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Nuevo ataque contra La navidad G. K. Chesterton La Navidad, que en el siglo XVII tuvo que ser rescatada de la tristeza, tiene que ser rescatada del siglo XX e la frivolidad. La necesidad de esta alternativa nos parecerá de todo natural si pitamos cualquiera combinación verdaderamente poética como las que vemos en cualquiera de las grandes ilustraciones navideñas. Si alguien pinta un cielo de azul espléndido con una sola estrella resplandeciente de blancura sobre Belén, el cuadro se echa a perder lo mismo que si se borra todo y se deja en blanco, como si se pinta la estrella y queda todo azul. Si hay algún ventanal gótico resplandeciente mostrando a los Tres Reyes Magos en los tonos llamativos de sus sagrados blasones, se echa a perder tanto si se oscurece el ventanal y se transforma en un muro como si se hace añicos el ventanal y se deja entrar un resplandor blanco y un viento invernal. Los ángeles bailarines en el el cuadro medieval quedaron igualmente limitados si se les costa sus alas o sus pies; y el niño-obispo deja de ser algo divertidos si no hay obispos y todos son niños. La Navidad como tantas otras creaciones cristianas y católicas es una boda. Es la boda del más indómito espíritu de gozo humano con el más elevado espíritu de humildad y sentido místico. Y el paralelo de una boda es bien válido en más de una manera; porque este nuevo peligro que amenaza la Navidad es el mismo que hace tiempo ha vulgarizado y viciados las bodas. Es bien lógico que haya pompa y gozo popular en una boda; de ninguna manera estoy de acuerdo con los que querían sino algo privado y personal como la declaración de amor o el compromiso del matrimonio. Si una persona no está orgullosa de casarse, ¿de que podrá orgullecerse?, ¿y porque se empeña entonces en casarse?, pero en caso normales todo este jolgorio que se organiza está subordinado al matrimonio porque existe en honor al matrimonio. Fueron a ese lugar a casarse, no a alegrarse; y se alegran porque se han casado. Sin embargo en esas bodas e la sociedad de moda se pierde de vista por completo este serio objetivo y no queda más que la frivolidad. Porque la frivolidad es el intento de alegrase sin nada sobre que alegrarse. El resultado es que al final hasta la frivolidad empieza a desvanecerse. Quienes empezaron sólo a juntarse por diversión acaban haciéndolo sólo porque está de moda; y no queda ni siquiera la más leve sugestión de regocijo, sino tan sólo de ruido y de alboroto. De manera parecida la gente está perdiendo el poder de gozar de la Navidad porque la han identificado con el regocijo. Una vez que han perdido de vista la antigua sugestión de que es sobre alguna cosa que ocurre, caen naturalmente en pausas en las que se preguntan con asombro si es que ocurre algo de verdad. Que se nos diga que nos alegremos el día de Navidad es razonable e inteligente, si se entiende el nombre de la fiesta o al menos si se mira la palabra[1]. Que se nos diga que nos alegremos un 25 de diciembre es como si alguien nos dijera es como si alguien nos dijera que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana. Uno no puede ser frívolo así, de repente, a no ser que crea que existe una razón seria para ser frívolo. Un hombre podría organizar una fiesta si hubiera heredado una fortuna; y podría hacer muchas bromas sobre la fortuna. Pero no lo haría si la fortuna fuera una broma. No sería tan bullicioso si su bienhechor, con el mismo espíritu bullicioso, le hubiera dejado manojo de notas bancarias falsas o talones de cheques en que todos los cheques fueran rechazados: Por divertida que fuera la acción del testador, no sería durante mucho tiempo ocasión de festividades sociales y celebraciones de todo tipo; ni las bromas del día de los Inocentes serían tan permanentes como la alegría de Navidad. No se puede empezar ni siquiera una francachela con un herencia que es sólo ficticia. No se puede empezar una francachela para celebrar un milagro del que se sabe que es más que un engaño de milagro: El resultado de desechar el aspecto divino de la Navidad y exigir sólo lo humano es que se exige demasiado de la naturaleza humana. Es pedir a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar; o por una que saben no es nada más que la mentira de algún periódico nacionalista o patriótico en exceso. Es pedirles que se vuelvan locos de gozo romántico porque dos personas de su agrado se están casando justo en el momento que se están divorciando. Nustra tarea hoy día consiste por tanto en rescatar la festividad de la frivolidad. Esa es la única manera de que volverá de nuevo a ser festiva. Los niños todavía entienden la fiesta de Navidad: algunas veces celebran con exceso a lo que se refiere a comer una tarta o un pavo, pero no hay nunca nada frívolo en su actitud hacia la tarta o el pavo. Y tampoco hay la más mínima frivolidad en su actitud con respecto al árbol de Navidad o a los Reyes Magos. Poseen el sentido serio y hasta solemne de la gran verdad: que la Navidad es un momento del año en el que pasan cosas de verdad, cosas que no pasan siempre. Pero aún en los niños esa sensatez se encuentra en guerra con la sociedad: La vivida magia de esa noche y de ese día esta siendo asesinada está siendo asesinada por la vulgar veleidad de otros trescientos sesenta y cuatro días. Porque en nuestro tiempo todo el mundo habla incesantemente de psicología, y al parecer nadie reflexiona sobre ella. Pues es bien seguro que el mismo alfabeto de la psicología nos dice que un niño mirará mucho más de cerca de un árbol Navidad de cómo lo vería si fuera sólo un árbol en un bosque de árboles de Navidad. Seguramente asta un psicólogo moderno sabe lo suficiente sobre su materia para saber que un Papá Noel (se adivine o no que sea el tío Manuel) es mucho más fascinante que un regimiento de <<papa noeles>> todos ordenaditos en fila y exactamente iguales en aspecto. Sin embargo la gente moderna está haciendo que los trescientos sesenta y cinco días sean exactamente iguales, aun cuando los disfrazan todos la misma frívola máscara. Por lo menos podrían establecer una fiesta al año: una fiesta salvaje y llena de jolgorio en la que nadie pueda bailar.
G. K. Chesterton, El amor o la fuerza del sino p. p. 308-311 ED. RIALP. MADRID (segunda edición) ¡Libro que vale la pena leer o releer!!
[1] La palabra inglesa para la Navidad es Cismas, que significa <<la misa de Cristo>>. |