| |
Elogio del cachete
Enrique García-Máiquez*
Desgraciadamente no
puedo elogiar el cachete por experiencia propia. Ni tengo hijos a los que
dar “una corrección razonable y moderada”, como decía antes el Código Civil,
ni mis padres me dieron los cachetes que yo me merecía, lo cual me temo que
explica demasiadas cosas. Aunque alguno me dieron, a Dios gracias.
Mis padres, tan extraordinarios en otros aspectos, en esto fueron de lo más
ordinarios. La paternidad lleva implícito un cariño desbordado por los
mocosos, que, visto desde fuera, resulta bastante sorprendente. Ese cariño
insondable les dota de una paciencia sobrehumana y también les retrae
bastante a la hora de soltar un coscorrón. Los amigos de los padres o sus
vecinos, personas de tímpanos delicados y de paciencia humana, daríamos con
gusto el razonable, el moderado coscorroncete, pero no entra dentro de
nuestras facultades. La naturaleza es muy sabia y concede la autoridad a
quien la usará de forma muy comedida.
Por supuesto, siempre hubo excepciones: padres malas bestias, pero a ésos se
les aplicaba con toda justicia el Código Penal. Lo extraño de la nueva
reforma es que el Estado prohíbe a los padres normales ejercer el derecho
ancestral de educar a sus hijos con el punto y aparte de un cachete. Ahora,
por norma, se establece la necesidad de dirimir las discrepancias “con
respeto a la integridad física y psicológica” de los menores. ¿Y la
integridad física y psicológica de los mayores, qué?, preguntaría uno, que
al menos en esto es un observador imparcial (y muy preocupado, por cierto,
con lo que observa).
Desde un punto de vista propagandístico, la medida es una torpeza, porque la
Educación por la Ciudadanía ya había despertado en amplios sectores de la
sociedad la sospecha de que el Gobierno se mete donde no lo llaman. Esta
prohibición del cachete levantará aún más suspicacias en los que ven mal que
se intervenga la educación de sus hijos. Y desde un punto de vista práctico,
cómo se aplicará: ¿crearán un fiscal anticachete, una brigada antiazotanina
o esperarán a las denuncias de los ofendidos chavalines?
Algunos han señalado la paradoja de que sean los mismos que están por la
labor de permitir que trituren a los fetos de hasta 30 semanas los que
prohíban ahora que se les dé una palmada en el culete a los niños a partir
de los 40 semanas. En el fondo, no hay tal. Con sus evidentes diferencias,
ambos casos son maneras de quitarse un problema de encima. Lo difícil para
los padres es educar, reñir e incluso pegar un cosqui si resulta necesario.
Nos lo decía mi madre, la pobre, cuando no le quedaba más remedio que darnos
una torta: “Me duele más a mí”.
*Jurista
Rayos y truenos |
|