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Elogio del taco (hasta cierto punto) Enrique Monasterio
Dicen
que mi amigo Odón es
mal hablado, pero si lo fuese de verdad, nadie se lo echaría en cara,
porque, tal como está el patio, una grosería más o menos ni se nota. En esta
tierra nuestra se dicen ordinarieces en todos los foros: en el
Parlamento, en el Estadio de los Pajaritos y en la Real Academia de Bellas
Artes. Lo que ocurre es que a Odón se le notan más los tacos, precisamente
porque los utiliza con moderación y sabiduría. Él mismo suele explicarlo con
singular vehemencia:
—Al
fin y al cabo
—decía
en su tertulia literaria—
¿qué
es el taco? ¡Lírica
pura y simple! Machado definió la poesía como "unas pocas palabras
verdaderas". Y
¿acaso
hay palabra más verdadera, metáfora más breve, más auténtica y más apta para
transmitir sentimientos que el taco ibérico en toda su grandeza original...?
Pues qué queréis que
os diga: que Odón tiene razón, aunque rime. El taco es un tesoro de la
lengua que debe conservase con orgullo. Es un recurso violento, de acuerdo,
pero de tal expresividad concentrada, que, cuando se emplea adecuadamente,
ahorra largas y prolijas explicaciones.
Elenita Castromil, por ejemplo, conduciendo el Golf de
mamá, saltó al prado con el coche, se tragó una vaca y se rompió dos
costillas, el parachoques delantero, los pilotos, las gafas, el radiador y
la tibia de la pierna derecha. En tal coyuntura se le presentaron dos
posibilidades:
a) telefonear con el
Nokia al traumatólogo de guardia y decirle: "mire usted, don Arturo, creo
que me he fracturado la tibia y tal vez incluso tenga fisura de peroné,
porque el dolor de mi espinilla es intensísimo, especialmente cuando me río.
Si a esto añadimos la opresión en el pecho, etc., etc."
b) olvidar por un
momento la educación recibida en el colegio y aullar por el teléfono
(rellene el lector el espacio entre paréntesis). Esto fue precisamente
lo que hizo Elenita, y el buen doctor la comprendió perfectamente.
—Así
que usted es partidario del taco.
—Dentro
de un orden, sí. Pero hay un problema de saturación.
Hemos quedado que la
palabrota es una metáfora: descabellada, pero eficaz si se emplea
sobriamente (3 ó 4 por persona/año parece una cuota razonable). Ahora bien,
abusar de las metáforas equivale a devaluarlas; es convertirlas en lugares
comunes insoportables. El primero que comparó los labios de su amada con un
rubí y sus dientes con perlas, probablemente era poeta. El segundo fue un
plagiario, y el tercero también. El decimoquinto y los que todavía siguen,
son unos cursis estomagantes.
Debería haber un
depósito de fiambres literarios donde se almacenasen las metáforas
asesinadas por el uso. Y a quienes trataran de exhumarlas, se les impondría
la correspondiente pena de cárcel.
Con el taco ha
ocurrido precisamente eso: la ignorancia, la pobreza de lenguaje, la
tartamudez mental y el estercolero en que se han convertido algunos cerebros
celtibéricos, han transformado la palabrota en muletilla de todas las
conversaciones. Es imposible mantener una charla normal sin oír cada cinco o
seis segundos una rústica alusión glandular, una referencia al presunto
oficio de la madre de un tercero, un superlativo hormonal o lácteo, y todo
ello bien adobado con imágenes marrones y verdosas de aroma pestilente.
¿No
os entristece este envilecimiento que ha sufrido el noble, rotundo y
escandaloso taco ibérico?
Dejadme que insista:
el taco era una interjección llena de fantasía para momentos solemnes, y se
nos ha convertido en una conjunción o en un adverbio blando y amorfo, en una
especie de autem latino, que no se traduce, porque no significa casi
nada. Fue una originalidad del castellano, ya que ningún otro idioma ha
tenido tanta riqueza imprecatoria. Nos envidiaban los angloparlantes, y sólo
los italianos podían competir con nosotros (ellos nos superaban en gestos);
pero por desgracia, todo eso es historia: la palabrota, como los
dinosaurios, se extingue por superpoblación y gigantismo.
Por eso me atrevo a
pedir a las organizaciones ecologistas que hagan campaña en favor de esta
especie amenazada. Devolvamos al taco su habitat natural, y saquémoslo del
lenguaje diario y cutre
—¿Pero…,
lo dice en serio?
—Completamente.
Yo siempre hablo en serio.
¿Es
que no os aburre oír invariablemente las mismas quince palabras.
¿No
os preocupa, que el número de vocablos en uso disminuya de día en día? Hay
ordinarieces-comodín que igual se usan para alabar que para insultar. Da lo
mismo: ya no significan nada.
Caminamos hacia el ladrido como suprema y única forma de expresión
*Doctor en Derecho y Sacerdote |