuchó una voz. “Despierta, despierta”, pensaba que estaba soñando y siguió durmiendo. “¡DESPIERTAAAAAAA!”. Lucía abrió los ojos y no se podía creer lo que tenía delante. Parecía un ángel, lleno de luz de color amarillo flojo, con rizos rubios y ojos marrones. Tenía una cara muy dulce pero estaba preocupado. “Los pastores ya están avisados, sólo faltas tú Lucía”. “¿Yo?, preguntó extrañada, para qué “mi arma”?

El ángel le dijo: “Mira Lucía, tengo muuuuchos años, y hace nada menos que 2007 años ya avisé a unos pastores algo brutos; pero tú eres más pesada que ellos. En Navidad se celebra el Nacimiento del Niño Jesús, y quiero que tú lo veas”. El ángel la abrazó y cuando Lucía se quiso dar cuenta ya no estaba en la habitación de Telde, sino en una cabaña.

Allí no es que oliera muy bien. Aunque estaba limpio olía a establo, pensó. Un ruido la asustó, tenía una mula a su lado. Hacía mucho frío y estaba asustada. Empezó a escuchar una voz como de bebé y se acercó a ver qué era. Entonces vio dentro de una cuna a un niño. Tenía el pelo castaño, con unos ojos grandes y marrones, y era morenito de piel. Parecía que iba a llorar y Lucía le dijo “no llores, que me la cargo”. El niño se echó a reír y cogió un dedo de Lucía con sus manitas.

Entonces ella se dio cuenta de que no estaba sola, que había alguien detrás. Se dio la vuelta y pudo ver lo más bonito que vio en su vida. Era una chica con el cabello castaño, los ojos marrones y boca sonriente.

-         Hola Lucía, por fin sabes quiénes somos. Feliz Navidad. Espero que cuando vuelvas a Andalucía te acuerdes el próximo año de poner un belén en tu casa.

La Virgen le dio un beso muy grande a Lucía. En ese momento, entró San José. Era más joven que la figura del Belén. Saludó a Lucía, que le dijo.

-         Quillo, estás más guapo al natural

San José se rió. De pronto, todo se llenó de luz y volvió a ver al ángel que le susurró “buenas noches”. Ella se durmió y soñó toda la noche que seguía en el belén. Al día siguiente, fue la primera en despertarse y felicitar a todo el mundo. Al año siguiente, y al otro, y al otro… Lucía no olvidó nunca lo que le pasó esa noche y cumplió lo que le pidió la Virgen.

*Alumna de 4º de primaria

Colegio Guaydil (Las Palmas de G. C.)