Sin autoritarismos ni eufemismos: "con garra"

Francisco-M. González Sánchez*

Sacar adelante los hijos cuesta. Hay que echarle tiempo y mucha paciencia. De pequeños son muy pesados y dan mucho la lata, ¡pero cómo se les quiere!,  hay momentos que lo compensa todo ¿quién no se ha quedado pasmado, extasiado o abobado, viendo la sonrisa de un niño pequeño que empieza a decir,  ¡papi!, ¡papito!. Porque lo de mamá lo suelen decir antes. Bueno, pues eso es algo inefable, no se puede expresar con palabras, ¡hay que vivirlo!. Y que nos hace olvidar la diana floreada que nos dio el sábado pasado por la mañana. O cuando nos aparece con los zapatos rotos por querer imitar a Raúl con  pedruscos.

Cada edad tiene su encanto y su engorro. Entre los ocho y once años, es una edad preciosa, no suelen dar mucho la lata, ni en casa, ni en el colegio, a no ser en un colegio de los que todavía anden por lo del “experimental” o algo por el estilo.  Pero en esta edad los niños tienen mucha curiosidad y ganas de aprender, son como esponjas, es el momento de hablar mucho con ellos, escucharles, ponerles mucha atención y contestar a todas sus curiosidades. Salir con ellos, enseñarles cosas, sobre todo el padre, dice el psiquiatra, Aquilino Polaino: que los hijos tienen mucha hambre de padre, y no le falta razón.

Hay que hablar muchos con los hijos en todas las edades.  No  sólo de  las notas, sino de de todo, de lo que le preocupe o interese: que si el Barça va a perder  la liga o que el Tenerife va a subir a  primera, aunque con los hijos hay que ser realistas. Otro tema que les suele interesar es la música, aquella cantante que uno no conoce, pero que hay que actualizarse y ponerse al día, no le vamos hablar de de Sarita Montiel o Antonio Machín. No recurrir a aquello tan socorrido de “mis tiempos” o “cuando yo iba al colegio” que por otro lado ya pasaron.  Por ejemplo, un paseo con un hijo un sábado por la mañana, aprovechando que mamá está en las rebajas, en la peluquería  o haciendo la compra, se puede aprender y enseñar montones de cosas. Y lo más importante,  es que se coge confianza con el niño o niña y el niño coge confianza con su padre, sin confianceos: hay intercambio de intimidades, se cuentan cosas que nos interesan ovan saliendo, llamándolas  por su nombre, con delicadeza, con naturalidad, sin eufemismos, y se termina haciendo amigos del hijo o de la hija. Esto, a los hijos les encanta, lo valoran mucho y se valoran mucho. De esa forma  nos va a evitar  el psicólogo o el psiquiatra por lo de la autoestima, la anorexia, la bulimia o cosas por el estilo. 

Es muy importante  respetar y guardar, por encima de todo, el secretillo o la intimidad del hijo o de la hija, sobre todo en la adolescencia. Si  se ve que es un tema delicado, decirle al hijo, esto hay que hablarlo con mamá o con papá, esto lo tenemos que verlo entre los tres. El padre y la madre nunca debe ser cómplice o encubridor de un hijo

¡Amigos de los hijos, sin dejar de ser padres!: con autoridad, sin autoritarismos,   lo más compatible con la amistad o con la intimidad y que les da seguridad. En ocasiones, cuantas menos mejor, hay que ejercer la potestad con los hijos, porque los padres tiene patria-potestad,  esto, a veces, hay que recordárselo no sólo a los hijos, sino a muchos padres. En este sentido recuerdo siempre lo que de decía mi  madre: un niño es mejor que llore de pequeño,  que no  que llore él y los padres, cuando sea mayor.

Claro que, ser o tener autoridad no es fácil. No se trata de: “aquí se hace lo que yo diga”,  “te callas por que soy tu madre” o “vienes a las doce, porque te lo dice tu padre”.  No, eso no es autoridad,  es autoritarismo o síntomas de una personalidad autoritaria; la autoridad, es otra cosa.  La autoridad de un padre, de una madre o de un profesor, es ir por delante,  exigirse a si mismo ciento veinticinco para poder exigir, a sus hijos o a sus alumnos, veinticinco; es tener serenidad para hablar, fortaleza para corregir, optimismo para persuadir y animar ... La autoridad con los hijos, como con  los alumnos hay que ganarla día a día, con tesón con “garra”, con gracia  y hasta con salero. Esto es esencial en la educación familiar y escolar, a ella le dedicaré otro trabajo.

Si los padres se han ganado la confianza de sus hijos, si es tiene autoridad y prestigio con ellos, sin autoritarismos, ni blandenguerías y logran que sus hijos les admiren y les quieran -hay muchos hijos que admiran a sus padres, aunque posiblemente nunca se lo van a decir-,  tienen asegurado el cariño y la educación de sus hijos. Y que cuando los padres vayan siendo mayores se acuerden de ellos, o por lo menos, que le arreglen el ordenador y le enseñen a manejar el  últimos programa de informática que le hayan regalado.

 

*Orientador Familiar y profesor del CEOFT

En EL DÍA-CRITERIOS (S/C. de Tenerife