Plutarquito y los Reyes MagosGerardo Trujillo*Título que nombra un cuento de Pemán sobre la navidad y los Reyes Magos, lo leí hace mucho tiempo en el tomo de narraciones cortas de sus obras completas. La noche de reyes –por entrar in medias res- describe Pemán a la amorosa madre de Plutarquito, entrando sigilosamente en la habitación del niño. Nada es más silencioso que los pies de una madre avanzando sobre la alfombra en la noche de reyes, cual hada, coloca la trompeta deseada por el niño. La ha comprado a ocultas. El padre no comparte aquello de los reyes. Oír el interruptor, encenderse la luz y gritar el padre fue todo uno: -¡Plutarquito, despierta¡ ¡Te engañan! Ves la trompeta, ves a tu madre...
La madre
llora y no articula palabra. El batín de seda del padre dibuja una gran onda
en su victoriosa despedida rumbo su habitación. La mañana siguiente, don Plutarco recibe en su cama su chocolate caliente, junto a los bizcochos que le trae la mujer. Ella sin querer verle a la cara deja en el sitio acostumbrado los periódicos del día. Repentinamente, una fea disonancia de menos a más, un chirrido fuerte, entra en carrera el niño que de un salto se sienta en el amplio abdomen paterno. Le arrugó los periódicos, pero pudo salvar el chocolate: -¡Los Reyes!, ¡Los Reyes ¡me trajeron justo la que quería. Mira: bof, tufff,taaaaaa! ¿Viste cómo suena? -Pero Plutarquito, no recuerdas nada de anoche? – Pregunta el padre. -Ah sí, tuve un sueño extraño, mamá lloraba, y un señor envuelto en batín ridículo gritaba no sé que cosas de los Reyes. Pero me desperté y aquí está. ¿Qué no hay Reyes? Mira mi trompeta:tuffff,poo,taaaaaa. Cierra la historia la silente lágrima materna. En un primer golpe de vista parece reducirse esto de la navidad a un espacio temporal donde se debe regalar. Alguno le podría parecer bueno, si tiene un temperamento que tiende al orden, ya que de esta manera se define el linde temporal del regalo y cuando no hay que hacerlo. ¿Pero y si no hay nada que regalar? Esto puede darse de dos maneras. Una, que no exista un porqué regalar y otra, que aún habiendo un porqué regalar, no se cuenta con qué regalar. Respecto a no tener con qué regalar, quizá sea costreñir la idea del regalo a un objeto específico, o a una tasa, un precio, condición sin la cual no sería un regalo en forma propia. Esto no resiste mayor reflexión. El valor del regalo no se circunscribe al valor económico. Por ende, el espectro de posibilidades de regalos van, por un decir, desde una sonrisa hasta un aeroplano. No escapamos en este punto de la limitación de nuestras circunstancias y la potencia de nuestra imaginación. Un porqué regalar siempre se puede encontrar. El regalo es un don, implica gratuidad, se realiza sin esperar compensación, por muy diversas razones: manifestar afecto, respeto, cariño, agradecimiento, o simplemente porque yo quiero. Sin ninguna duda hay momentos donde la circunstancia, el porqué, obliga o da razones de peso para el regalo. Lejos, claro está, de una suerte de imperativo categórico, sino de un gusto por dar. Como cuando un hijo recibe su grado universitario, el bolígrafo o el reloj que había usado el abuelo, no son una paga por su carrera, es un alegrarnos por su triunfo. El regalar en sí no es malo. Como no es malo que en esta época del año se ofrezcan regalos, o los comercios expongan sus mejores galas para que la gente compre lo que quiere regalar. En lo particular, me alegra que los comercios trabajen, creen empleos, den un buen servicio, y no tengan que cerrar sus puertas. Muchas veces al levantar nuestro clamor hacia este utilitarismo de la sociedad perdemos de vista, que quienes pueden ser utilitaristas, somos nosotros. Dependiendo de que veamos en las cosas fines en sí mismos, o meros medios que nos ayudan a vivir, a descansar, a jugar. Lo malo puede estar en el uso que se le de a la mercancía, en que ella no sea conveniente para el destinatario, o que al adquirirla descuidemos otro tipo de obligaciones de mayor jerarquía. Pero aún sería difícil realizar un elenco de circunstancias buenas o malas, porque uno puede incluso privarse de algo legítimamente suyo y donarlo, regalarlo a una buena causa. Más allá de las campanitas estrellas, barbas blancas, renos, reyes, esferas multicolores, late el verdadero significado, el porqué, el hecho histórico de que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Un hecho que no le reportó ninguna contraprestación, un hecho que le llevó a la condición de criatura, un despojarse de todo para darse Él mismo. Un verdadero regalo. Esto vale la pena celebrarlo. Vale la pena regalar en este acontecimiento, no por un impeler burbujeante de un superficial sentimentalismo, sino con su sentido profundo. Como dijo Santo Tomás “El Hijo unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que haciéndose hombre, hiciera dioses a los hombres”. Así todo lo que rodea este tiempo de fiesta, campanitas, estrellas, barbas, reyes, esferas, luces, nos remite o llevan al sentido de la fiesta. Quien quiera alcanza dicho sentido, o por el contrario nos dejamos deslizar por el dulce y anodino vértigo comercial miope de sentido. Para el regalo debe haber una condición. Ésta no es otra que la aceptación. Una aceptación que implica un saber recibir, una apertura, reconocimiento, y un sentido del valor de las otras personas. De forma que así brota de nosotros la disposición a darnos, donarnos, con una simple sonrisa. Así recibió Plutarquito su regalo y la alegría de las fiestas. Felicidades.
*Filósofo y Secretario-Técnico del CEOFT |