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“Y habitó entre nosotros” Ignacio Sánchez Cámara
No hay error más desastroso que la creencia de que la fe religiosa se opone a la razón
Nada
de irracional hay en la entraña de la Navidad ni, en general, en el mensaje
cristiano. No es la fiesta sentimentaloide con la que intentan confundirnos:
es la fiesta de la fe racional, de la esperanza inteligente, del amor
infinito. De entre todas las religiones, todas ellas respetables expresiones
del hambre humana de Absoluto, sólo una expresó la gran verdad: Dios se hace
hombre. Eso es lo que millones de cristianos y de hombres de buena voluntad
que buscan al Dios único y verdadero (y buscarlo es haberlo encontrado ya)
celebramos la próxima madrugada. El logos (razón, palabra) se hizo carne en
Belén de Judea “y habitó entre nosotros”. La razón hecha humanidad. Así, lo
que vino al mundo el día de Navidad fue
Pero,
¿quién fue (es) Cristo? En su libro Jesús de Nazaret, el Papa menciona tres
expresiones en las que Jesús oculta y desvela al mismo tiempo el misterio de
su propia persona: Hijo del hombre, Hijo, Yo soy. Las tres, profundamente
enraizadas en el Antiguo Testamento. También declaró que era el Camino, la
Verdad y la Vida, y el Cristo, el hijo de Dios vivo, el Mesías que esperaba
el pueblo de Israel, el Salvador del mundo. Entonces, la persona de Jesús de
Nazaret nos sitúa ante una alternativa en la que se juega nuestra propia
existencia: o dijo la verdad, o es un farsante o un loco. Pero no existe
otra alternativa. Lo único imposible es el Cristo “progre”. Lo único que no
puede ser Jesús es un hombre admirable que predicó un maravilloso mensaje
moral de amor y liberación. Lo que no puede ser Cristo es un reformador o
revolucionario político y social. No puede ser sólo un gran hombre ni
tampoco el fundador de una gran cultura ni de una nueva civilización. O es
Dios, o fue un loco o un farsante. Ahí reside
Podemos preguntarnos: ¿Cuál es la relación entre el cristianismo y nuestra civilización occidental? ¿Forma aquél un ingrediente esencial de ésta? En cierto modo, sí, y en otro no. Si Cristo no limitó su obra salvadora a los judíos, tampoco podía limitarla al ámbito de una civilización. Es un mensaje universal. Serán cristianos quienes lo acepten y no lo serán quienes lo rechacen. La cultura europea y la occidental pueden exhibir grandes logros, precisamente porque acertaron a hacer suyas grandezas ajenas, como la filosofía griega, el derecho romano y la religión cristiana. Somos más testigos y depositarios de esas grandezas que sus autores y creadores. Una vez realizado ese ejercicio de modestia y de verdad, cabe huir de todo acomplejamiento y de todo relativismo. La verdad es patrimonio de todos los hombres. Si Cristo no nació para liberar políticamente a Israel, tampoco lo hizo para fundar una cultura.
En
cualquier caso, no existe ninguna inferioridad filosófica en el
cristianismo. La malintencionada afirmación de que el cristianismo es un
platonismo para el pueblo encierra, sin embargo, cierta verdad. Lo que el
platonismo entraña de verdad filosófica accesible sólo a unos pocos, el
cristianismo lo hace verdad y vida para todos. Ser como niños no significa
volverse necios. Sólo una época ignorante y que camina entre tinieblas,
puede pensar que la esperanza es ilusoria y la fe, fruto de la ignorancia y
de la superstición y enemiga de
*Catedrático de Filosofía del Derecho |