Familia escuela de valores

Gerardo Trujillo*

Introducción

En este breve marco buscaremos ahondar con la reflexión sobre el tema que nos ocupa, a suerte de sonda, como utilizaban antes los navegantes para medir el fondo marino. Aquí el mar donde navegamos será la familia y su labor educativa.

Es una reflexión, un re-flectere, un plegarnos en nuestra experiencia para ordenarla y sacar estrategias válidas para la acción. Por lo tanto, será una reflexión teórica donde conjugaremos los diversos elementos, pero sobre una práctica, una acción que no es otra cosa que esa labor educativa en la familia de la cual todos tenemos experiencia.

Procederemos de manera que aclaremos los términos, para allanar el terreno, luego en un segundo momento nuestra atención versará sobre si esto que pretendemos,  la familia como escuela de valores es posible, sus dificultades. Para cerrar nuestra sesión con la afirmación o negación de ese ejercicio educativo.

Dentro de la misma exposición se dará una suerte de líneas paralelas de reflexión una será de tipo cultural, otra será de tipo doctrinal o contenido, y la última vital de donde se aprovecharán estrategias para la propia vida.

Esto expuesto de manera lineal y sumaria, vendrá adobado con referencias directas a la práctica educativa. No engaño a nadie. No tenemos recetas, a suerte de parches, para que se alivie de forma inmediata y sin esfuerzo alguno nuestros  problemas familiares.  

I. Términos que intervienen

La familia

Para hablar de la familia e ir marcando sus lindes propias, su fin, esto es definir. La familia es la sociedad constituida por la unidad conyugal de un varón y de una mujer, y la unidad de éstos con sus hijos[1]. Es por lo tanto una sociedad completa porque persigue un fin total e imperfecta ya que no dispone ella de todos los medios necesarios[2].

 Iremos avanzando según algunas ideas. La palabra familia, viene del latín, familiae, que viene de fámulus, los siervos que tenía una familia y eran parte de ella. Este término fue ensanchándose ya que propiamente familia era la que dependía de un pater familiae quien daba el nombre a toda la familia y quien tenía autoridad sobre ella. Era un concepto similar al que tenían los griegos pero ellos lo designaban con el nombre de oikos, que tiene referencia directa a casa. En definitiva, lo fundamental era el nexo indisoluble, y estable entre genitores e hijos[3]. Algunos autores como Alvin Toffler señalan un cambio en el tiempo de la familia. Reconoce como etapas tres grandes olas, una la ola de la agricultura, otra la ola de la revolución industrial, y la ola del capital y la información. En estas etapas la familia pasa de ser un conjunto amplio de familiares que viven en una misma casa, a un reducirse esa familia en la migración a las ciudades y llegar a la familia nuclear, donde se encuentra sólo los padres y un hijo. Sin duda, se dan cambios y peculiaridades a lo largo de la historia. Pero también no es  la estructura económica el único factor determinante[4]

Es de esta forma una Institución Natural. Institución: que remanda a la idea de algo establecido, fundado con permanencia en el tiempo; natural, en cuanto que ese algo fundado y establecido emana de la naturaleza humana. Esto quiere decir, que viene de la manera de ser del hombre un ser social, aunque culturalmente pueda tener una diferentes manifestaciones particulares.

Esa referencia a la naturaleza humana, nos remanda a la persona. Es decir la naturaleza ha preparado un «nido», al ser humano. Por lo tanto podemos afirmar que es un ámbito humanizador[5], este espacio de humanización se realiza en la familia como cuna de la vida y del amor. Espacio que determina una intimidad, intus meus, un dentro, donde se relacionan cada uno de sus miembros. En ella y en su originariedad de sus relaciones se da una aceptación absoluta de cada persona por sí misma y no bajo alguna condición –simpatía o inteligencia-[6]. Por lo que su labor es insustituible.

Fijémonos ahora en el hombre. Como muchos autores de la llamada antropobiología, muestran o señalan que la dotación fisiológica e institual del hombre, le hace un animal inacabado, en comparación con otras especies. Ese inacabamiento lo hace un animal inviable. Esta condición exige del hombre una instancia superior, un espíritu para hacer frente a la vida. El hombre frente a la clausura del animal se encuentra abierto al mundo. El animal vive en su mundo circundante mientras que el hombre construye su mundo[7]. Esta construcción del mundo, este desarrollo de sus facultades implican que el hombre sea un homo educandus.

La educación de la prole es parte de la misión de la familia. Hacerse cargo de los hijos es buscar su manutención material y su educación. Dadas las condiciones de espacio privilegiado y de intimidad la familia es insustituible en esta labor.

Escuela

El término escuela viene del griego skolé, que significa ocio, en latín schola. Se contrapone el ocio al neg-ocio. Se vio en la antigua Grecia una condición para la enseñanza. La escuela implica en algunas de sus acepciones un lugar donde se imparte la educación[8]. Un lugar donde no hay otra ocupación sino aprender. El verdadero sentido del ocio se ha perdido en medio de una sociedad de trabajo y producción, cuando el ocio implica un desinterés, una vida contemplativa, que posibilita la admiración para el aprendizaje[9].

Es por tanto la familia un lugar originario para la educación[10] y otros ámbitos no vienen sino a complementar esta misión fundamental de la familia. La familia es un fin en sí misma, mientras que la sociedad es un medio para el bien común. No se da una sociedad sin familias, a la vez la familia necesita la sociedad.

La educación, de educere, es un sacar fuera, no una imposición, es un sacar las potencialidades de la persona para llevarlo a una perfección[11] integral. Este sacar fuera, no se da de un golpe. Sino que es un proceso, es decir un transcurso en el tiempo.

Quienes participan en este proceso en el ámbito de la familia son los siguientes protagonistas: el educador y el educando. Se puede también añadir a esta relación el objeto de la educación.

     Fin

Objetivo

 

 

 

 

 

Educador                                Educando

Cuadro de texto:      Fin
Objetivo
 
 
 
 
 
Educador                                Educando

 

 

 

 

 

Educando-los hijos

Fijémonos en el educando. El educando es una persona, con toda su dignidad. Pero que carece o está incrementando su conocimiento y hábitos necesarios para la vida. Ya comentábamos la carencia de una base instintual lo que hace al hombre necesitado de educación y ordenado naturalmente para la familia. Decíamos que era un proceso, un sacar, no una mera imposición. La verdadera educación implica una parte activa del educando que quiere y busca aprender. Esto nos presenta una primera dificultad: motivar al educando para que aprenda, ya que si bien es cierto que en nuestra formación contamos con la intervención de muchas personas, el compromiso por formarse y lograr una madurez integral es personal.

También el educando va presentando en el tiempo diversas necesidades y diversas capacidades para aprender, como cuando aprendemos a hablar, a caminar, así cada etapa tiene sus objetivos precisos, y en cada una de ellas se debe buscar que sean pasos hacia ese camino de verdadera autoposesión. 

Educador-los padres

En cuanto al educador es quien saca lo mejor del educando y lo ayuda en ese proceso, orientándolo y motivándolo a que logre esa perfección personal. Parece que para ello debe ser un dechado de virtudes, ser inteligente, asertivo, motivador, dueño de sí, saber escuchar, ser generoso... Lo que parecería que cualquier persona normal no estaría capacitada para educar. Pero el principal motor para la educación es el amor. Por lo cual los padres son quienes primeramente están capacitados para la educación. El espacio de intimidad, la aceptación de cada persona por sí misma, crea ese marco idóneo para la educación. El principal vehículo será el testimonio de los padres.

Cada momento puede ser una oportunidad educativa, si los padres lo aprovechan. Se debe afilar la intencionalidad, ese apuntar al fin. In omnibus respice finem, en todo buscar el fin, una mala calificación, una pelea, algo bien realizado, un  buen comportamiento... son momentos inigualables para educar. Con un poco de inteligencia se pueden aprovechar esos momentos, ya que de ordinario la educación en casa no consiste en una serie de lecciones, o de llegar de alguna conferencia y amarrar  a los niños en la sala para que oigan nuestra perorata. Tampoco tenemos en casa días temáticos para educar, sino que la circunstancia nos da pie. Nada más práctico, concreto, y personal. Es evidente que la experiencia nos va ayudando. 

Esto nos lleva a pensar en que el tiempo que estemos con ellos debemos buscar calidad de tiempo. Saber hacer coincidir pasatiempos, gustos, momentos de sosiego.

El fin-objeto de la educación

Como venimos diciendo la educación busca sacar lo mejor de las potencialidades del educando. Pero esto no deja de quedar en la generalidad y poco concretizado para saber qué debemos enseñar. Para esto nos fijaremos en el próximo punto, en la educación en valores. 

         Educación en valores

La educación que corresponde a la familia es una educación enteriza, integral. No se trata, pues, de una educación unidimensional sino de un abanico amplio de posibilidades. El hombre presenta a la vez una multidimensionalidad: social, espiritual, humana, intelectual, afectiva, etc. Nos centraremos en este estudio en los valores y virtudes que podríamos enmarcar dentro de una formación humana.

Se ha discutido mucho acerca de los valores y las virtudes, si se prefieren unos u otros, por qué sí y por qué no. Nos sustraeremos de reportar toda esta discusión simplemente trataremos de distinguir y señalar cómo se va a utilizar.

El problema de los valores en sí es que hace referencia a un aspecto subjetivo, y no al bien objetivo que era lo habitual en la ética. Scheler en su Ética material de los valores[12], intenta hacer una ética lejana de todo formalismo, en contra de la hegemonía de la ética formal kantiana, centra el valor en una experiencia emocional y no aclara el rango normativo que puedan tener más que una suerte de ejemplaridad.[13]

Podemos aceptar un valor como algo bueno y deseable, donde se da un polo objetivo lo «bueno», el bien que se conoce, y «deseable» en cuanto que conocido y conveniente a mí. Será un error basarlo sólo en lo deseable ya que no tendría relación con una instancia objetiva que excluya el relativismo del yo lo quiero, es bueno. Esto nos da pie a comentar un poco más adelante el dinamismo del actuar ético del hombre en una fórmula básica.

Aclaremos ahora el término virtud, del latín virtus-tutis, que remanda a vir, varón, quien posee la fuerza, eso será la virtud, fuerza. Pero una fuerza peculiar. El hombre indeterminado en su actuar debe buscar soluciones concretas para todo. Tanto es así que algún autor recomienda el sueño para el equilibrio nervioso por la sobrecarga de información que recibe el hombre. Ante este hecho aprendemos a actuar de ciertas maneras, ciertas formas que convertimos en procedimientos porque nos funcionan. Para muchos de nosotros el atarnos los zapatos no implica el grado de concentración que implicó en primer momento. Estos son los hábitos.

El  hábitohabere, un haber un tener- es llamado también segunda naturaleza. Lo adquirimos mediante la repetición de actos, esto nos da una manera de obrar y nos da al tiempo la disponibilidad a obrar de esa manera, es decir facilidad. Cuando este hábito está orientado a un bien, lo llamamos virtud. Estas se distinguen entre las sobrenaturales y las naturales.

Señalo también lo que se entiende por habilidad, que se distingue del hábito y de la virtud. Es una capacidad o destreza personal para ejecutar ciertos actos, es algo natural que no exige una repetición de actos.

El fin de nuestra educación, hacia donde deben ir articulados nuestros actos de educación es la perfección humana, que se orienta a los valores y virtudes. La dinámica de nuestro actuar ético se podría resumir en la frase: la libre afirmación de nuestro ser[14].

Es una «afirmación», un afirmar, poner por firme, de manera «libre», es decir de manera humana. Una libertad que presupone la capacidad intelectual de conocer, y la capacidad volitiva de querer, que podríamos llamar libertad trascendental, en cuanto que en esas facultades el hombre se trasciende, sale de sí, al mundo. Esto da el fundamento a una libertad de arbitrio o de elección, que consiste en el mero elegir. El error es pensar que esta es toda la libertad o que la libertad está en la cantidad de opciones para elegir, no. Se actualiza nuestro libre arbitrio en la elección, que es el compromiso con lo elegido, y la renuncia a lo no elegido. Esto no consume la libertad humana, en su libre operar el hombre puede alcanzar, una libertad moral, como capacidad para elegir el bien que se construye con elecciones particulares[15].

Esta libre afirmación se dice «de nuestro ser», ¿a qué nos referimos con esto? Nos referimos  a nuestra manera de ser, nuestra naturaleza, como principio de nuestra  operación. De manera que el hombre a través de sus actos se va realizando, no viene ya dado del todo, por ello con nuestros actos humanos podemos afirmar o negar esa naturaleza nuestra. Donde el bien será algo conveniente a nuestra naturaleza y el mal no le convendrá.

La acción moral al conocer el bien, el hombre lo desea y se mueve para alcanzarlo. Esto se presenta con una forma. La forma del deber, experiencia que todos tenemos de sentirnos obligados, ligados. Y tiene una materia, que será relativa según la circunstancia de cada persona, no es igual la responsabilidad de un médico, que la de un enfermero.

En consecuencia podemos decir que esa educación en el perfeccionamiento humano se realiza a través de la elección del bien, es decir dejarse atraer por valores, y ejercitarse en las virtudes. Se observa que no implica grandes alharacas, sino una silente ascética de ayudar al educando a crear esos hábitos buenos.

La elección del bien implica una correcta formación de la inteligencia en cuanto capacitarse para formar un criterio, y la voluntad en cuanto en ella reside la fortaleza para perseguir el bien en la dificultad. Sin dejar de lado el ejercicio constante en las pequeñas cosas para estar entrenados.

Poniéndonos en el lugar de los educandos, vemos que lo mejor es enseñarles a ser verdaderamente libres. Los valores en sí no se pueden imponer o aceptar sólo por una mera explicación. Los valores, como la identificación de lo que es bueno y deseable, irradian en sí mismos esa bondad, en la cual reside su apetitibilidad. Por lo que al educando se le debe acercar al campo de imantación, de atracción de esos valores, que lo motivarán y lo moverán[16].

Dentro de esa atracción se puede ejercitar esos actos de elección por el bien, y convertirlos en virtudes, fuerzas para su actuar.  

II. Es posible la familia como escuela de valores

Por una parte parece difícil y en ocasiones imposible que la familia alcance a lograr esta misión. Sin pretender agotar todas las causas que forman la urdimbre de esta situación podemos señalar algunas, que en nuestra opinión, son relevantes. 

¿Es posible educar en un contexto deseducativo?

Parece necesario devolver la ilusión de educar en tiempos en los cuales la vigencia de un escepticismo nihilista dificulta un lenguaje verdaderamente significativo, herramienta indispensable. Y donde otros agentes no formales, como el Estado, el mercado, los medios de comunicación despachan una verdadera contracultura.

Este escepticismo, lleva a no dar crédito a la capacidad humana de alcanzar la verdad y por tanto el bien. El nihilismo se presenta como una falta general de sentido, donde todo vale, si es el individuo el que otorga el sentido y quien crea la realidad. Es un nihilismo, por decirlo de alguna forma, práctico, dando como resultado que la realidad es una cosa lúdica. Creando indiferencia[17]. Es un ambiente donde las convicciones turban la paz y el sosiego interior, frente a la vida social. Convicciones, mejor pocas y privadas. Esto no da sino un mal vivir, ya que una vida no examinada, no pensada no es verdaderamente humana.

Para los educandos es necesario referencias concretas para la vida. La educación se trasmite desde la convicción, que eso merece ser trasmitido. El educar sacando fuera, un proceso interior, en donde nadie puede ser suplantado, pero sí debe ser ayudado. La educación no es una mera socialización, que encerraría un inculcar parámetros sociales vigentes.

Parte de la raíz de esta situación es la consolidación de algunos planteamientos que nacen de la tradición hermenéutica, ya desde Heidegger, donde la idea del sentido es un constructo sociocultural. El hombre como centro de la realidad y quien tiene la misión de conocerla y dominarla es quien le otorga un sentido y lo hace a través del lenguaje. Un lenguaje que no designa ya las cosas, sino les otorga su significado y su esencia. No es un reconocimiento, sino un otorgamiento. Esto dibuja a un hombre prometeico quien es el dador del sentido, por lo que las cosas no tendrán valor en sí mismas. Termina siendo ese constructo algo arbitrario, y autorreferencial que no nos lleva a conocer la realidad. Esto obturaría una verdadera comunicación. No podemos entendernos entre nosotros, si no entendemos algo. De allí situaciones de dominio que engendran violencia, y cancelan el encuentro. La educación nace en un interés por la verdad, por conocerla y por darla a conocer[18]. La realidad no se reduce de suyo a ningún constructo, ella posee un inmenso poder descubridor muy importante para el desarrollo de la persona. Afirmar la realidad, el sentido y la ayuda a que el educando logre un verdadero criterio e interés será la solución, es un acercar a lo bueno, no es un mero demonizar el mundo[19].

Punto que también ha desarrollado el Papa Benedicto XVI en su última encíclica Spe Salvi[20], donde afirma que el hombre necesita un sentido y decisiones vitales que den rumbo a su existencia.

La libertad del educando

Esta dificultad se puede presentar en la motivación y la co-implicación del educando en el proceso educativo. Pero también se presenta como una instancia que en ocasiones reclama un absoluto respeto, como si cualquier educación atentara contra la libre disposición del educando. De allí tantos esfuerzos sobre una educación neutra, de por sí imposible ya que todo contenido educativo debe hacer una clara referencia a valores y a una jerarquía de los mismos.

Es la postura de Laissez faire –laissez passer, un cierto permisivismo que ve en el educando un bon savage, rusoniano, que en su pureza natural sólo se corrompe al contacto con la sociedad. Por lo que la educación se entenderá como un juego, nada directivo, orientativo o que motive al esfuerzo ya que eso no va con la naturaleza. Es evidente que aquí hay una claudicación del deber de educar, a veces puede resultar cómodo, por no enfrentarse o no exigir, pero nunca será educativo

Autoridad o autoritarismo

Cuando se habla de la autoridad, se corre el peligro de ser políticamente incorrecto y ser tachado de impositivo, e incluso de retrogrado. Pero aquello que se ataca bajo ese nombre de autoridad no es la verdadera autoridad es sólo un fantasma reductivista de la misma.

Los padres gozan de una autoridad y una potestad. Generalmente la potestad se entiende como poder, facultad o jurisdicción. Con esa potestad gobiernan el hogar. Cuando nos referimos a la autoridad, ella viene de augere, que significa aumentar, algo cercano a ese sacar fuera, de la educación. La autoridad verdadera busca elevar al súbdito. En caso de la familia busca sacar lo mejor de los hijos.

Un error al cual se teme es caer en un autoritarismo que lleve a crear una suerte de sistema policial, donde externamente se coacciona a actuar de una determinada manera, pero en el fondo los consideramos transgresores culpables. Esto no saca lo mejor de nadie. Si bien hay normas, hay momentos donde no se debe ceder, son muchos más los momentos donde se puede inculcar una convicción para la acción, explicando, haciendo ver un error, contando nuestra experiencia personal.

La autoridad le viene al padre de forma natural, pero él debe irla construyendo y reforzando desde el amor, en momentos de conversación distendida, con su coherencia de vida, o su esfuerzo por la misma, reconociendo un error o una injusticia, exigiendo.

Existe un principio tan antiguo como vigente suaviter in forma, fortiter in re, suave en la forma, firme en el fondo. Es algo que funciona. La suavidad en la forma ayuda a la comunicación, a no perder los papeles, a ser un poco más objetivos. La firmeza en el fondo indica que no todo es negociable, que estamos tratando de inculcar principios para que sepan regir su vida y nos hace coherentes a los educadores.

El educador debe saber que los errores de sus educandos son oportunidades para aprender, no se debe cargar uno con la responsabilidad. Así como tampoco se deben ver como ofensas personales, son errores que deben convertirse en oportunidad de crecimiento. Es muy aconsejable no actuar bajo los efectos de la ira y dejar pasar un tiempo, así como cuando el hijo está en medio de un enfado, hay que hablar con él no con su enfado. 

III. Afirmación de la familia como escuela de valores

A pesar del ambiente, de las dificultades que experimentan los padres, las que experimentan los hijos a lo largo de su proceso evolutivo, afirmamos que la familia es una escuela de valores. Cuenta con el espacio, la intimidad y el tiempo privilegiado para

acompañar y hacer vivir casi por osmosis una gran cantidad de virtudes. El amor como motor de esa educación, no se da en ninguna otra instancia como se da en la familia.

Por una educación inteligente

Pero si como padres tenemos el deber de educar a nuestros hijos. También es cierto que el deber implica hacerlo bien. Por ello se puede hablar de una educación inteligente. Agudizar nuestra intencionalidad en la persecución del fin, hará que se nos presenten más medios, que sepamos aprovechar los que tenemos.

Es uno quien debe aprender a amoldarse a la realidad, nunca será ella quien se amolde a nosotros. La clave o pasos para una educación integral son: conocerse, aceptarse y superarse.

Conocerse

Aquella frase escrita en el dintel del templo de Delfos -gnoscete auton- conócete a ti mismo, testimonia esa regla mínima que debe ser asumida por todo hombre que quiera distinguirse del resto de la creación, esto es, ser hombre[21]. Es un paso necesario ver nuestra realidad personal sin engaños ni tapujos.

El conocimiento de sí mismo facilita la aproximación al otro, nos permite ser empáticos, adentrarnos en sus problemas y sentirnos más humanos de cara a los fallos. El conocer bien al otro nos ayudará a comprenderle, a ponernos en sus zapatos, aceptarle y apreciarle como persona. Este marco de conocimiento es el umbral de todo proceso educativo, sobre él se trabaja, y en él se dan con las herramientas idóneas para ayudarles a mejorar.

Aceptarse

El aceptarse a sí mismo implica tener una cierta confianza en nosotros. En no perder la ilusión por mejorar, ni la motivación necesaria. Es más sin un conocimiento propio y una aceptación, aquella motivación no sería ni real, ni eficaz, para mi superación.

Ese aceptarse nos lleva a ser conscientes de nuestros fallos, de nuestras limitaciones de aquello que podemos potenciar y esto es una herramienta sin igual para la formación personal y para la educación.

Ayudar al otro a aceptarse, es ayudarle a que ese conocimiento logrado de sí le sirva de experiencia, de base y motivación para la acción y la superación de sí mismo. Si no nos aceptamos, no superaremos nuestros fallos y tendremos una imagen cercenada de nosotros mismos.

Superarse

Es el pasar a la acción. Los pasos anteriores nos brindan medios y objetivos para trabajar y el superarse es hacer ese ejercicio. Formar esos hábitos, poner los medios que sean pertinentes.

En la educación de los hijos, se hace necesario también pasar a la acción y perseguir con claridad algunos objetivos. En general una familia no es un cuartel, ni una empresa que se rija por la eficacia. La hemos definido como un lugar humanizador. Allí podemos trabajar sobre hábitos como el orden, el aprovechamiento del tiempo, la laboriosidad, la alegría, prácticamente en cualquier edad. Hoy, en nuestra opinión, es muy necesaria una educación de la voluntad mediante la virtud de la fortaleza y las virtudes que esta encierra.

Cosas sencillas como cumplir el deber propio, cuidar parte de la casa, colaborar en tareas domésticas, son de ayuda para fortalecer la voluntad que será clave para cuando el joven comience a buscar su plena autonomía.

Las virtudes vienen en racimo, al trabajar en una es inevitable que surjan otras que les acompañan.

Ya contamos con dos herramientas esenciales: el amor y la experiencia de nuestra formación. Busquemos siempre el fin de hacer crecer a nuestros hijos. Nos debemos atrever a educar, llamar las cosas por su nombre, y orientar cuanto esté a nuestro alcance. Muchas veces es de ayuda consultar con personas que nos puedan aconsejar. Así que mucha confianza y a vivir esos valores en familia.

 

*Filósofo y Secretario-Técnico

del CEOFT

gerardotrujillo@telefonica.net

[1] Cf. Millán-Puelles, A. Voz: «familia», Léxico Filosófico, Rialp, Madrid, 2002 , 292, 293.

[2]  Cf. Ryan, M. Etica Sociale, Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, 2002, Roma, 142-143.

[3] Ibid.

[4] Cf. Toffler, A. La tercera Ola, trad. Adolfo Martín, Plaza y Janes. Barcelona, 1991.

[5] Cf . Benedicto XVI, Familia Humana, comunidad de paz. Mensaje de la jornada mundial de la paz, 1 enero de 2008, www.vatican.va

[6] Cf.  Alvira, R. El lugar al que se vuelve, EUNSA, Pamplona, 2004. 23,24.

[7] Cf . Gehlen, A. Der Mensch. Seine Natur und seine Stellung in der Welt. Vittorio Klostermann, Frankfurt a.M. 1993. Hay una edición española de la obra: El hombre: su naturaleza y su lugar en el mundo. Sígueme, Salamanca 1987, trad. de F. Vevia Romero.

[8] Voz: «escuela», Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, edición electrónica, Espasa Calpe, 1998.

[9] Cf . Piepper, J. El Ocio y la vida Intelectual, Rialp, Madrid, 2003, 11-16.

[10] Cf. Millán-Puelles, A. La formación de la personalidad humana, Rialp, Madrid, 1989

[11] Aquí perfección se entiende como acabamiento, término, maduración.

 

[12] Cf. Scheler, M. Der Formalismus in der Ethik und die Materiale Wertethik. Max Niemeyer, Verlag, Halle a. d. S., 1927.

[13] Cf. Wojtila, K. «El fundamento metafísico y fenomenológico de la norma moral en Tomás de Aquino y Max Scheler (1959)», Mi visión del hombre, Palabra, Madrid, 1997, 247-280.

[14] Cf. Millán-Puelles, A. La libre afirmación de nuestro ser, Rialp, Madrid, 1994.

[15] Cf. Millán-Puelles, A. El valor de la libertad, Rialp, Madrid, 1995.

[16] Cf. López Quintás, A. El Amor Humano, Edibesa, Madrid, 1994

[17] Cf. Borghesi, M. Secularización y Nihilismo, Encuentro, Madrid, 2007, 15.

[18] Cf. Millán-Puelles, A. El interés por la verdad, Rialp, Madrid, 1997.

[19] Cf.  Barrio Maestre, J.M. «Educar en un contexto deseducativo: desafío actual de la educación en Europa» en Educación y educadores, Universidad de la Sabana, Colombia, Vol. 8, 161-171.

[20] Cf. Benedicto XVI, Spe Salvi, nº 10

[21] Juan Pablo II, Fides et ratio, nº 1.