Ahora que los constructores hacen las casas de papel, los cachetes al
niño llorón cruzan los muros, ¡zas!, cuando no se come las espinacas.
También cuando salta sobre la cama recién hecha o se pone a dibujar en
las paredes con un bolígrafo. Natural. Así aprenderá que hay que comer
lo que nos sirven en el plato, que es necesario respetar el trabajo de
los demás (la madre no puede pasarse los días volviendo a componer lo
que el nene destroza) y cuidar del hogar, que es de todos. El cachete,
el azote, es elemento educativo desde que el mundo es mundo. Otra cosa
es que se utilice en demasía o que sea el padre o la madre quienes lo
merezcan por consentir todos los caprichos al nene, que es un pelmazo.
En mi vida, como en la de casi todos, hubo cachetes que sirvieron para
enderezar el rumbo. Fueron caricias fuertes por asuntos menores, ya que
la mala educación no se resuelve a golpes. Es más, la mala educación no
suele resolverse porque el que la imparte, seguro, es un mal educado.
Pero decía que en mi vida hubo algún cachete cuando solté mi primera
mentira grave, cuando me empeñé en no obedecer o cuando lancé un pulso a
mi madre frente a una cena que me desagradaba. ¿Me traumaron? En
absoluto. Fueron revulsivo que me despertó de mis pequeñas faltas de
infante, uno de los motivos por los que a mis padres siempre les traté
con cariño y respeto creciente.
Pero este Estado quiere controlarlo todo. Después de haber vaciado la
mente y el espíritu de los jóvenes mediante una educación huera, ahora
les toca ejercer de padres y animar a los pequeños a revelarse contra la
autoridad cuando esta deja de ofrecerse con un timorato “por favor”.
Llegará un momento en el que estas políticas harán del ciudadano un
objeto propiedad de la administración y tendrá que pedir permiso hasta
para toser bajo riesgo de que le impongan una multa. Es la esquizofrenia
del buenismo, la dejación absoluta de responsabilidades en manos de un
monstruo que se renueva cada cuatro años y que no se sacia a la hora de
legislar.
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SEMANARIO
ALBA, 28.12.07